
«Naturaleza muerte. Fête Gloanec», 1888

«Vincent pintando girasoles»,1888

«Naturaleza muerta con estampa japonesa»,1889

«»Paisaje tahitiano» 1891
El colorido lujurioso, vibrante de estas obras nos habla a las claras de que llevaba, no solo en los ojos sino en el alma, lo que descubriría en sus viajes. Tahití fue la constatación fehaciente de que su paraíso soñado era real, como se ve en el último de los cuadros, pintado ya en la isla. Porque en 1888, cuando pinta a Vincent, se encontraba en Arles y en el primero de esta serie, pintado ese mismo año, el color es ya deslumbrante. Me he dicho muchas veces que fue un ser afortunado al ver realizado materialmente su sueño; pocas personas pueden decir lo mismo y se pasan la vida buscando de forma infructuosa su ideal de vida. En ese paisaje tahitiano, la figura se empequeñece ante la grandiosidad del entorno, donde las armonías coloreadas y las curvas se suceden en su estilo característico. En «Naturaleza muerta con estampa japonesa», de cálidos y suaves amarillos y malvas, se divierte poniendo como florero su propio autoretrato hecho en barro. En el retrato que hace a Vincent, que ejecuta antes del terrible suceso que protagonizaron y que hizo salir a Gauguin a toda prisa de Arles, lo hace mostrando el motivo que obsesionaba entonces a su colega, los girasoles. Y qué decir del primero de los cuadros aquí representados; sencillamente maravilloso ese velador tan intenso, con ese color que traspasa el limite físico de la obra.





















