Dado que todos y cada uno de nosotros somos únicos, pequeños dioses diferentes, con vidas y experiencias propias incapaces de transferir y ni siquiera explicar todas y cada una de nuestras vivencias, dado que eso es así, durante tiempo me he planteado que todos y cada uno de nosotros experimentaríamos la muerte de manera única, personal e intransferible. Y dado que sabemos, por muchos relatos de gente que «han vuelto de la muerte», que se dan unas pautas idénticas como son el túnel , la luz, el encuentro con gente querida, el deseo de no volver, la sensación de paz y felicidad… me pregunto si los que de verdad se mueren y no vuelven sienten de igual manera el hecho en sí de morir para siempre, si saben que el trance es definitivo y si «ese saber» en el momento definitivo, sin retorno, es igualitario y placentero.
El personaje de Ofelia, creado por Shakespeare para su obra «Hamlet», es desde siempre para mí uno de mis personajes preferidos; la locura de Ofelia y su muerte, de una belleza poética solo capaz de salir de una pluma como la del genio supremo de las letras. unidas a la bellísima obra de Millais «Ofelia muerta», pintada en 1852, fruto de la inspiración del pintor mejor dotado del grupo prerrafaelista, han hecho que tanto talento se confabulara para convertirme en ferviente admiradora de ese prodigio literario y pictórico. Ofelia muerta se nos ofrece con una imagen serena, dulce, que se deja llevar por unas aguas quietas, más propias de un estanque de aguas remansadas que de un río; rodeada de belloritas, ranúnculos…, los cabellos que flotan enmarcando un rostro plácido -el de la modelo preferida del grupo, Lizzie Siddal, que luego se casó con Rossetti-. El mito romántico de Ofelia es conmovedor, enigmático y universal. Si la muerte que se refleja en el cuadro de Millais (Tate Galery, Londres) a través de Ofelia-Lizzie es la muerte real, entonces dejemos de pensar en ella como en algo terrible sino como en un paso a otra cosa diferente nada inquietante; pero para ello hay que olvidarse de los castigos apocalípticos con los que nos amenazan desde todos los púlpitos desde el principio de los tiempos.
La muerte voluntaria de Virginia Woolf, la más extraordinaria de las escritoras, en el río Ouse cerca de su casa en el condado de Sussex, siempre la he asociado a la de «Ofelia», aunque la de esta fuera accidental. Infinidad de veces la he visto en el momento de ponerse el abrigo, de llenar los bolsillos de piedras en un acto plenamente consciente o dictado por su enfermedad mental -síndrome bipolar-; la he pensado e imaginado en ese acto «romántico» de dejarse ir como el deseo de un viaje definitivo. ¿Doloroso o placentero volviendo al medio acuoso del vientre materno?








