Lobo Lunar en los campos de lavanda

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En lo alto del risco, lobo no daba crédito. A sus pies habían extendido una alfombra de bellísimo color que se movía según el viento. Al principio pensó, mirando hacia la llanura, que sus ojos legañosos y cansados le jugaban una mala pasada. Y, parado y como petrificado, no podía apartar la mirada del valle que seguía meciéndose en ondas de un lila intenso. Permaneció tenso y perplejo durante un tiempo que no supo precisar, pero sus músculos rígidos hicieron que se sintiera maltrecho, terriblemente cansado. Lo que vino después fue una ráfaga persistente que lo envolvió por completo: un aroma intenso a lavanda lo dejó exhausto y sin aliento. Ese día soñó que estaba en la Provenza.

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