
La Estirga, Notre Dame. París
Gracias, gracias, gracias a los amigos de la Estirga Burlona por su generosidad. Nunca pensé ni me planteé ponerme metas, pero esto supera lo que esperaba cuando empecé esta travesía incierta. En mi cuaderno de bitácora, tendré que anotar que bien temprano, mi querida Estirga, desde Notre Dame, me ha hecho llegar una nota en la que dice textualmente: «Si algo me debes es una visita, porque perdida la noción del tiempo desde los años en que mi padre Violet le Duc me creó, te espero cuando la lluvia y el viento azotan mi piel, cuando el sol implacable reseca mi lengua, en todas las estaciones en que los hombres parados en el Parvis hacen cola para subir a las torres; sabes que lo único que te pido es que me acaricies el lomo y me digas al oído aquello por lo que tú y yo estamos unidas para siempre. Debes recordarme lo más secreto de nuestra alianza; la memoria me falla, porque la piedra es voluble e inestable a pesar de su condición de roca imperturbable. Nada me debes; lo que te pido es lo que debe de ser, lo correcto». No viene rubricado; las quimeras no ponen su sello como los hombres, lo ponen en las noches estrelladas cuando sobrevuelan el Sena y los puentes de París; solo entonces se convierten en seres vivos que pueblan nuestros sueños.


















