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Calceolarias

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Calceolarias: Fotos Bárbara

La calceolaria significa «felicidad» y sus difuminaciones de color son realmente hermosas. Su nombre tiene dos derivaciones: la primera, del latín «calceolus», que significa «zapatito» por la curiosa forma de su corola, aunque se asemeja más a una bolsa o saquito que a una pantufla; y la segunda, del nombre del botánico italiano Calzolaris, un fraile que vivió en el siglo XVI. Comprende unas 200 especies y provienen de Chile, Perú, Nueva Zelanda, Brasil, Jamaica, región de los Andes, Brasil y Patagonia. Las hay que son plantitas herbáceas o arbustivas hasta de un metro de altura. Personalmente me encantan de cualquier tamaño y color, y de pequeña me parecían algo sorprendente con lo que jugar, igual que me sucedía con las diminutas flores de las lantanas en aquel jardín de ensueño de Marieta en Ciudadela; ¡Cuántas veces añoro ese lugar sobre el puerto donde hasta las prunas sabían a mar!

Un balcón florido

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Madreselvas. Foto: Bárbara

 Madreselvas en flor… Este año las madreselvas no han parado de crecer y el balcón está prácticamente cubierto y lleno de flores. Cuando las veo y me envuelve su olor, me acuerdo del tango y del gran Gardel. Por las noches, con el balcón abierto, una se siente nostálgica y las notas vienen de lejos… pero siempre con su voz. El tango para mí siempre será Gardel.

Los girasoles marchitos

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Hay flores tan hermosas que hasta el paso del tiempo les sienta bien; ellas no necesitan cremas de belleza que rellenen los surcos, alisen y den esplendor al encanto con que la naturaleza les dota. Simplemente envejecen tan bien que da gusto verlas en su sencillez, sin artilugios, sin trampas ni cartón. Es una bonita lección que deberíamos aprender, porque no hay nada tan bello como un rostro surcado, marcado por arrugas que la vida deja…

Girasoles

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Girasoles. Foto: Bárbara

 

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Girasoles. Foto: Barbara

Acaba de caer un chaparrón primaveral, de esos cortos, pero acompañados de aparato eléctrico y he temido por los girasoles; cuando ha terminado he salido al exterior y he visto con agrado que estaban tan campantes, como si no fuera con ellos. Se ve que son fuertes y nada les asusta, aunque el giro de algunos pétalos puedan dar la impresión de que, de poder, se hubieran puesto al abrigo y salir corriendo o bien que se intentaban sacudir el agua de encima, igual que hacen los perros cuando terminas de bañarlos… En fin, son elucubraciones mías.

Casi en primavera

 

 

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Foto: Bárbara

Quedan cuatro días para que la primavera esté presente a pesar de que medio país esté nevado, pero por aquí, como siempre, la naturaleza va a su aire y a lo suyo, cosa que por otra parte se agradece. Dense una vuelta por los viveros y ya verán como se han espabilado las plantas y las flores coquetean que da gusto…

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Foto: Bárbara

A orillas del río Bernesga II

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

A su paso por la ciudad de León, el río Bernesga deja rincones que el paseante recorre sin dificultad, disfrutando de sus recodos llenos de flores, escuchando el ligero susurro de sus aguas tranquilas.

 

Encogida de frío

 

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Después. Foto: Bárbara

Una dalia encogida de frío. De sobras sé que en general las flores no se encogen de frío, pero eso fue lo que pensé cuando vi a la pobre antes, tan hermosa, tiesa y estirada, mostrando toda su belleza, en todo su esplendor y ahora cerrándose sobre sí misma, como protegiéndose de las inclemencias del tiempo. Igual que los pobres gorriones que se paran en mi ventana que veo desde la cama, volando de rama en rama, piando algunos, protestando por que ni las hojas les resguardan ya. Cuando ayer amaneció lloviendo, vi a uno mojado como un pollito indefenso en el alféizar mientras yo intentaba volver al mundo de los vivos arropada, tapada con el edredón hasta los ojos. Y pensé en lo mal que está repartido el mundo…

 

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Antes. Foto: Bárbara

Raíces y hojas

 

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Foto: Bárbara

 

 

Todavía las hojas que cayeron en otoño alfombran los caminos dejando ver en parte las raíces que se resisten a vivir bajo tierra. Ahora será la nieve la que termine por hacer el humus que fertilice nuestros pasos; aquellos que nos hacen volver, aunque sea solo con la imaginación, a los lugares tan queridos que todos llevamos dentro. Y no será la distancia el obstáculo para poder transitar por ellos, será de nuevo la nostalgia, la fértil memoria y los vientos gélidos del invierno, los que nos devuelvan los sentimientos de amor hacia la Ítaca perdida de cada cual. Ulises viaja con nosotros, también en estos días, refugiados ante el hogar, cuando contemplamos como fluyen las lenguas de fuego, oyendo  el crepitar de la madera como la música ancestral que nos conmueve…

 

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Foto:. Bárbara

Dalias

 

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Dalias. Foto: Bárbara

 

Son días de poda. Las lantanas, ahora, son solo troncos leñosos casi a ras de suelo. Parece mentira que en un espacio pequeño, como es este, quepan tantas hojas; tantas, que al abrir la puerta de la casa se cuelen un montón de ellas. Con el jardincillo pelado, aún se nota más el frío. Miro las dalias o mejor dicho, lo que queda de ellas y me sorprende ver que a pesar de tanta desolación están brotando tallos verdes y que incluso una gitanilla, a mis espaldas, luce brotes que explotarán en  flores rosas. Y me digo, para mis adentros: ¡que fuerza tiene la naturaleza! y que la vida se abre paso sin pedir permiso. Y me alegro de que eso sea así y de que todo siga su curso… Ya me imagino las dalias naranjas y amarillas junto con las de color de rosa, cuando en abril, con la primavera caminando hacia el verano, nos regale los mejores colores de una paleta tan difícil de imitar. Y yo sola me sonrío pensando en el esfuerzo inútil de los pintores… entre los que me encuentro.

La primera rosa de la temporada

 

 

 

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Rosa. Foto: Bárbara

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Rosa. Foto: Bárbara

La primera rosa de la temporada me trasmite el porvenir de otras que perfumarán el jardín. En casa del abuelo no había rosas, pero si un emparrado con racimos de uva que los niños comíamos aún verdes; la infancia es impaciente y el abuelo protestaba porque no maduraban, y como iba a ser… Ayer compré peces rojos, cometas creo que se llaman, que comen como fieras, pero son pequeños aún y espero verlos crecer mientras nadan entre los papiros… de Egipto, me dijo Noa, que a sus cinco años posee la sabiduría de los críos espabilados y que a la primera todo lo graban en sus mentes receptoras. En la tienda había carpas como las que tenía el abuelo en su estanque bajo el emparrado, pero estas, las de la tienda, no se vendían, porque habían estado enfermas y estaban en cuarentena. Y mientras las observaba pensaba que, de todas maneras, en mi pequeño receptáculo se sentirían a disgusto…