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¡¡¡Doscientas mil vistas!!!

Notre-Dame Les Tours-Chimère 1

La Estirga, Notre Dame. París

Gracias, gracias, gracias a los amigos de la Estirga Burlona por su generosidad. Nunca pensé ni me planteé ponerme metas, pero esto supera lo que esperaba cuando empecé esta travesía incierta. En mi cuaderno de bitácora, tendré que anotar que bien temprano, mi querida Estirga, desde Notre Dame, me ha hecho llegar una nota en la que dice textualmente: «Si algo me debes es una visita, porque perdida la noción del tiempo desde los años en que mi padre Violet le Duc me creó, te espero cuando la lluvia y el viento azotan mi piel, cuando el sol implacable reseca mi lengua, en todas las estaciones en que los hombres parados en el Parvis hacen cola para subir a las torres; sabes que lo único que te pido es que me acaricies el lomo y me digas al oído aquello por lo que tú y yo estamos unidas para siempre. Debes recordarme lo más secreto de nuestra alianza; la memoria me falla, porque la piedra es voluble e inestable a pesar de su condición de roca imperturbable. Nada me debes; lo que te pido es lo que debe de ser, lo correcto». No viene rubricado; las quimeras no ponen su sello como los hombres, lo ponen en las noches estrelladas cuando sobrevuelan el Sena y los puentes de París; solo entonces se convierten en seres vivos que pueblan nuestros sueños.

Degas y Monet

 

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Degas a la edad de 78 años, marzo de 1912. Fotografía de su amigo Albert Bartholomé, coloreada.

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«Monet ante sus pinturas». Fotografía de 1923, coloreada por Dana Keller.

 

Miró en su estudio.Y cómo le conocí.

 

 

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Joan Miró en su estudio de Son Abrines, 1977.

Tuve la suerte de conocer a Joan Miró y a su mujer a finales de los sesenta. Fue una mañana de domingo a la salida de una misa de doce; yo estaba pasando unos días en casa de unos familiares en Palma de Mallorca, que vivían en La Bonanova. Mis parientes, de edad avanzada, eran católicos practicantes y me pareció lo más correcto acompañarles; a la salida de la misa saludaron muy cordialmente a un señor mayor muy risueño y a su mujer, los dos de pequeña estatura y de aspecto encantador. Nos paramos y estuvimos un rato intercambiando impresiones sobre la salud y el buen tiempo que hacía. Era una radiante y soleada mañana de verano; de él me llamaron la atención sus pequeños ojos azules, vivos y risueños. La misa se celebró en una pequeña ermita de la Bonanova, situada en la parte alta de Palma desde donde se ve el mar. Los ojos del pintor eran como aquel mar que se divisaba a lo lejos. El matrimonio Miró vivía muy cerca de nosotros, también en la Bonanova. Cuando nos despedimos me dijeron que era Joan Miró. No me lo podía creer; luego, con los años, he constatado que los grandes hombres suelen ser los más sencillos, los más humanos, los que no tienen que presumir de nada.

Picasso y la Lisístrata de Aristófanes

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En 1934 aparece en N.Y. una versión de la Lisístrata de Aristófanes publicada por la asociación de bibliófilos estadounidenses, ilustrada con seis grabados de Picasso al modo neoclásico del pintor. La edición, como no cabía ser menos, es reducida y exclusiva. Aristófanes estrena su obra en Atenas en el año 411 en plena guerra del Peloponeso entre espartanos y atenienes que venía enfrentando a todo el mundo heleno desde hacía veinte años. El nombre de Lisístrata, que significa «la que disuelve los ejércitos», ya es toda una promesa de su contenido antibelicista; la guerra parecía no tener fin y las hostilidades entre las dos potencias griegas conllevaba una devastadora destrucción que abarcaba  toda la cuenca oriental del Mediterráneo. Curiosamente esta obra, ilustrada por Picasso, se estrena en vísperas de que estallara en España la guerra civil y en un periodo de entreguerras mundiales. Estos tres primeros grabados, como los otros tres restantes, se caracterizan por la simplicidad de las líneas y el equilibrio en la composición. En el primer grabado aparece Lisístrata convenciendo en asamblea tanto a espartanas como a atenienses para que se abstengan de tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que ellos no pongan fin a las hostilidades. En el segundo, aparece un encuentro erótico frustrado, siguiendo las directrices marcadas por Lisístrata. Y en el tercero se muestra la desesperación de los hombres ante una huelga insólita. Toda una solución.

 

Aurelio Serrano Ortiz, dibujante

DIBUJO AURELIO

Aurelio Serrano Ortiz, dibujo a lápiz sobre papel

De la serie «Línea sobre el plano». 17-04-2018.

Lo etéreo, la ingravidez, la elasticidad son términos a los que me llevan los dibujos de esta serie, donde el espacio se define por el aire que circula a través de esas masas que se estiran según los ejes que, a la vez, doblan sin hacerlo el plano sobre el que se asientan. Plasticidad llevada a su máxima expresión: sencillamente magníficos.

 

Matisse y James Joyce

 

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Para los devotos lectores del «Ulysses» de James Joyce y que al mismo tiempo sientan pasión por el arte, poseer una edición de la novela ilustrada por Matisse debe ser toda una joya. En 1935 el pintor recibió el encargo de ilustrar la novela más famosa y discutida del escritor irlandés que transcurre en Dublín en un solo día. El «Ulysses», ya lo sabemos, no es de lectura fácil; el caso es que Matisse no quiso leer el libro, por las razones que fuesen y fue directamente a la fuente: la «Odisea» de Homero. Este dato, curiosamente, añade una peculiaridad a esta edición de coleccionista. No era la primera vez que Matisse se volcaba en ilustrar un libro muy conocido; con anterioridad había ilustrado «Las flores del mal» de Baudelaire mas esta vez el regreso a casa del personaje –Stephen Dedalus- parte de un libro clásico de cuya autoría se tienen serias dudas. George Macey, el editor norteamericano que tuvo la feliz idea de unir a Joyce y a Matisse en esta «odisea», debió prever el precio desorbitado que la edición primera, que constaba de 1.000 copias firmadas por el artista y 250 firmadas por Joyce, alcanzaria en el mercado.

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Monet, fotografiado con sus nenúfares

 

 

 

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Monet en Giverny. Fotografía coloreada

Monet en su ardín de Giverny al lado de sus nenúfares y, detrás, el puente japonés que hizo construir para pintarlo tantas veces. Así mismo hizo desviar un afluente del Sena para poder plantar sus especies acuáticas

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Monet en su estudio

Diego Rivera cubista

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Marinero almorzando, 1914

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Paisaje zapatista (El guerrillero), 1915

La época cubista de Diego Rivera coincide con su estancia en Madrid y París. Gracias a una beca, el muralista mexicano viaja a Europa y se impregna de lo que allí se está fraguando. Y aunque él con posterioridad no da importancia a ese periodo que abarca desde 1907 a 1921, en realidad el conjunto cubista de su obra se centra entre 1913 y 1918, la crítica cada vez más tienen en consideración estas obras por su indudable calidad. La relación entre Picasso y Rivera tuvo sus altibajos debido a una posible «copia» por parte del malagueño de la forma en que el mexicano pintó las hojas de los árboles de su cuadro «Paisaje zapatista», aunque después, pelillos a la mar, Rivera en su biografía se confiesa agradecido por tener a Picasso como amigo. El cubismo de Rivera posee la singularidad del color, apartándose de los colores apagados propios del movimiento y que defendían Picasso y Braque, y se acerca a las tonalidades encendidas que propondría Juan Gris en Nature morte et paysage, Place Ravignan, aunque son menos conocidas que las sombrías naturalezas muertas del autor. Se puede considerar que el cubismo de Rivera se aparta de lo establecido, es heterodoxo y en realidad una mezcla del cubismo sintético, analítico y del movimiento futurista. El pintor investiga sobre la cuarta dimensión, el eterno problema del tiempo en relación al espacio; pero su interés costumbrista subyace desde siempre. De esta etapa cubista con personalidad propia son «Terrasse du Café» y «Retrato de Martín Luis Guzmán». Después, sobre 1915, Diego Rivera se confiesa desilusionado al considerar que el cubismo había perdido su carácter subversivo.

Picasso trabajando

 

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Picasso en su taller

 

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Picasso trabajando  y Jacqueline leyendo

En la primera fotografía, primer plano de Picasso en plena faena, luciendo piernas y trasero; en la segunda con su última mujer Jacqueline.

Gabriele Münter

 

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Autoretrato, 1909

El expresionismo alemán no contó con demasiadas mujeres en sus filas; Gabriele es una de las pocas artistas que se unió a dicho movimiento. Nació en Berlín en 1877 y fue primero alumna y después compañera sentimental de Wassily Kandinsky. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial participó activamente en distintos movimientos artísticos como el Jinete Azul (Der Blaue Reiter). Estudió en la escuela de dibujo de Düsseldorf  y posteriormente, en 1901, en la escuela de Phalanx donde Kandinsky le dio clases convirtiéndose en su colaboradora. Juntos viajan por Italia, Austria, Bélgica, Túnez, volviendo a Múnich, donde se establecen. En el pueblo bávaro de Murnau se compró una casa, lugar de encuentro con el pintor, con Marianne Werefkin y Alexef von Jawlensky en los veranos siguientes a 1909. En 1909 y 1910 expone con la Neue Künstiervereinigung de Múnich. Y participa en las exposiciones y en el almanaque de Der Blaue Reiter. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial  se traslada con su pareja a Suiza y más tarde sola a Copenhague. Al poco tiempo su relación con Kandinsky terminaría y ella opta por regresar a Murnau una vez finalizada la guerra. Ya en 1927 su vida se une al historiador de arte y filósofo Johannes Eichner hasta la muerte de este. El arte de Münter evolucionó hacia la simplificación de las formas, como se percibe claramente sobre todo en sus paisajes. Tras la Segunda Guerra Mundial, una vez reivindicado el expresionismo alemán, es cuando se comienza a valorar el trabajo de esta artista que, como muchas otras, vivieron a la sombra de sus parejas durante demasiado tiempo y el tiempo es, precisamente lo que está haciendo que las cosas, por derecho, se pongan en su lugar.

Münter Gabriele, Der blaue See

El lago azul