Los remedios caseros, los de la abuela, las curas a base de hierbas, que la sabiduría tradicional ha conservado durante generaciones, tuvo, todos lo sabemos, un coste a veces desmedido, terminando algunas veces por la ignorancia reinante en la quema de «brujas» portadoras y guardianas de secretos inconfesables. Cuando en la Prehistoria se adoraba a la diosa blanca y el gobierno del hogar y de la sociedad dependía de las mujeres, el matriarcado funcionaba a la perfección; los hombres se dedicaban a hacer el bruto cazando, cosa que iba con su naturaleza, y todos tan a gusto desarrollando los roles que les eran propios. La cosa se torció cuando llegó el patriarcado y los varones se dedicaron a la práctica del «te quito y me pongo yo» y como temo tu poder te machaco. Después se hicieron funcionarios médicos…
Indudablemente hay enfermedades o incidentes patológicos para los cuales resulta ridículo llamar al médico, sobre todo si se tiene en cuenta que las visitas de dicho «funcionario» no suelen ser desinteresadas.
«El asma, uno de tantos azotes de la humanidad, por lo penoso de sus accesos y por el peligro de que terminen de modo fatal, vale la pena conocer algunos medios de contener aquellos. Si el enfermo conoce la proximidad del acceso podrá hacerlo menos intenso con inhalaciones de vapores de piridina poniendo cuatro o seis gotas de esta en un pañuelo y haciendo que el paciente las aspire.
«Si al mismo tiempo, con un pincel se humedecen las fosas nasales con una solución de clorhidrato de cocaína en agua al veinte por ciento, el efeccto del párrafo que antecede será mayor.
«Remedios existen varios, siendo los más sencillos poner sinapismos en las extremidades, pediluvios de agua muy caliente, inhalaciones de vapores de alcanfor y compresión en el cuello del neumogástrico. Son también buenas las fumigaciones que se producen al quemar ciertas sustancias, con las cuales se pueden hacer cigarrillos a propósito».
¡Después dicen que el tabaco es malo!









