Aunque puede parecer la misma foto no lo es; si la luz que me ha enamorado. Y esa luz, en las hojas del rosal, al atardecer ha pintado de colores increíbles esas simple hojas… La naturaleza tiene el mejor surtido de tonos, la paleta más exquisita.
Con esta receta no he inventado la pólvora, porque en cocina el apartado escabeches es un clásico; prácticamente casi todo es susceptible de ser escabechado y el escabeche básico se fundamenta en tres elementos, sin los cuales no se puede hablar de escabeche, y luego lo que la fantasía e imaginación quiera agregar; estos elementos básicos son: el ajo, el vinagre y el aceite. El escabeche era casi una necesidad en tiempos en que no había neveras y había que conservar los alimentos durante días en perfectas condiciones. La bondad del escabechado es tal que, a medida que pasan los días, se potencia el sabor de los alimentos.
Ingredientes: 1 hoja o dos de laurel, aceite de oliva virgen extra, vinagre, varios dientes de ajo, sal, pimienta y muslos o contramuslos de pollo, 2 cebolletas y 2 zanahorias.
En una sartén, salteamos los trozos de pollo y los salpimentamos; los doramos para sellar la carne. Reservamos. En la misma sartén, doramos unos dientes de ajo enteros con su piel, a los que hacemos un corte; agregamos zanahoria en brounois o en rodajitas y las cebolletas picadas con parte del verde, que normalmente se desecha menos en la cocina oriental, que lo aprovechan todo. Cuando estén rehogadas añadimos el vinagre de forma generosa, un poco más de aceite, el laurel y los trozos de pollo; agregamos un poco de agua y dejamos cocer hasta que el pollo esté tierno. Si hemos de añadir más vinagre se añade, dependiendo de lo fuerte que queramos el escabeche. Dejamos enfriar y acompañamos con pasta o arroz blanco, si queremos tener un plato único y resolver así una comida sin complicarnos más la vida.
Los desnudos y los objetos en general, así como los paisajes son retratados en primer plano, de forma directa, sin nada que moleste ni distraiga la atención. Buscando la esencia, el fotógrafo se había de desprender de cualquier regla o norma; la libertad y la espontaneidad en la visión eran los ingredientes para no coartar el empuje del acto creativo.
Nacido en Illinois en 1886, se le considera el más grande fotógrafo americano. Sin ningún género de duda, Weston tuvo una vocación inequívoca desde joven: sería fotógrafo. Ensayó con temas y tratamientos nuevos y le pidió consejo al gran Stieglitz, el cual no le hizo demasiado caso. La idea de que un fotógrafo podía hacer obras de arte igual que un pintor, un escultor o un escritor le rondaba por la cabeza. La influencia de varias de sus amantes en su dedicación plena a la fotografía fue decisiva. Su estancia en México le unió al grupo de vanguardia de los «estridentistas» formado por Manuel Álvarez Bravo, Diego Rivera, Frida Khalo, Nahui Ollin… frente a la corriente europea y hubo un antes y un después de México. «La fotografía directa» supuso un gran avance para la fotografía americana con imágenes muy precisas, de gran nitidez. Weston, junto con Adams, Strand y Cunningham, fundaron el Grupo f/64 que defendía una nueva dirección hacia la «fotografía directa» frente al pictorialismo y las vanguardias europeas. En su época la influencia del pictorialismo era aún muy fuerte y él rescata la obra de los primeros retratistas que utilizaron el daguerrotipo y el trabajo tanto de profesionales como de amateurs que practicaban la fotografía por sí misma sin pensar en la valoración posterior. Buscaba la esencia de las formas y diferenciaba la fotografía de la pintura basándose en dos hechos fundamentales: la naturaleza del proceso de impresión y la naturaleza de la imagen.
Hacía años que llegada la primavera las hojas de las calas comenzaban a ponerse bonitas y bien tiesas, pero calas ni una. Esta vez, la cala con su blancura impoluta, a excepción de una hormiga que iba y venía sobre ese manto en forma de cucurucho, me sorprendió una mañana agradablemente y ahí está, entre los helechos, mirando como los peces suben a comer con ese aire altanero que no engaña a nadie.
Se ha inaugurado en el Museo Picasso de Málaga la exposición «Mural. Jackson Pollock. La energía hecha visible», que estará abierta hasta el 11 de setiembre. Por primera vez se puede contemplar en España el mural de seis metros de J. Pollock que fue un encargo que le hiciera al pintor Peggy Guggenheim en el verano de 1943, un pintor entonces aún no muy conocido y que este finalizó en noviembre; esta famosísima obra fue concebida para ser colocada en el pasillo de entrada de la casa de la mecenas y coleccionista. El reducido espacio alargado otorgaba a quien lo recorría el privilegio de tener la impresión de estar dentro del cuadro. La muestra nos hace disfrutar también de la obra de su mujer Lee Krasner, «Otra tormenta» de 1963 y los cuadros de gran formato de R, Motherwell, «Elegía a la República Española nº 126»; de Andy Warhol, «Hilo/Yam» de 1983; de Saura «La grande foule» de 1963 … La exposición muestra otras seis obras más de Pollock como «Otro desnudo» y «Circuncisión», la primera todavía con referencias a la figuración y la segunda dentro de la gama de colores del «Mural» en rosas, amarillos y rojos de gran intensidad. Por último destacar que esta es una muestra itinerante que ya se ha visto en Venecia y Berlín y que se llevará después a Londres para la exposición «Expresionismo Abstracto». Según las palabras del pintor, su gran obra «Mural» representa una estampida de animales en el oeste americano; para mí es la pura expresión, dinamismo y fuerza que caracteriza su dripping.
Según el comisario de la exposición David Anfam el cuadro muestra a la perfección la admiración que Pollock sentía por el pintor malagueño. Una ocasión magnífica para acercarnos a ciudad que le vio nacer e ir de museos sin olvidar el tema gastronómico con la degustación de los espetos de sardinas a orillas del mar.
El taller de un artista es fiel reflejo de su manera de trabajar. Los hay que son un modelo de pulcritud, véase el de Renoir en la Costa Azul francesa, el de Matisse o Monet por ejemplo, y otros en donde reina el caos como los de Picasso, el de Giacometti y este de Calder; el de Francis Bacon era el no va más del desastre, parecía el de alguien que padeciese el síndrome de Diógenes. Este de Calder, lleno de cachivaches, es el summun del chamarilero. Una mirada más pausada y atenta nos puede dar otras pistas; lo que a simple vista parece un desbarajuste, guarda un orden caótico que solo el creador sabe desentrañar; por ello no hay que dejarse engañar: el más completo caos guarda tesoros que en un momento determinado hacen saltar la chispa que hace posible que un trozo de cuerda, un alambre retorcido, la huella o restos de un color, un trozo de madera se conviertan por arte de magia del artista en algo importante.
El 14 de abril se cumplieron treinta años de la muerte de Simone de Beauvoir. ¿Cómo se puede glosar su figura sin dejarse algo en el tintero? Simone (1908-1986) no solo fue filosofa y, junto con el compañero de toda la vida Jean-Paul Sartre, activista social claramente comprometida con los nuevos valores que allá por los años sesenta y setenta ponían en tela de juicio el papel de la mujer en la sociedad, sino que fue también escritora, conferenciante y feminista, amén de fundadora de la Liga de los Derechos de la Mujer. Todo un programa de vida coherente expuesto y vivido con una claridad de pensamiento ajeno al de otros filósofos. Suya es la frase: «No se nace mujer; se llega a serlo». Ella descarta la idea de la mujer como ser incompleto: «la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino». Simone cree firmemente que lo que posibilita la liberación de la mujer es el trabajo, que la hace independiente del hombre para poder llegar a constituirse como ser autónomo. Defensora del amor, no tanto del matrimonio, no quiso unirse mediante un contrato con Sarte con el que estuvo toda su vida por que ello implicaba una relación distinta; la libertad entre ambos podía implicar relaciones con terceros que ellos consideraban como accesorios. Pocas veces se produce una vida más consecuente con los principios que ambos defendían. La filosofía existencialista de Sarte y de Simone de Beauvoir consideraba que la libertad es indisociable en el ser humano. En aquellos años, con el estallido de las revueltas del mayo del 68, se clama por la libertad sexual, la igualdad de género, el ecologismo y la paz. Son revoluciones libertarias que estallan en la Primavera de Praga, en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, en la contracultura hippy, en la entonces Checoslovaquia…, radicalización de movimientos como el obrero y el estudiantil; una época convulsa después de la cual las cosas ya no serán las mismas, la rancia sociedad encorsetada estalla en mil pedazos. En 1949 sale a la luz su libro «El Segundo Sexo» en el que la filosofa, desde su posición feminista, dirige la mirada sobre algo tan imprescindible como la libertad. Un libro totalmente vigente aún hoy, que deberían conocer las nuevas generaciones donde se está reproduciendo, por desgracia, la violencia contra la mujer.
Cogidos de las patas, Oso y Duna duermen plácidamente después de un largo paseo. El domingo es un día que se presta a holgazanear y a disfrutar de una buena siesta. Esto es lo que yo llamo llevar «una vida de perro», que ya quisiera más de uno.
Los morros juntos, como en un tierno beso perruno, es realmente conmovedor.
La formación musical de Paul Klee, que a los siete años tocaba el violín, llegando a ser miembro de la orquesta Municipal de Berna, le lleva a concebir la pintura como un sistema bajo el cual las estructuras musicales se asimilan al lenguaje pictórico y, gracias a ello, se puede llegar a la abstracción. La música pasaría a ser una manifestación artística del espacio y las manifestaciones visuales artísticas lo serían del tiempo. Ni Kupka ni Kandinsky llegaron tan lejos en sus investigaciones; Klee afirmó que «el espacio es él mismo una noción temporal». Paul Klee fue profesor de la Bauhaus y, al igual que su gran amigo Kandinsky, compartía la idea de que hay que buscar la manera de plasmar la imagen subjetiva mental antes de que esta sea filtrada por el pensamiento, de modo que se busca, mediante un código, la imagen en estado puro. Y aunque la obra de Klee se mueva entre la figuración y la abstracción, la apariencia debe ser superada y ampliada; en el fondo Klee concibe la pintura, en definitiva, como una meditación interior.