Ostras y almejas

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No hay que ser muy marineros para que nos gusten los productos del mar, pero si además se da esa circunstancia, miel sobre hojuelas; lo digo porque el fuerte sabor a mar de las almejas crudas me encanta y ni qué decir de las ostras. Una vez compradas las almejas, las depuro durante media hora en un bol con agua y un puñado de sal, y después, antes de hacerlas en salsa, me reservo unas cuantas para comerlas crudas con un chorrito de limón; así están deliciosas. Respecto a las ostras, sé que hay recetas en las que se rebozan, pero para mí nada como comerlas crudas también con un chorrito de limón.



Almejas al vino blanco:

Ingredientes: 1 cebolla, 2 dientes de ajo si son pequeños o 1 si es grande, vino blanco o vinagre, pimienta negra y perejil.

Laminamos el ajo y, en una cacerola, ponemos aceite de oliva y lo doramos ligeramente; agregamos la cebolla cortada finamente y removemos hasta que quede blanda; no debe tostarse. Es el momento de añadir las almejas para que se abran, aadimos pimienta recién molida y el vino blanco; finalmente espolvoreamos por encima el perejil picado.  El resultado es espectacular y, más sencillo, imposible.

A las ostras las dejo tal como el mar nos las ofrece, sin manipulación alguna y en todo caso haría algo con los ostrones, que considero son menos finos. En París las ostras son deliciosas y servidas con un baujolais fresquito el no va más. No obstante, existe en la zona de Les Halles un aliño muy sencillo a base de cebolla picada cruda, vinagre y pimienta.

 

Retrato de Elena Colomina

Retrato de Elena

El retrato, siempre lo digo, es lo más difícil. Quizá por ello solo los hago de las personas que quiero y conozco lo suficiente como para intentar sacar lo que esa persona tiene en su interior y eso, tratar de plasmar de alguna manera la personalidad del retratado, es una tarea muy difícil. Yo parto precisamente del cariño para, de alguna manera, paliar con él la carencia de mis medios, de mis posibilidades. En este caso, se da la circunstancia de que  a la modelo la quiero de forma muy especial, es mi sobrina mayor, y la quiero como si fuera mi hija, de modo que  disfruté  muchísimo haciéndolo. ¡Tú ya lo sabes, Elena!

Aclaración

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«Autorretrato» 1941, MoMa.

 

 Debo decir en honor a la verdad que el título que reza en el post anterior como «Autorretrato» es en realidad «Campesina griega» de 1969. Corregido el error, pido disculpas por este despiste mío y paso a poner el verdadero «Autorretrato» hecho a lápiz de grafito sobre papel, propiedad del MoMa.

Françoise Gilot, pintora

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Limón y pescados, 1944

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Aurelia en Azul 1959

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«Campesina griega» 1969.

Después de sus dos licenciaturas y mientras se preparaba como abogada, Françoise se da cuenta de que su verdadera vocación es la pintura, y decidida, resuelta decide que Picasso debe ser su maestro. Quizá lo llevara en los genes, pues su madre era acuarelista; el caso es que Françoise, nacida en Nuilly-sur-Seine el 26 de noviembre de 1921, se lanza a conseguir sus sueños. Cuando Picasso y ella se instalan en Antibes, colabora en el trabajo ceramista del maestro. Con el también artista Luc Simon tiene una hija, Aurelia, a la que retrata en el cuadro , «Aurelia en azul».

Françoise Gilot y Picasso

 

 

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François y Picasso. Foto de Doisneau.

Picasso conoce a Françoise Gilot cuando ella tenía 21 y el 61. De alumna se convierte en su amante mientras este todavía tenía una relación con Dora Maar, lo que contribuye a que esta última se desestabilizara del todo. De gran belleza, y sin duda gran personalidad, Françoise fue la única mujer del pintor que lo abandonó y siguió con su vida. Su vocación por la pintura vino después de que se graduara por la Sorbona con una licenciatura en Filosofía en 1938 y un año después en Cambrige con una licenciatura en inglés. De sólida formación, no era la típica mujer hermosa que vive bajo la influencia de una fuerte personalidad como la de Picasso, pero supo darle estabilidad, además de dos hijos al pintor, Claude y Paloma, y con posterioridad, al casarse con el también artista Luc Simón, tuvo otra hija, Aurelia. Aún se casaría con Jonas Salk, el pionero de la vacuna de la polio con el que estuvo hasta el fallecimiento de este en 1995.

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Con Picasso en Antibes

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Fotografía con Jean Cocteau, Picasso, Paulo y Braque

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Françoise  Gilot pintando

La vida de Françoise sin el genio es tranquila y apacible. Sin género de duda una gran mujer.

Modelo del impresionismo: Suzanne Valadon (II)

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«Polvos de arroz» de Toulouse Lautrec. 1887- 88.

 

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«La risueña» de Santiago Rusiñol

Fue pintada por los mejores artistas del impresionismo, Renoir, Degas, Puvis de Chavanne, y  por Modigliani, Santiago Rusiñol… De todos esos trabajos lo más curioso y a la vez más apasionante es comprobar como ante un mismo modelo, los distintos pintores tratan de forma tan diversa la imagen que ella proyecta. Evidentemente no eran retratos; ella, Suzanne, era simplemente la modelo, la excusa para afrontar una composición.  Conociendo a posteriori el gran papel que esos artistas jugaron en el arte del siglo pasado, el ambiente efervescente de Montmartre, podemos decir que Suzanne lo vivió todo en primera persona.

 

 

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» La lavandera». 1884- 88. Toulouse Lautrec

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«La mujer triste». Amadeo Modigliani

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«La sombrilla». Renoir, 1881-86

En todos ellos es Suzanne.

 

Suzanne Valadon (I)

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«Desnudo», 1922.

Me declaro admiradora absoluta de esta mujer nacida Marie-Clémentine Valadon y rebautizada para el mundo del arte por Toulouse Lautrec como Suzanne Valadon. Si hay alguien que se hizo a sí misma, esa fue Suzanne. De familia humilde y casi analfabeta, llega a París siendo una adolescente; sola y sin medios, se abre paso realizando trabajos alimenticios hasta que comienza a posar como modelo para distintos pintores. Se instaló en Montmartre, lugar poco recomendable en aquellos años y de todos ellos va aprendiendo, absorbiendo como una esponja la forma en que pintaban; de esta manera se inicia como pintora autodidacta. Suzanne, nacida en Bessines-sur-Gartempe en 1865, muere en París en 1938. Su belleza está presente en cuadros de los grandes maestros del impresionismo, presente en las mejores colecciones particulares y en los museos de todo el mundo, pero ella, por sí sola, merece un puesto destacadísimo en todos ellos, pues es una de las mejores pintoras del siglo pasado. A los dieciocho años tuvo un hijo de padre desconocido, que reconoció el pintor catalán Utrillo, al que llamó Maurice. Sé que para muchos es una desconocida, incluso para muchos amantes del arte; si este blog sirviera solo para divulgar aún más su obra, ya me sentiría feliz y recompensada, pues creo, con otros muchos críticos que saben más que yo, que está al mismo nivel que un Renoir, un Degas, un Toulouse-Lautrec, un Puvis de Chavannes o incluso por encima. Su paleta de riquísimos colores vibrantes, sus paisajes a la manera de Cézanne, sus desnudos, sus dibujos y sus interiores conforman una manera de hacer que llega hasta Matisse. Perfeccionista al máximo, fue una de las primeras artistas en pintar desnudos masculinos. A finales del siglo fue reconocida por este grupo de pintores y aceptada como una más, su éxito y reconocimiento le llegó en vida, codeándose con las grandes figuras del arte europeo.

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«Vista desde mi ventana en Lenets (Bretaña)». Óleo sobre lienzo. 1922. Colección privada

 

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«Mi Utrillo a los 9 años». Lápiz sobre papel.1892

El pan

 

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Foto:  Bárbara

 

La cocina me apasiona y a pesar de eso nunca antes había hecho pan casero con masa madre. Reconozco que la paciencia y el mimo que hay que tener para hacer masa madre en principio me hizo dudar, pero pudo más en mí la curiosidad y me lancé con mi pareja a cuidar y alimentar la masa madre día a día. Y, como se trata de algo vivo que va creciendo y menguando, la historia resulta muy divertida. Ayer hicimos en primer pan y debo decir que no salió todo lo esponjoso que debiera, creo que porque lo amasé manualmente, por lo que he decidido comprarme una amasadora.  Sé que debo ajustar el tiempo de horneado, pues cada horno tiene una potencia diferente. El resto de la masa madre la tengo en la nevera para seguir utilizándola. El pan está tan bueno, que quiero seguir haciéndolo en casa. En Internet tenéis todo la información si os animáis.

La disputa entre Góngora y Quevedo

GÓNGORA Y QUEVEDO

Retratos de Góngora por Velázquez y Quevedo por Juan van der Hamen

Góngora me ha llevado hacia Quevedo, como no podía ser de otro modo. Cada uno de ellos representa lo contrario del otro; Góngora representa el culteranismo y Quevedo el conceptismo. El antagonista de Góngora fue Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). El culteranismo pasaba por la vuelta a los clásicos, adornada la escritura con figuras retóricas como el hipérbaton y plagada de cultismos, al contrario que el conceptismo, que iba hacia el concepto, dotando a las palabras de diversos significados, y por tanto polisémico, al mismo tiempo que conciso,por lo que se podría resumir con el dicho: «Lo bueno si breve dos veces bueno»; y, resumiendo más: el conceptismo era lo orgánico mientras el culteranismo era lo espiritual. La disputa entre ambos ha traspasado los siglos. Góngora tachó a Quevedo de patán ignorante de los clásicos y catador de vinazo tabernario; por todas esas lindezas lo llamaba: Francisco de Quebebo. Quevedo por su parte llamaba a Góngora clérigo huraño y lo tachaba de jugador y de homosexual, pero sobre todo de judío; así, en su famoso soneto «A una nariz pegado», alude a su prominente nariz.

Polifemo y Galatea

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Portada

El mito de Polifemo es recogido por Góngora en este poema escrito en octavas reales que  pronto se hizo famoso en el Madrid de 1612. El mito de Polifemo aparece ya en los orígenes de la literatura desde la Odisea de Homero y otros poetas griegos y latinos. El argumento es bien sencillo: es una historia de amor no correspondido que termina en tragedia. Se trata de un triángulo amoroso en el que aparece la bella Galatea enamorada de Acis y el gigante Polifemo que encarna la fealdad física con un solo ojo en mitad de la frente. Polifemo, al sentirse rechazado por Galatea, se venga de una manera muy cruel: decide matar a Acis arrojándole una piedra enorme, pero Galatea le pide a los dioses que conviertan a su amado en arroyo, cosa que le conceden. Esta figura del cíclope, la atracción por personajes monstruosos, más adelante será también una constante en el Barroco y se puede decir que llega hasta nuestros días. El poema tiene una belleza descriptiva notabilísima.

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Facsimil de «El Polifemo de don Luis de Góngora comentado». Extramuros edición S. L. Sevilla 2008