Hoy me he despertado con la noticia de la muerte de Aurora Bernárdez, su esposa, su amiga, cómplice y fiel custodia de la obra de Cortázar; quién mejor que ella para ser su albacea literaria… Murió ayer en París a los 94 años y seguía viviendo en la misma casa que compartiera con Julio, manteniendo en el buzón el nombre de su marido como si nunca se hubiera ido. Julia Saltzmann, amiga personal de Aurora y la editora en la Argentina de Alfaguara, dice en el País que, para saber quién era esa maravillosa mujer, había que acudir al libro «Cartas a los Jonquières»; totalmente de acuerdo: y añado que este «no diario» de Cortázar es el mejor diario que nunca se ha escrito. Quien no lo haya leído es un buen momento para adentrarse en la vida del maestro a través de las cartas que envía durante años a sus amigos los Jonquières en la Argentina. En esos primeros años en París, es él el que desgrana su vida en común, sus viajes por Europa, sus visitas a los museos, sus problemas económicos iniciales, sus trabajos como traductores en la Unesco (en la oposición sacaron respectivamente el número uno y el dos), sus lecturas. Una vida plena donde el arte tenía un lugar central, dos amantes con una vasta cultura que compartían en el desarrollo diario de sus vidas. Aurora, desde 1951 en París, era el otro elemento de Julio; en la página 146, en la carta a Eduardo Jonquières de 16 de marzo de 1956, dice de ella: » … Tiene una sensibilidad sin los arrebatos culpables de la mía, y un sentido del humor que nos lleva a reírnos como dos adolescentes por las cosas más absurdas…» Me hubiera encantado ver, aunque fuera de lejos, a esa mujer menuda que seguía paseando por el barrio, a Glop como la llamaba cariñosamente su marido.
En glíglico o no, Glop o Aurora, un recuerdo agradecido por la inmensa tarea desarrollada como albacea literaria del Maestro Cortázar.











