Monet en Honfleur

 

16

«Barcos de pesca en Honfleur»

15

«Barcas en Honfleur», 1866

17

«Barco en marea baja», 1881

Muchos pintores de la época, y aun hoy, buscan la luz de Normandía. Honfleur, una ciudad situada enfrente de Le Havre,  en la desembocadura del Sena, según palabras del pintor dirigida a un amigo la describía así: «Esto, querido amigo, es adorable, descubro todos los días cosas cada vez más bellas». Allí Monet pintó una serie de cuadros con el tema de las barcas y los barcos que fondeaban en el puerto rodeado de casas muy pintorescas de pizarra donde hoy la mayoría albergan restaurantes y algunas han sido declaradas monumentos históricos. Durante sus estancias estivales, se hospedada en un local que fue casa de postas en el siglo XV llamado le Cheval Blanc. Igual que sucede en Bruselas, el menú típico eran les moules-frites, los mejillones con patatas fritas y un calvados. Curiosamente el local más famoso entonces, por su excelente cocina, era la granja Saint-Simon, un albergue frecuentado también por pintores y de precio muy asequible -ahora es un famoso hotel de cinco estrellas que ofrece clases de pintura, ¡lo que hace el turismo!-. La diferencia de tratamiento del segundo cuadro al tercero es muy evidente y en la datación se percibe claramente; el segundo, de los tres es el más «clasico», siendo el tercero en el que se aprecia de manera muy patente como el impresionismo lo impregna todo: la atmósfera envolvente y las pinceladas, los contornos difuminados…

Paul Cézanne, el gran maestro

4

«Tulipanes en un jarrón», 1892

5

«El jarrón azul oscuro», 1880

9

«Vaso con flores», 1900-03

Paul Cézanne, el padre de la pintura moderna, se sintió atraído por las naturalezas muertas y por los bodegones. En el primer lienzo, destaca la superficie de la mesa desde la nueva perspectiva, levantada hacia el espectador, brillantemente equilibrada por las piezas de fruta a la izquierda. Las pinceladas, sueltas, de diversos tonos, del fondo y del mantel presagian una  forma de dotar de vida lo que antes podría ser un fondo plano. Y el jarrón, mitad vidriado del mismo color que las ramas verdes de la composición, unifica el conjunto de forma magistral, sin olvidar unas luces más claras que hacen vibrar el conjunto. Y, coronándolo todo, el rojo de los tulipanes… Realmente soberbio.

Picasso decía que, para que un cuadro funcionara, todos los colores utilizados debían estar en todos sitios a la vez  Eso nos lleva a la reflexión y a analizar de esta manera las obras de arte. Desde entonces yo lo hago y debo darle la razón; de esta manera, el equilibrio es perfecto, pero conseguir hacerlo ya es otra cosa.

En el segundo cuadro, Cézanne pinta la superficie del jarrón con flores; no se trata de que estas se transparenten a través de él, sino que añade ese detalle para volver, de otra manera, a unificar el conjunto oscuro y que, por tanto, no podría transparentar el interior… brillante.

Y por último, este cuadro muy empastado abre paso con ese tejido floral a lo que después muchos utilizarán, como Matisse con sus telas con arabescos en sus odaliscas. Curiosamente este cuadro, por el tratamiento de la pintura, me parecería a simple vista anterior a los otros, aunque no sea así.

La evolución de Mondrian: árboles

1

«Silueta de dos árboles, tras un curso de agua», 1900-1902

5

«Àrbol gris», 1911

6

«El árbol horizontal», 1911

 

8

«Manzano en flor», 1912

 

The Tree A c.1913 by Piet Mondrian 1872-1944

«El árbol A», 1913

De la pintura paisajística primera, Mondrian se va acercando a la naturaleza de forma distinta, despojándola de lo accesorio, como consecuencia del impacto que el cubismo tuvo en él.  Su estancia en París, en 1911, cómo no, le hace replantearse ese acercarse al paisaje, pues nunca dejó de inspirarse en la naturaleza, pero buscando la esencia, sintetizando las formas, reestructurando el espacio para llevar a término su propio camino. Su evolución es evidente en esta serie de cuadros.

 

Moreras otoñales

IMG_1319

Foto : Bárbara

 

IMG_1317

Foto: Bárbara

IMG_1315

Foto: Bárbara

No es la primera vez que lo digo, el otoño es mi estación preferida, quizá porque de forma palpable se ve como el ciclo de la vida se pone otra vez en marcha, para en la primavera volver a contemplar cómo nacen los diminutos brotes y los ves crecer día a día. El otoño es como la vejez de la naturaleza que, al igual que en los humanos, pone arrugas de sabiduría en nosotros; yo aspiro a envejecer con la misma dignidad y belleza de las moreras que hay frente a mi casa. Un rostro surcado de arrugas puede ser tan bello o más que el cutis terso de un adolescente insulso, que los hay. El paso del tiempo no nos debe asustar, pues formamos parte de ese ciclo de vida que renueva nuestro mundo y ese mundo, hay que reconocerlo, es muy hermoso.

Van Gogh y sus calaveras

42

«Esqueleto con un cigarrillo encendido» , 1885-86. Museo Van Gogh de Ámsterdam.

43

«Cráneo», invierno 1887-88. Museo Van Gogh, Ámsterdam

44

«Cráneo lateral». 1887-88. Museo Van Gogh, Ámsterdam

39

«esqueleto colgando con gato», 1886-87. Museo Van Gogh, Ámsterdam.

Cuando Van Gogh era joven y estudiaba en Amberes, a los alumnos de Bellas Artes les hacían dibujar esqueletos para que llegaran a conocer bien la anatomía humana antes de iniciarse con el cuerpo -a este respecto, hay unos dibujos de anatomía que siempre me han fascinado y que son prodigiosos en donde se dibujan esqueletos con sus músculos; me refiero concretamente al libro de anatomía, todo un clásico, donde aparecen los dibujos de Vesalius. A Van Gogh estas clases le fastidiaban, le aburrían y reconocía que no se aprendía nada de ellas; por eso se permitía, con gran sentido del humor, dibujar esta primera calavera fumando, sosteniendo un cigarrillo entre los dientes. Van Gogh, que era un gran fumador de pipa, hoy estaría perseguido como un apestado, como lo somos todos los fumadores, aunque no contaminemos por no conducir. ¡Díganle a un defensor del medio ambiente que prescinda de su coche! El último es un dibujo a lápiz probablemente para los menús de Le Chat Noir y los demás están pintados al óleo.

Joan Mitchell

13

«La Grande Vallée XVIII», 1984

12

«Tríptico Girolata», 1963

Joan Mitchell es una figura fundamental del expresionismo abstracto americano, aunque no es todo lo conocida por el público que su obra se merece; volvemos al eterno problema de su condición de mujer. Nacida en Chicago en 1925, donde se formó en el Smith College y en el Art Institute, viajó por Europa donde creció su admiración por Césanne, Vang Gogh, Kandinsky y por todos los pre y postimpresionistas. Con los años, su pasión por el arte la llevó en los cincuenta a viajar por Francia para finalmente instalarse con su marido, el pintor Riopelle, en París y, finalmente, en Giverny, donde falleció en 1992. Su estilo, muy evocador y original, sugerente, realizado con brochazos llenos de fuerza sobre lienzos con fondo blanco y a veces sin imprimar, donde libera toda su energía de gran potencia intuitiva que contiene ritmos de un equilibrio perfecto lleno de cadencias donde aúna lo racional, meditado, y la improvisación más libre no exenta de un lirismo que me atrevería a llamar poético. Por todo ello sus obras de gran formato son exquisitas y de una gran belleza. Tuvo una estrecha relación con Elaine de Kooning, Kline y Samuel Beckett; entonces el arte tenía un nombre, París, y allí es donde había que estar. Su influencia sobre las siguientes generaciones de pintores se ha ido viendo con el paso del tiempo. En la Documenta de Kassel de 1959 fue donde se dio a conocer a nivel internacional y hoy su obra se expone en los más importantes museos estadounidenses y franceses.

Chord II 1986 by Joan Mitchell 1925-1992

«Chard II», 1986

 

Picasso y sus disfraces

83

92

Picasso, con su sentido del humor, tan español, jugaba con la misma intensidad que lo hacen los niños y él siguió siendo un niño grande que sostenía los siguiente:

18

De vuelta en casa

052

Foto: Bárbara

053

Foto: Bárbara

De nuevo en casa, después de unos días en Madrid y en Alcalá de Henares. En Alcalá he visto unos rosales rosas y amarillos que eran una preciosidad, pero ni tiempo he tenido para poder hacer alguna foto y lo lamento de veras; el tiempo era frío y húmedo, supongo que por la cercanía del río  Manzanares, y ha llovido de modo que tampoco he podido pasear por sus orillas embarradas. Alcalá tiene rincones increíbles para traerlos en las retinas y en la máquina; otra vez será… y a modo de reencuentro me he acordado de estas  flores de una planta carnosa que, igual que a los cactus, siempre me sorprenden por su aparente sencillez, pero de indudable belleza.

Los cementerios

IMG_0076

Foto: Bárbara

IMG_0078

Foto: Bárbara

Se acerca el día de Todos los Santos y el día de Difuntos. En Europa nos lo  tomamos en serio, pero en México, por ejemplo lo celebran de otra manera, digamos más festiva y alegre; allí los esqueletos bailan y se come y se bebe sobre las tumbas. Cada cultura lo asume a su manera y cada pueblo su forma de entenderlo y sentirlo. En París vamos al cementerio de Montparnasse y al del Père Lachaise para contemplar las tumbas de los personajes ilustres que allí reposan, literatos, artistas, cineastas, políticos… Montparnasse es más recoleto, le Père Lachaise es enorme y casi te lleva una mañana entera recorrerlo. Personalmente busqué la tumba de mi admirado Cortázar y no paré hasta encontrarla; casi a la salida me encontré con la tumba de Sartre y de Simone de Beauvoir y con la de Langlois, el fundador de la cinemateca francesa. Emociona ver que siempre tienen flores y pequeños mensajes de admiración.

Las pinturas negras de Goya

5

Francisco de Goya. «Mujeres riendo»

8

Francisco de Goya.» Dos viejas comiendo sopa»

7

Francisco de Goya. «El aquelarre»

Las llamadas pinturas negras de Goya, originariamente pintadas al óleo directamente sobre la pared del palacete de la Quinta del Sordo, propiedad del pintor, se trasladaron al lienzo y hoy día se encuentran en el Museo del Prado. Estos catorce murales impactan tanto por sus tonalidades, negras, grises, blancas y ocres, como por la temática y los personajes populares representados o por los fuertes contrastes, los destellos de luz, los diferentes planos, las luces y las sombras; su pincela suelta, a brochazos, le confieren una fuerza que le sirve para mostrar lo grotesco, lo feo, lo terrible, pero también la locura y la vejez. Las figuras representadas tienen los rostros distorsionados en ambientes nocturnos, irreales y aterradores en consonancia además con el periodo en el que fueron pintadas, entre 1819 y 1823, que coincide con su segunda grave enfermedad, que casi lo lleva a la tumba, y el pronunciamiento  militar de Riego; luego vendría la restauración de la Constitución de Cádiz; en definitiva unos años de incertidumbre  en lo político-social y personal. En ellas, en las pinturas negras,  lo demoníaco se confunde con lo humano, adoptando algunas figuras formas bestiales. Por todo ello esas catorce obras resultan inconfundibles y demuestran la genialidad del pintor, su manera tremendista de plasmar lo fantasmagórico y lo irreal, lo demoníaco y lo humano. La Quinta del Sordo la adquirió Goya en 1819 cerca del río Manzanares y la legó a su nieto Mariano antes de irse a Francia. Fueron trasladadas al lienzo por el restaurador del Museo Del Prado Salvador Martinez Cubells y fueron donadas al Estado por su propietario, el barón Fréderic Émile d’Erlanger.