Esta obra, conocida también como «los relojes blandos», la pintó Salvador Dalí en el año 1931, se expuso primero en París en ese mismo año y con posterioridad en N.Y. En 1934 Hellen L. Resor lo dona al MOMA donde permanece. El cuadro, plenamente surrealista, registra el pensamiento científico y humanista del creador; siempre hago hincapié en el saber enciclopédico del pintor que marca el trasfondo de sus obras; las teorías físicas y filosóficas del momento (Freud sobre todo) están presentes de forma inequívoca. Ello hace que sus obras vayan más allá de lo anecdótico; en este caso, el paisaje amado de Cadaqués como telón de fondo de esa memoria ceñida a los relojes blandos, pero implacables.
Con posterioridad Dalí vuelve sobre el mismo tema de la memoria; me pregunto si lo obvio, que sería pensar en la perdida de memoria con el paso del tiempo, es eso solo o él sabía que durante el sueño se regenera la memoria reciente, nos gasta una broma o nos dice algo más que no sabemos interpretar… El átomo, los sueños, la memoria, la desintegración y la muerte son temas recurrentes que no surgen por que sí; el miedo al paso del tiempo, que conduce a la desaparición total, le obsesionaba, aunque dijese que se inspiró en el queso camenbert para pintar los relojes blandos en cuanto que eran: «tiernos, solitarios, extravagantes y paranoico-críticos». La boutade, estaba servida.
Este cuadro de 25 x 33 cm. se encuentra en el Museo Salvador Dalí, San Petersburgo (Florida).














