
Marc Chagall: «El árbol de Jesé». Óleo sobre lienzo, 150 x 120. 1960. Öffentliche Kunstsammlung, Basilea.
¿Qué tiene Notre Damme de París? ¿Es real el simbolismo de la barca de Isis-Cité donde se asentó el núcleo de lo que después sería París?; ¿qué relación tiene con las Vírgenes negras, ya que todas reciben el nombre de Nuestra Señora?… ¿qué hace que algunos lugares objeto de culto y peregrinaciones resulten mágicos desde tiempos muy remotos? Siempre me hago esta pregunta cuando esa magia la siento en alguno de esos lugares, no siendo precisamente alguien practicante; lo curioso es que lo que cambia sea el culto, el nombre, la religión: el lugar sigue siendo el mismo. Las religiones mistéricas de la antigüedad se han ido sustituyendo, en apariencia, bajo otros nombres.
Chagall hace al cielo soporte de su pintura, uno de azules intensos donde libremente, sin sujeción ninguna el hombre libre vuela, donde la magia permite que los peces con cabeza de asno circulen y se crucen con arpías, y de Notre Dame brote el árbol de Jesé, que es la representación simbólica de la genealogía de Cristo a partir de la figura de Jesé padre del rey David. En el primer cuadro, su autorretrato, el pintor sostiene en la cabeza un gallo y a una mujer; la total falta de respeto de Chagall por la proporción, por la medida y la lógica lo hacen especialmente atractivo para los surrealistas cuando desembarca en París en 1910; entonces triunfaban estos y los fauvistas, y también posteriormente se dejó influenciar por los cubistas, pero solo admite algún elemento de pasada: su camino era distinto. Chagall, de origen judío, fuera de Bielorrusia necesita poblar su pintura de todo su acervo, los violines, velas, samovares, vacas, su origen y sus raíces, con la ingenuidad de niño; pero desde la fábula, la risa y la comicidad de los inteligentes. Su color, el color, debe responder a la química, resultado de una intensidad casi alquímica.
Pero ¿qué tiene Notre Dame?, ¿responde a su necesidad de magia, de lo esotérico»? En el cuadro que tituló «El monstruo de Notre Dame», el tamaño de la Estirga saliendo de las torres casi dobla al de la catedral; la intensidad la contiene el «monstruo». La atracción que siente por Notre Dame es evidente. Lo mismo se puede decir de Picasso que, ¿se lo imaginan? iba a los muelles a dibujarla, a hacer bocetos que nunca quiso enseñar ni exponer.




























