
Ha muerto un juglar, un poeta de voz ronca, quebrada. Dotado de una voz inconfundible, de matices brillantes, de bajos inigualables, nos hacía soñar con susurros que eran como el viento. Hace poco se le concedió el Nobel a Bob Dyland que celebramos muchos; del suyo, del de Cohen, se habló durante un tiempo, pero no llegó; una pena. Su poesía se alimenta de la voz de Lorca, él lo ha dicho, que descubrir «Poeta en N. Y.» fue abrir el camino por donde iba a transcurrir su quehacer. Judío americano de ascendencia alemana, Cohen se adentra en el mundo bíblico del cual también se alimenta, pero sería absurdo decir que se queda ahí, en la hermenéutica bíblica, pues su lenguaje es susceptible de adquirir las diversas explicaciones e interpretaciones del texto bíblico, de modo que es un intérprete exclusivamente formal del Antiguo Testamento sumado a unas imágenes brillantes y a unos temas que tienen al hombre como eje: el sufrimiento, el dolor ante las injusticias, la guerra. Y como hombre de su tiempo, el erotismo desprovisto de cualquier injerencia, realista; su poesía trata de todo lo divino y de lo humano, del hombre; por todo ello su voz nos deslumbra, nos conmueve y nos emociona hasta las lágrimas: poesía pura.