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Tela de araña

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Foto: Bárbara

 

 

 

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Foto: Bárbara

No tienen mucha definición, pero no pude hacer otra cosa.Pocas veces la he visto en el jardín y pensé en algo que leí en algún sitio: «Las arañas tejen extrañas telas…», pero que bonitas, son como encajes delicadísimos que cuando les da el sol parecen cosa de magia; claro que si se piensa en su funcionalidad la cosa cambia y entonces te das cuenta de que a pesar de su belleza no dejan de ser una trampa mortal para cualquier insecto que caiga en ellas. ¡La vida y la muerte siempre van unidas!

 

Lobo lunar

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Lobo olisqueó la primavera; su sensible olfato de radar rastreaba kilómetros y kilómetros a la redonda con solo levantar la cabeza. Al salir de la lobera, sorteaba en su carrera los charcos que la lluvia de la noche anterior habían formado aquí y allá. Gotas de rocío brillaban como luceros de la mañana y sintió las que se estiraban desde las hojas de los robles hasta caer sobre su lomo como lágrimas matutinas. Se desperezó arqueando su cuerpo al tiempo que su estómago vacío le mandó un aviso urgente; sus patas traseras, como flechas en un arco tensado al máximo, le lanzó sobre las rocas de aquel risco desde donde divisaba todo el valle. Había comenzado la caza.

Lobo Lunar

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Lobo Lunar seguía soñando en la lobera. Desde afuera, el gemido del viento helado se colaba por las rendijas y hendiduras horadadas de las rocas. Era lo más parecido al silbido del pastor que recordaba. En su sueño profundo del invierno, los badajos de los cencerros de las ovejas sonaban como cristal del hielo de las charcas; se miraba en los trozos multiplicadores donde la Luna se reflejaba partida en mil pedazos para que él la recompusiera y los fuera ordenando para saber que habría otras lunas, y otras y otras. Ahora el tiempo era una línea continua hasta que los hielos se aflojaran dejando charcos dulces de aroma de sangre caliente y el balido de las ovejas horrorizadas. Pero aún no era el tiempo del sacrificio, era tiempo de soñar tiempos pasados donde aullaba a la Luna mientras ella, plena, radiante, lo miraba desde arriba sin saber nada del depredador que la adoraba.

La abeja en el limonero

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Foto: Jero García

Ahora que estamos de poda preparando la llegada de la primavera, cortando, recortando, quitando las ramas secas para que cuando llegue el buen tiempo el ciclo de la vida se renueve como corresponde, me llega esta bonita foto por WhatsApp desde Ceuta nada menos. Nunca he tenido paciencia para captar insectos ni pájaros ni siquiera lagartijas, que me encantan; todo lo que se mueve se me escapa… una tiene sus limitaciones. Quizás por eso admire tanto a todos los que saben hacerlo. Puede ser que lo intente con los caracoles, que van despacito… Y que no se nos ocurra a nadie matar a estos insectos que están en serio peligro por culpa de los herbicidas. A nivel mundial ese es un problema muy grave; gracias a ellas tenemos los alimentos que nos son tan necesarios; sin la polinización estaríamos nosotros en peligro y bastantes hambrunas existen ya, de las que ni siquiera en el llamado primer mundo nos ocupamos, ni siquiera nos quita el sueño. Aunque debería. Gracias mil, Jero, por esta magnífica fotografía.

La tortuga «África» que era «tortugo»

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Al principio le llamaron África, áfriquita para los amigos, pero resultó que era macho de modo que se ha quedado como «Africano». Al tortugo le encanta la lechuga y los tomates, así como tomar el sol; en la segunda foto parece que se ha queda traspuesta. Su preciosa concha necesitaría aloe vera, aunque no sé si es lo más apropiado para su toilette. Vitaminas y carotenos no le faltan, eso ya se ve. Yo adoro a esos animales y daría lo que fuera por tener una, pero es una especie protegida y hay que respetar esas cosas.

Una señal diferente, pobrecillos

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Foto: Aurelio Serrano

Señal que prohíbe a los perros hacer sus necesidades en la calle, más concretamente, a la entrada de un parking para coches, pero en pleno campo.  Y digo yo que lo normal es que los dueños recojan las cacas de sus perros, pero qué hacen los pobres animales si les entra un apretón o tienen diarrea; pues nada, aguantarse o pedir a sus dueños que les pongan dodotis o algún otro tipo de braguitas para bebés. Así de ridículamente civilizados estamos.  Reconozco que era la primera vez que veía esa señal y por tanto  mi ignorancia era total y absoluta, pero mi sorpresa dio paso a una reacción de risa y después de indignación… en fin: ¡país!, que decía el gran Forges.

Lobo Lunar

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Del lagrimar rodó una lágrima. Había bostezado con tanto esfuerzo que a esa única lágrima siguieron otras que se perdieron entre el denso pelo. Tumbado en la lobera, dormitaba mientras las moscas se cebaban sobre la carroña; el fémur de un cervatillo estaba casi roído del todo. Volvió a cerrar los ojos; el insoportable calor de aquel verano lo sumía en un sopor intolerable. Lobo soñó que corría tras una presa y que en la espesura del bosque se le escapaba. Soñó, después, en una Caperucita despistada y que él, desprovisto de ánimo, se lanzaba sobre la cesta de víveres que ella llevaba a su abuelita, de modo que pensó que eso era el anuncio de su decrepitud, mientras otra lágrima rodó entre su pelo; pero esta, de pura tristeza.

Palomas fiorentinas

 

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Foto: Bárbara

Estas palomas, en la plaza de Santa María Novella, en Florencia, se solazan, dichosas de estar donde están, de eso no me cabe la menor duda. Las palomas en todas partes del mundo gustan de pasear por los diversos monumentos, arrullando a los que ya no están; les da lo mismo de quien se trate, si son figuras yacentes o estatuas ecuestres de militares o caudillos triunfantes, ellas no hacen distingos, son absolutamente indiferentes o bien demócratas  desde el tiempo de los romanos. Hasta hace poco eran el símbolo de la paz  y hasta los pinceles más cotizados las pintaban con cariño y esmero, pero últimamente su halo de inocencia y bonhomía ha ido desapareciendo, y una idea perversa ha ido calando entre las gentes; ahora se les considera como ratas voladoras que con sus excrementos ensucian y corroen los edificios y todo lo que encuentran a su paso. Yo me resisto, vamos que me niego, y sigo pensando que son las amigas de los que ya no están y que con sus arrullos  les dan los buenos días y les acompañan en su soledad. ¡Romántica que es una!

Lobo lunar

 

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Por la boca de la lobera el frío entraba para quedarse. Lobo no dormía, sus ojos cerrados inútilmente seguían proyectando imágenes que su cerebro no podía procesar. Creyó que se moría, tenía la boca seca y pensó que tenía alucinaciones. Sus orejas tiesas oían sin querer todos los murmullos del bosque a muchos kilómetros de distancia; incluso el ligero vaivén de la hierba mecida por el viento o la caída de una simple bellota sobre el manto de las hojas. La oscuridad, la negrura de la noche no vino en su ayuda, seguía viendo imágenes que se producían a toda velocidad, tenía alucinaciones y no podía controlarlas. Quiso morir. Pero la muerte se incomoda si se la llama, la muerte es esquiva, caprichosa, terca y no hace favores a nadie. Lo supo esa terrible, larga noche. Al amanecer Lobo sintió como su cuerpo se arqueaba en convulsos espasmos; de pie, vomitó fatigosamente baba blanca y bayas rojas. Después, la muerte que había estado coqueteando por la lobera huyó como un fantasma pálido.

Lobo Lunar

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Tras aquel profundo aullido, Lobo miró embelesado a la Luna. El aire se había aquietado, pero aún, las ramas de los árboles salpicaban el suelo con blancos copos de nieve; él buscó, olfateando el aire, el camino de vuelta a la lobera; el frío era polar. La sangre de la pata herida era negra, seca y aun así se lamió el pelo gris apelmazado; a lo lejos oyó los cascabeles de un trineo y creyó ver la silueta gruesa de un anciano que cabalgaba los sueños infantiles hacia caminos vedados para él. Su suerte estaba echada, maldita por su condición de predador; lo supo desde el momento en que aulló a la Luna por primera vez; inexorablemente soñaría con caperucitas.