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La Gare d’Arles y Van Gogh

La Gare d'Arles. Foto: Bárbara

La Gare d’Arles. Foto: Bárbara

A la Estación de Arles llegó Van Gogh en febrero de 1888 buscando la luz del Mediodía, el sur, la que iba a cambiar de forma definitiva el color de su paleta. Sin duda, entonces la estación no tenía ese aspecto; en París se habían instalado las primeras luces de gas y, si estas alumbraban la pequeña estación, apenas disiparían el ambiente gélido de su llegada. Nevaba y la gruesa capa dificultaba su avance hacia Arles a unos pocos kilómetros; solo, buscando en la pequeña ciudad una habitación donde alojarse. Pintó sus huertos helados hasta que los almendros en flor le insuflaron  el vigor que le era tan necesario;  luego la primavera, sin tardanza, estalló en mil colores.

Después de Nimes llegamos a Arles, la antigua capital romana de la Camarga. Un día espléndido nos dio la bienvenida y los restos de la ciudad romana, la muralla, el Arco de Constantino fue lo primero que vimos a modo de avance. Fundada por los griegos en el siglo VI a. C., fue conquistada por los celtas, los cuales le dieron el nombre de Arelate, y después por los romanos que la unió por medio de un canal al Mediterráneo. La ciudad prestó apoyo a Julio Cesar en su lucha contra Pompeyo y este, en agradecimiento, al salir victorioso le entregó Marsella (Massalia). En Arles se estableció la VI legión romana Ferrata y quedó formalmente configurada como colonia romana con el nombre de: «Colonia Ivlia Paterna Arelatensivm  Sextanorvm». Fue usada  como sede por los emperadores romanos en sus campañas militares. El emperador Constantino la tuvo como ciudad favorita. Constantino III se declaró emperador de Occidente y la nombró su capital en el 408.

¡Todo por ver: Las Arenas, Las termas de Constantino, Les Alyscamps, El Museo Departamental de Arqueología…!
La Gare d'Arles. foto: Bárbara.

La Gare d’Arles. foto: Bárbara.

La Casa Batlló

Detalle de la fachada de la Casa Batlló. Foto: Bárbara

Detalle de la fachada de la Casa Batlló. Foto: Bárbara

 

Una de las ventanas de la Casa Batlló, expresión fecunda del genio de Gaudí; las superiores son de menor tamaño por tener mayor luz natural. La fachada principal, situada en el Paseo de Gracia, es un conjunto de piedra y cristal con formas onduladas que revocó con mortero de cal y recubrió con trencadís de vidrios de colores y discos de cerámica. El salón principal de la parte noble tiene ventanas de madera que se abren con contrapesos lo que permite levantar todas las cristaleras para tener una visión panorámica. El tejado tiene forma de lomo de animal con grandes escamas tornasoladas. El mar, los elementos florales típicos del modernismo, no faltan en los detalles más mínimos, el mundo alegórico y orgánico de Gaudí se desarrolla como una gran ola; la total libertad que Don José Batlló dio al arquitecto hizo posible la espectacular y sorprendente obra; el dueño, un prestigioso hombre de negocios, quería una casa diferente y el genio de Gaudí transformó la materia en algo fabuloso que tiene respiración propia. Para conseguirlo se rodeó de los mejores artesanos de todos los gremios. La familia Batlló siguió viviendo en la casa hasta los años cincuenta, veinte años después del fallecimiento de Don José Batlló.

La luz de Gaudí

"La Sagrada Familia". Foto: Bárbara

«La Sagrada Familia, nave central, ábside y  lucernario del cimborrio central». Foto: Bárbara

 

De camino a la Provenza, pasar por Barcelona es parada obligada; aún llevo en la retina y en el corazón lo visto y lo vivido en esta ciudad maravillosa. La última vez que estuve en ella todavía no se había terminado el interior de la Sagrada Familia y no me defraudó en absoluto sino todo lo contrario, y eso que el exterior, fantástico, ponía el listón muy alto; por fuera es preciso sentarse y levantar la mirada hacia ese prodigio que parece un encaje, la piedra blanca de Garraf, extraordinariamente tallada, labrada parece un sueño hecho realidad. Gaudí utilizó generalmente seis tipos de piedra además de la ya citada: la piedra de Montjuïc, la de Lleida, la de Vilafranca, la de Figueres y el granito de ojo de serpiente del Maresme. Las cinco naves con el transepto de tres forman una cruz latina.

La luz del interior, modulada por las distintos vidrieras, ofrece una sinfonía de colores, un arco iris en azules, verdes, violetas…; y para escuchar, ver y sentir esa melodía gaudiana hay que volver a sentarse para dejarse inundar por el aura del genio catalán y sentir su espíritu en un abrazo inolvidable.

Velázquez: Boceto del dios Apolo

Velázquez: boceto del dios Apolo

Velázquez: boceto del dios Apolo. Óleo sobre lienzo, 36×25 cm. Colección particular. N.Y.

 

Muchos pintores quisieran al final de su producción poder realizar un boceto como este; el término «abocetado», que designa un estudio rápido, realizado con ligereza para un posterior trabajo más complejo, alcanza una dimensión diferente cuando los bocetos están realizados como este, como los de Leonardo, Miguel Ángel o Rembrand, y valen por sí mismos lo que una «obra» terminada; su calidad así lo manifiesta con la impronta de lo genial. Esta cabeza de Apolo, realizada sobre tela, para la «Fragua de Vulcano», está pintada en Roma en 1630, es un boceto donde se ve la impresión que le causara la visión de los pintores venecianos, quizás más que en su obra terminada. La factura de esta cabeza revoluciona el concepto pictórico y la técnica que se refleja en la libertad de la pincelada, la ligereza, el aire que la envuelve; el menos es más aquí se ejemplariza. Bellísimo boceto resuelto con cuatro pinceladas.

Safo (III)

Fresco pompeyano del cuarto estilo. Museo Arqueológico de Napoles

Fresco pompeyano del cuarto estilo. Museo Arqueológico de Nápoles

 

Con el cálamo sobre los labios y la tablilla de cera, el rostro pensativo de la joven, en este supuesto retrato de Safo, del siglo I d.c., al margen de que la represente o no, es ciertamente hermoso. El fresco, en el Museo Arqueológico de Nápoles, es conocido como La Gioconda de la Antigüedad; desconozco el porqué, pero es de destacar la mirada de unos ojos ¿excesivamente grandes? que miran al espectador. En la Antigüedad clásica la figura de Safo se nos antoja compleja y fascinante; por un lado, si ella, en vez de nacer en la aldea de Eresos, en la isla de Lesbos, lo hubiera hecho en Atenas, tendría que haber sido una cortesana para tener acceso a la cultura y a las artes, pues solo a ellas les era permitido, de modo que hubiera estado condenada a vivir una oscura vida dentro del hogar; por suerte para todos los autores venideros que adoraron sus poemas, como Virginia Woolf, Platón, Baudelaire, Lord Byron, Ezra Pound y un largo etc., nació en una isla abierta a todas las culturas, a todas las influencias y donde las mujeres tenían el mismo derecho que los hombres, por lo que pudo dirigir su Academia al modo de la de Platón, donde se impartía danza, música, poesía, literatura; ella creó ritmos y metros nuevos, y hay que tener en cuenta que las composiciones entonces  estaban destinadas  a ser cantadas, bailadas, acompañadas por la flauta o por la lira y que ella, una excelente bailarina, coreografiaba, componía la música… ay, fuente de inspiración para la gran Isidora Duncan. Existe una especie de nebulosa sobre su vida debido en parte a que la sabemos por fuentes indirectas, de personas que no la conocieron en vida; aun así se sabe que era de familia acomodada, que se dedicó también a los negocios y a la política, que tuvo amantes tanto masculinos como femeninos, que se casó y tuvo una hija, todo ello bastante habitual en Lesbos. La fama de Safo, el mito Safo, el fenómenos Safo, a la que Platón llamó la Décima Musa, ha llegado hasta nuestros días a pesar de que su obra nos llega fragmentada. Su poesía intimista y sencilla la escribió en aeólico frente a la poesía épica del momento y desde la pasión revolucionaria del subjetivismo femenino. y fueron posteriormente copiadas a través del tiempo hasta que el Papa Gregorio VII ordenó quemar sus manuscritos por inmorales (con la Iglesia hemos topado). Sus obras más famosas son Oda a Afrodita, Oda a las Nereidas y Adiós a Atthis.

Marguerite Yourcenar en su libro «Fuegos» le dedica un hermosísimo relato titulado «Safo o el suicidio», cuya lectura recomiendo por su excelsa dosis de desgarrada poesía.

Rafael: «La Virgen de la silla»

Rafael: "La Virgen de la silla". diámetro 71 cm. Palazzio Pitti. Florencia

Rafael: «La Virgen de la silla». Óleo sobre tabla. Diámetro 71 cm.  1516. Palazzio Pitti. Florencia

 

 

Respecto de esta pintura de Rafael, Renoir dijo: «La pintura más libre, más sólida, más maravillosamente simple y viva que sea posible imaginar»; sin duda amaba su obra… ¿y quién no? El maestro de Urbino pintó varias vírgenes en un tondo como son «Virgen de Alba» y «Virgen de los candelabros», pero en este la composición en espiral  de la Virgen, San Juan y el Niño, así como la utilización de colores fríos en el exterior y los cálidos en el interior transmiten una calidez envolvente, una gran ternura maternal. Según Fred Bérence en su libro «Raphaël» (Librerie Larousse, París, 1963), el rostro de la Virgen es una transposición de la Donna Velata, sin duda la mujer que él amó y cuyos rasgos se encuentran transfigurados también en la «Madona Sixtina». Según los cotilleos propios de la época, se dice que la Fornarina fue una cortesana que posó para varios pintores del Renacimiento, que aparece en siete obras de Rafael, que pudo ser su amante o bien que era la hija de un panadero romano y su nombre era Margherita Luti; aunque los últimos estudios se decantan porque era una cortesana.

Caravaggio: «Baco»

Caravaggio: "Baco". Óleo sobre lienzo,95 x85 cm. 1596. Galleria degli Uffizi. Florencia.

Caravaggio: «Baco». Óleo sobre lienzo,95 x85 cm. 1596. Galleria degli Uffizi. Florencia.

 

Magistral esta representación del dios Baco que se aparta de los cánones de su época. Caravaggio fue un pintor libre que pintaba su verdad, lo que veía, apartándose así del realismo idealista del Renacimiento; buscando sus modelos entre sus amigos, entre las prostitutas, entre los compañeros de juergas nocturnas; los lances, riñas, peleas en los bajos fondos condicionaron el final de su vida, por todo lo cual, hoy diríamos que fue un rebelde que pintó como vivió. El naturalismo con que están realizados los distintos elementos de este bodegón, la copa de vino que ofrece al espectador, los pámpanos, la botella nada tiene que ver con el aristocrático ideal del renacimiento, ni el rostro sensual del muchacho responde al canon mitológico del dios. La tremenda ambigüedad sexual convierte a esta tela en una obra inquietante; se piensa que el muchacho de rostro regordete, que muestra la rojez de la piel atribuible al vino -más que el tono «rosado de las mejillas», que contrasta fuertemente con la blancura de la piel del torso-, de mirada sensual y de labios carnosos, cuya identidad se cree era la de un «castrato» o bien que era un autorretrato debido a la postura frontal del personaje, ya que se retrató frente a un espejo. Sea como sea, el resultado es una soberbia obra alrededor de ese dios cercano, profano y tremendamente inquietante.

Su otro «Baco», pintado con anterioridad a este, «Baco enfermo», hoy en la Galleria Borghese de Roma, sí se sabe con certeza que es un autorretrato, y para mí que guarda mucha similitud en los rasgos con el  de 1596; de todas maneras ambos son la expresión del genio del lombardo Michelangelo Merisi, nacido en el pueblo de Caravaggio.

Delacroix: «Frédéric Chopin»

Delaroix: "Frédéric Chopin". 45 X 37. Museo del Louvre.

Delacroix: «Frédéric Chopin». 45 x 37. Museo del Louvre.

 

Delacroix, Chopin y George Sand, un pintor, un músico y una escritora fueron los protagonista de este retrato. El maestro Delacroix pintó pocos retratos, pero este influyó  grandemente en los impresionistas. La amistad entre los tres se inicia en 1838, año en que se conocen; el genial músico polaco y su compañera, la escritora francesa, fueron la encarnación del espíritu romántico, su relación y sus vidas casi un alegato vivo. Cuando la amistad, el vínculo más noble, fuerte y desinteresado que pueda darse, une a esos tres seres fuera de lo común, lo hace para siempre, hasta la muerte del músico. Baste decir que en el estudio de Delacroix se instaló un piano para que Chopin pudiera tocar sus maravillosas improvisaciones, componer y deleitarlos; de igual manera la pareja tenía en su casa un taller para que el pintor, otro romántico declarado, pudiera trabajar a su antojo. Este cuadro tiene su historia; en un principio era un retrato de mayor tamaño en el que aparecían George Sand y Chopin separados por un piano, cuando se produce la ruptura entre ellos, el lienzo se cortó, separando físicamente a la pareja; la parte de la escritora se conserva en el Museo de Ordrugaard de Copenhague en Dinamarca.

Para algunos el retrato de Chopin está inacabado, quizá por la soltura con que está resuelta la cabeza, por los vigorosos trazos de cabello o por el protagonismo de la luz que enmarcan los rasgos sustituyendo al dibujo o a las líneas bien perfiladas. Una línea en diagonal, descendente, constituye el eje del rostro bellamente, magistralmente realizado.

 

 

Los caballos de Velázquez

Velázquez: "Retrato ecuestre de Isabel de Borbón". Museo del Prado.

Velázquez: detalle del «Retrato ecuestre de Isabel de Borbón». Museo del Prado.

 

Esta soberbia cabeza del caballo pertenece al «Retrato ecuestre de Isabel de Borbón», esposa de Felipe IV, pintado por Velázquez (1634-1635). Los retratos ecuestres son retratos con empaque y monumentalidad; en los de Margarita de Austria y de Isabel de Borbón, grandes mantos y gualdrapas dejan ver solo la parte anterior de las cabalgaduras; en los de Felipe III y Felipe IV, en el del Conde-Duque de Olivares y también en el del Príncipe Baltasar Carlos los caballos parecen  encabritados, en movimiento, robustos, incluso potentes, rechonchos, debido, según algunos, a la altura en la cual iban a ser colgados; los de las dos parejas reales flanqueaban las puertas del Salón de Reinos; el del Príncipe Baltasar Carlos lo pinto para El Gran Salón del Palacio del Retiro. Estos retratos ecuestres fueron ampliados con tiras laterales añadidos al lienzo original.

Pero lo que quiero destacar aquí es que esta maravillosa cabeza es totalmente velazqueña,  donde se aprecia la pincelada suelta que resbala sobre la pintura, el realismo costumbrista de la escuela sevillana, la maestría del genio. Y la noble mirada del caballo… Bellísima estampa.

Marguerite Yourcenar: la dama de las letras («Negro sobre Blanco» VI)

Bárbara Carpi: de la serie Negro sobre blanco, técnica mixta sobre tela. 2013.

Bárbara Carpi: de la serie Negro sobre Blanco, técnica mixta sobre tela. 2013.

 

Marguerite Yourcenar escribía como nadie de las cosas más terribles con la poesía de los grandes poetas, con la profundidad del pensamiento de los clásicos y con la hermosura y delicadeza del arte oriental. Era un alma delicada que nada rehuía en su prosa fluida y elegante cuando dibuja sus personajes plenos dotándolos de una carnalidad real.  En «Fuegos» decía: «No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo terrible». Calidad y lucidez, unido a una independencia de pensamiento que la convierten en una de las plumas más notables del siglo pasado y me atrevo a decir que de los venideros. Su esmerada educación clásica y su pasión viajera la llevó, desde su Bruselas natal, a conocer Europa y Oriente Medio. De ese conocimiento y amor surgen sus «Cuentos Orientales», escritos diez años antes de la segunda guerra mundial y recopilados por primera vez en 1938. He vuelto a releerlos  y ha sido como destapar un frasco de perfume conocido y delicioso que nos lleva por China, Japón, Grecia, los Balcanes…   El primero de ellos, titulado «Cómo se salvó Wang- Fô» y que empieza así: «El anciano pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han…», nos anuncia un relato sorprendentemente bello, como una porcelana china tan fina y exquisita que la luz la atraviesa dotándola de vida.

De Ediciones Alfaguara. 1982, Madrid. Magnífica traducción de Emma Calatayud.

Titulo original: «Nouvelles Orientales» Editions Gallimard, 1938.