Desconozco el autor de esta escultura, cuya fuerza nos habla de tantas cosas: emplazada bajo el sol y el cielo azul, al lado del mar, en el puerto, que evoca tantas rutas; no se puede ignorar por su imponente presencia. Un hombre derrotado, desnudo, cabizbajo, herido en su dignidad, recogido sobre sí mismo, con la mirada fija en el suelo, impotente. Cuando la vi, me sentí sobrecogida y golpeada. Y te tienes que parar, clavada en el suelo, y te dan ganas de abrazarla… mientras la gente pasea entre los barcos y las gaviotas.
Y SIENTO VERGÜENZA DE SER EUROPEA.
Y siento vergüenza por ser europea. El gran mito de Europa se nos ha roto definitivamente. Ya se me rompió cuando Europa bombardeó la antigua Yugoslavia, mirando para otro lado, cuando se masacraba a los albaneses. Ahora, los miles y millones de refugiados que intentan salvar la vida claman, pero Europa, con su política de mercachifles, está sorda y ciega. Y me da vergüenza cada día, porque los vemos atrapados como animales y Europa solo sabe poner alambradas. Y pagar, eso sí, para que Turquía se las apañe !Qué Vergüenza! Y solo me viene a la mente la frase de «El año que vivimos peligrosamente», la que dice y martillea sobre el teclado con desesperación el fotógrafo, después asesinado: ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer? ¡Qué podemos hacer!
Rectificación: Buscando al autor de la escultura, me entero de que es un homenaje a las víctimas del terrorismo, pero es realmente lo mismo, salvo que este terrorismo es un terrorismo de Estado; la realidad es tan dolorosa la una como la otra; el desamparo, el mismo, las vidas que se pierden en el camino son las mismas. La magnífica obra es de Víctor Ochoa.


























