Entrar dormido en la mar
y despertar en mí
lleno de cielo
con la mar dormida
entre los dedos
Del libro «Desde la soledad. Poemas» (1967-69)
La luz y el silencio de ciertos lugares suponen un remanso de paz para la vida trepidante de hoy. No hace falta ser religioso ni siquiera practicante, entrar en una iglesia de pueblo sin gente hace posible el «milagro» que se respira en la foto. Es la misma sensación que experimentamos admirando un paisaje solitario donde de pronto somos nosotros frente a nosotros y lo limitado frente al infinito.

Cementerio de Montparnasse. Tumba de Cortázar y de Carol Dunlop. Escultura de Julio Silva. Foto: Bárbara.
Hay escritores que se relacionan epistolarmente con sentido histórico, puliendo y retocando sus cartas, haciendo de este género algo académico perfectamente acabado. Alguna vez he comentado que al Maestro -que escribió un sinfín de cartas- le resultaba detestable este tipo de cartas y lo dejó bien claro en numerosas ocasiones. En la larga e interesantísima conversación que el periodista, ya fallecido, Soler Serrano mantuvo en un programa de TVE con el escritor, una se daba cuenta de que escribía con el mismo verbo prodigioso con el que hablaba. Oírle hablar era como asistir a un relato que se iba generando en vivo y en directo. ¡Era pasmoso!; como un milagro de creación pura. Leer el epistolario de Cortázar es lo más parecido a leer un diario; diario que no escribió. Adentrarse en su mundo epistolar es descubrir todos los paisajes del mundo que él vivió, todos los afectos que sintió, todos sus juicios sobre arte, literatura, política…
En el 2000 la editorial Alfaguara publica dos volúmenes de cartas con la edición a cargo de Aurora Bernárdez.
En 2010 la editorial Alfaguara editó un hermoso libro «Cartas a los Jonquières», con el diseño de cubierta de Raquel Cané. La edición de Aurora Bernárdez, su mujer, y de Carles Álvarez Garriga supuso un trabajo de muchos años. La recopilación y transcripción del material permite conocer desde los años cincuenta hasta los ochenta; desde que se instala definitivamente en París hasta casi su fallecimiento. En febrero de 2012, Alfaguara vuelve a organizar en cinco volúmenes, con la adicción de más de mil cartas nuevas, toda la correspondencia de Cortázar desde 1937 hasta 1984, año en que muere en París. La labor de recopilación y transcripción de Aurora Bernárdez y el trabajo de Carles Álvarez Garriga así como el de Alfaguara es un hermoso homenaje a la figura del escritor y una delicia para los lectores que en contadas ocasiones podemos admirar tanto el genio del escritor como la persona sensible, cariñosa, ética, incorruptible, firme en sus creencias revolucionarias y defensor de los derechos humanos. Un ejemplo a seguir como el de Albert Camus.
Como simple ciudadana, avergonzada e indignada al contemplar el bochornoso espectáculo de corrupción de proporciones enormes que se está destapando estos días, pido la dimisión en pleno del gobierno. ¡Dimisión ya!
Y ante la falta de reacción de la oposición pido a los ciudadanos que tomemos las calles pacificamente para manifestar nuestra indignación; si ya los partidos políticos son incapaces de representarnos que se queden en el parlamento.
Si Picasso no hubiese sido Picasso, posiblemente sobre los años 1904 0 1906 -años en los que se termina su época azul y rosa- podría haber dado por cerrada la búsqueda de un estilo, de una marca, de una forma de pintar genuinamente suya. Pero Picasso no es un pintor ni un escultor ni un ceramista ni un escritor ni un figurinista… Picasso es un creador nato; un genio poderoso que rompió todas las normas, que escrutó todos los caminos, que abrió para que otros, después, no supieran muy bien qué hacer con ellos. Así fue Picasso. Picasso tuvo que ir creando continuamente formas nuevas, como impelido por una necesidad ciega que no le daba tregua… Y lo mejor de él, es que gozaba con la inocencia de un niño; y, como ellos, no se cansaba de jugar; de igual manera no se hastió en ningún momento de su dilatada vida de disfrutar de todos los placeres terrestres y celestes sin olvidarse, como un demiurgo que era, de ordenar su mundo cotidiano: de una piedra hacía un pájaro; de un pájaro, «el pájaro»; de una cabra, «la cabra de Picasso».
En unos pocos años -los que comprenden el principio de «su siglo»-, de 1901 a 1906 realiza las dos series, la azul y la rosa, series prodigiosas que hubieran bastado para llenar la vida de cualquier pintor. Pero ya hemos quedado que Picasso era otra cosa. Comienza el periodo azul con el cuadro «La habitación azul» y el rosa con el llamado «El actor». El primero de ellos se puebla de seres marginados, de paisajes fríos gracias a la elección del azul. La línea en esos años cobra una importancia relevante, se estiliza dando lugar a miembros alargados y angulosos que luego muchos pintores -también en Latinoamérica- adoptan como una forma de expresión dolorida, de expresionismo del «cuerpo». Se habla mucho del estudio de Picasso del arte egipcio y de la influencia de este en esas dos épocas. En la rosa, si bien se mantienen las mismas premisas en cuanto al color casi uniforme – solo al principio- y a la línea, su mundo se va poblando de personajes del mundo del circo que tanto admiraba. Y, a medida que ese mundo le invade, su paleta se vuelve a la vez azul y rosa, además de sumar rojos, ocres, verdes, sienas… Picaso decía que todos los colores de un cuadro debían estar en todos los sitios a la vez. En definitiva en un prodigio de vida que trasciende a la tela.
Cómo olvidar obras tan admirables como: «El guitarrista ciego», «La Planchadora», «La muchacha de la corneja», «Acróbata y joven arlequín», «Retrato de la señora Canals» y un larguísimo etc.
Hay lugares con historia, con sabor que merecen ser conocidos. El «Procope» es uno de ellos. Milagrosamente se mantiene igual que siempre, como si el tiempo hubiera pasado de puntillas. A mí me emociona saber que Robespierre, Voltaire, Benjamin Franklin, solo por poner algunos ejemplos, se reunían en sus salones para discutir, polemizar, hacer tertulias literarias o para conspirar, que de todo saben sus paredes. ¡Oh, si ellas nos pudieran hablar! Los amantes de lo esotérico seguro que darían lo que fuera por hacer una sicofonía para poder recoger las palabras de tan ilustres contertulios. En pleno corazón del barrio de Saint Germain-des-Prés, más concretamente en la rue Saint André des Arts, se encuentra el Procope, donde sus distintos salones nos acogen para transportarnos al siglo XVIII. Sé de buena tinta que allí sigue la mesa donde Voltaire escribía y tomaba litros de café.
El gusto por algo es tan subjetivo como personal. Lo digo porque, aunque puedo presumir de haber leído «El Quijote», no es -para mí- un libro al que recurro con asiduidad; sin embargo, cuando quiero pasar un buen rato y reírme a gusto, vuelvo a releer «Cándido». Voltaire, que arremetió contra todo con su demoledora ironía, lo hizo también contra Shakespeare o Dante, dos genios de la literatura universal, cosa chocante; sin duda él también tenía sus gustos particulares. «Cándido» comienza así:
DE COMO CÁNDIDO FUE EDUCADO EN UN HERMOSO CASTILLO Y DE QUÉ MANERA FUE EXPULSADO DEL MISMO.
Había en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronck, un joven a quien la naturaleza había dotado de hábitos modestos y encantadores. Su rostro dejaba adivinar su alma. Quizá por eso y porque hacía gala de un juicio recto y de un espíritu simple, se le llamaba Cándido.
La candidez y el espíritu optimista del personaje dan pie a un sinfín de aventuras por todo el mundo, teniendo como enseñanzas las del preceptor Pangloss, el más grande filósofo (de la provincia), que enseñaba la metafísica teologocosmolonigología. «Cándido» es definido por el rey de los búlgaros como «metafísico ignorante de las cosas de este mundo».
EN EL CAPÍTULO IV, ENTRE OTRA COSAS, SE DICE:
Pangloss contestó en estos términos:
-¡Ah mi querido Cándido! Vos mismos conocisteis a Paquita, aquella bella sirvienta de nuestra augusta baronesa; en sus brazos gusté de las delicias del paraíso, que son las que me produjeron estos tormentos infernales que me están devorando; estaba infestada y tal vez haya muerto. Paquita había recibido ese regalo de un fraile franciscano, muy sabio, quien había conocido el origen del mal: una vieja condesa que lo había recibido a su vez de un capitán de la caballería, el cual se lo debía a una marquesa, a quien había contagiado a un paje, habiéndolo recibido este de un jesuita, que, a su vez, siendo novicio, lo adquirió en línea recta de uno de los acompañantes de Cristóbal Colón. Por mi parte, no podré legárselo a nadie, porque me muero.
-¡Oh, Pangloss- exclamó Cándido-, qué extraña genealogía! ¿No habrá sido el diablo el origen de tamaño linaje?
-Nada de eso-replicó el gran hombre-; esta era una cosa indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario. Porque si Colón no hubiera atrapado la enfermedad en una isla de América, esta enfermedad que envenena toda fuente de generación y que con frecuencia impide la misma, oponiéndose a los fines específicos de la naturaleza, nosotros no hubiéramos tenido la suerte de conocer el chocolate o la cochinilla.
EN EL CAPÍTULO XII SE DICE:
«…Al cabo de algunos días resolvieron comerse a las mujeres. Teníamos un imán muy piadoso y compasivo que les hizo un excelente sermón, con el cual casi los convenció de que no nos mataran del todo. «Cortadles -dijo- una nalga a cada una de las señoras y eso os reanimará ; si es preciso repetir, tendréis otro tanto dentro de algunos días. Con seguridad el cielo os premiará por tan benéfica acción y seréis socorridos.» Como era hombre de mucha elocuencia, los persuadió y se llevó a cabo la operación terrible.
Voltaire fue despiadado con las religiones, satírico, con un ingenio portentoso, de una cultura insuperable, de una imaginación fértil y un gracejo deliciosamente socarrón. Polemizó con todo y con todos; fue anatematizado, odiado, silenciado y amado como pocos autores. Si tienen ganas de pasar un buen rato y si son además de mente abierta, les recomiendo que lean El «Cándido» de Voltaire. Yo, debo confesar,soy una de sus fans.
Este genial irlandés -nacido en Clontarf en1847 y muerto (?) en Londres-, escribió » la novela más hermosa jamás escrita» según palabras de Oscar Wilde. El escritor autor de «Drácula» pasó una infancia marcada por la enfermedad, la soledad y el sufrimiento físico. La introspección que ello conlleva, ha sido en muchos casos el caldo de cultivo desde donde muchos artistas -en potencia- se han visto impulsados hacia la práctica de cualquier expresión artística como válvula de escape. El espíritu trasciende, tiene que hacerlo para poder sobrevivir al dolor y a las carencias; en compensación, el supremo placer que experimentan «creando», solo unos pocos espíritus privilegiados son capaces de sentirlo, de disfrutarlo. Muchas veces el camino no es fácil, y el mismo Stoker llevó durante unos cuantos años la vida reglada de un funcionario. Fue en 1897 cuando escribió «Drácula», la novela considerada como la cima de la literatura gótica de terror. El personaje del vampiro, el conde de Transilvania, ha sido toda una inspiración para generaciones sucesivas. Hoy más que nunca el vampirismo está de moda, particularmente entre los jóvenes, gracias a las diferentes versiones cinematográficas y a una serie muy de moda. Particularmente me quedo con el conde Drácula de Stoker.
Stoker fue además critico teatral y autor de numerosos relatos como «El entierro de las ratas», «La casa del Juez» y «El invitado de Drácula» que fue escrito como primer capítulo de su gran obra «Drácula».
Stoker tuvo en Sir Arthur Conan Doyle un admirador ferviente. Juntos compartieron su afición por las ciencias ocultas y el espiritismo.
El anhelo del hombre por la inmortalidad ha sido, sin duda, el motor de muchas creaciones literarias. Vencer a la muerte es en sí una aspiración inútil, pero qué herramienta más fértil para la imaginación.

Recuerdo de la Exposición Universal de París, 1889. Entrada principal. Porcelana. Colección particular.Foto: Bárbara.
A veces las cosas se encadenan por si solas sin que sepamos muy bien por qué. Después de poner en el blog las dos fotos de La Tour, el domingo pasado estuve en el campo. Era un día espléndido de invierno, con un sol radiante que calentaba los naranjos y las lagartijas somnolientas eran un poema de felicidad. Mi perra y «Mateo» corrían alrededor de la piscina como locos, persiguiendo a un gato blanco. Como el gato era raudo y veloz, esquivó a los perros sin problema alguno, quedando estos con dos palmos de narices, resoplando y sin pieza. El aire se disfrutaba como un caramelo. El suelo se adornaba con las naranjas que los árboles no contenían ya. Paseando buscábamos que el sol nos atendiera con el mismo mimo que hacía con el resto de las cosas. La casa nos aguardaba; nos aguardaba con sus tesoros. El día iba avanzando perezoso mientras degustábamos un arroz delicioso. La casa es un museo privado, donde hemos pasado ratos inolvidables, tanto por lo que contiene como por la hospitalidad y la calidad humana de sus dueños. Ha sido y es lugar de encuentro de los amigos, de la familia, siempre centro de reunión, de tertulias, de noches alrededor de un fuego, de cantos y de risas. Cada rincón tiene una foto exquisita; he visto fotos magníficas hechas por un gran profesional que ha sabido captar la atmósfera que se respira. Como amateur, cogí la máquina; nadie se podría resistir a la tentación. Y ella, la dueña y anfitriona, me mostró algo que se encadenaba con el señor Eiffel y La Tour: un «souvenir» en porcelana de la Exposición Universal de París de 1889. Tantos años visitando la casa y ahora, en ese momento… esto. La vida es así y nos depara estas sorpresas. Gracias, María Teresa. Tu casa, una casa vivida.
Solo un apunte sobre la Exposición Universal de 1889: se celebró para conmemorar los cien años de la toma de la Bastilla y para -digo yo- que no se nos olvide lo de: Libertad, Igualdad y Fraternidad. El pabellón de Argentina se llevó todos los premios. Y la dame Eiffel asombró al mundo hasta nuestros días.