La escultura, debida a Bek, representa a Amenofis IV y se encuentra en el museo de El Cairo. Este faraón de la XVIII dinastía, nieto del gran Tuthmosis, fue el artífice de la gran revolución religiosa y estética que comenzó por sustituir Tebas, la hasta entonces capital del imperio, por la ciudad a la que hoy llamamos Tell-el-Amarna. Cambió su nombre por el de Akhenatón y la religión politeísta por otra monoteísta en la que el único dios es el disco solar Atón que con sus rayos propicia la vida y el crecimiento de todos los seres vivos. Al abandonar la idealización de las formas, los artistas se ciñeron a un realismo antes nunca visto; desconcierta el realismo que nos muestra a un faraón de hombros caídos, pecho hundido, con un cuello enorme, brazos muy delgados, piernas cortas y un vientre abultado… Su aspecto andrógino, lejos de los modelos atléticos o robustos anteriores, algunos lo atribuyen además al hecho de encarnar lo femenino y lo masculino.
En la tumba de Ay en Tell-el- Amarna se encuentra el conocido y hermoso himno al sol, El Gran Himno a Atón y que comienza así:
¡Qué hermoso te levantas en el horizonte del cielo,
Oh viviente Atón, creador de la vida!
Cuando amaneces en el cielo oriental
Tú llenas todos los países con tu belleza.
Eres hermoso, grande, radiante,
por encima de todas las tierras.











