

Ya he hablado en otras ocasiones de las tiendas de barrio, cuyos escaparates son una prueba del ingenio y del sentido del humor, qué duda cabe, de los dueños. Lo que nunca había visto es tanta devoción en las tiendas de comestibles por las pobres víctimas que sin duda proporcionan los deliciosos embutidos de los que nos surten. Y encima la alegría que muestran sería suficiente para que una se volviera, ante tanta muestra de «joie de vivre», de pronto vegetariana. No hay más que ver la carita del corderito, toda risa y jolgorio, y la sonrisa abierta del cerdito, hecho un cascabel. ¡En fin, no somos nada!
Fotos: Bárbara






















