Aurelio Serrano, poeta

Aurelio Serrano Ortiz: Dibujo (lápiz sobre papel). 1998.

En Lanzarote con Bárbara

Halló un orificio la lapa y

por adaptar su concha

segregó la forma de sus bordes

Mas el cincel de una llave

hizo entrar en vacío aire y agua

hasta hacerla caer en la palma de una mano

Y aun hablan hoy del orgullo

de ser prenda de amor

entre unos dientes

Del libro «Ensueños de la razón».

Paseando por el Louvre

 

«Victoria de Samotracia». Museo del Louvre. Foto: Bárbara.

La «Victoria de Samotracia»  fue descubierta en la isla griega de Samotracia en 1863 (Samothraki, en griego). Se cree que fue creada hacia el 190 a. C. La belleza de los pliegues de la túnica y el elegante movimiento de las alas hacen de esta «niké» sin cabeza una de las esculturas más hermosas del museo y una de las más conocidas junto a la «Venus de Milo».

Paseando por el Palais Royal

Palais Royal. Foto: Bárbara

¿Se acuerdan de «Charada», la magnifica película de Stanley Donen? Durante años, la asociaba a Hitchcock; quizás, aparte de mi ignorancia, porque la factura del maestro del misterio estaba presente en este thriller con tintes de comedia amable, intriga muy bien dosificada y unos actores de primera. La buena química entre el siempre impecable Cary Grant y  la  angelical Audry Hepburn funciona en cada plano, en cada escena. De él se dijo que era ya demasiado maduro para dar la réplica a una deliciosa actriz vestida por Givenchy de manera elegantísima. Como fan de Cary Grant, nunca he estado de acuerdo; un señor así no tiene edad. La espléndida fotografía de Charles Lang Jr. nos regala unas vistas de París impagables lo que, unido a la fabulosa música de Henry Mancini, hace posible un «viaje»  genial a la ciudad desde la butaca del cine o el sofá de casa. El guión, responsabilidad de Peter Stone, es de aquellos en que las palabras tenían fuerza, chispa y en los que se desarrollaban unos diálogos inteligentes (¡qué tiempos!). Walter Matthau, James Coburn y George Kennedy dan vida a sus personajes respectivos con una eficacia rotunda. Una película redonda de esas que una no se cansa de ver, de esas en las que, al contrario, ganan con el tiempo y donde la vis cómica del actor inglés permite momentos muy divertidos.

La foto adjunta corresponde al patio de las columnas del Palais Royal, lugar donde se inicia el desenlace de este thriller tan soberbio y que termina en el interior del teatro de «La Comédie Française», situada justo al lado del Palais. ¿Se acuerdan del tiroteo entre Cary Grant y Walter Matthau parapetados ambos en las columnas con una Audry Hepburn deconcertada sin saber a quién creer?

Picasso y los Maestros

Picasso «Muchacho conduciendo un caballo»

Abro el bellísimo catalogo-libro «Picasso y los Maestros» y me encuentro con esta dedicatoria: «Voici une petite contribution pour que le plaisir perdure… énorme bisou parisien. Elena y Josema»  ¡Qué suerte tengo de teneros y de teneros en  París!

Y el placer continúa desde noviembre de 2008 en que tuve la enorme ocasión de encontrarme allí. Entonces llovía con esa fina lluvia que apenas cala y, por el contrario, concede al gris todo su esplendor. El día era pues genuinamente parisino y Picasso, junto con los grandes Maestros de todos los tiempos, nos aguardaba en las salas del Grand Palais. París en solitario tiene su encanto; en buena compañía es doblemente encantador. Y si además la compañía es una excelente amiga culta y sensible, entonces compartir el «gran banquete » que nos esperaba dentro de las salas se convierte en un momento inolvidable. Conservo el recuerdo de esa exposición como una de las mejores, si no la mejor, que he podido ver y eso que me he pasado la vida practicando ese bello deporte que no precisa más que de un buen calzado y la mirada expectante.

La impresionante exposición, organizada bajo la batuta y el entusiasmo de la directora del Museo Picasso de París Anne Baldassari, así mismo Conservadora General de Patrimonio, y de Marie-Laure Bernadac, es además fruto  del trabajo del Museo del Louvre y del de Orsay. Dicha exposición contó además con la participación de la National Gallery de Londres, del Museo Nacional del Prado y del Museo Picasso de Barcelona; sin olvidar la valiosa aportación de los familiares y herederos de Picasso; todo ello bajo el mecenazgo de LVMH/ Moët Hennessy y Louis Vuitton. Para poder montar y gestionar una muestra tan impresionante, se han debido aunar esfuerzos e ilusiones por parte de todos los que la hicieron posible, pues aparte de todos los organismos antes mencionados había muchas obras excepcionales de colecciones particulares.

Este acontecimiento único hasta el momento, esta intensa y extensa exposición fue presentada en las galerías nacionales del Grand Palais, en las salas Denon del Louvre  y en el Museo de Orsay a la vez desde octubre de 2008 hasta febrero de 2009 y, con posterioridad, fue llevada a Londres desde febrero hasta junio de este mism0 año.

La exposición tuvo tanto éxito que se habilitaron visitas nocturnas; algo que en los últimos tiempos se ha hecho más común.

El diálogo que Picasso mantuvo hasta el fin de su longevo quehacer con los grandes Maestros de todos los tiempos es, visto así, una labor de titanes.  Picasso, visitante asiduo del Prado y del Louvre, reinventa o recrea desde el mundo clásico (maravillosa época neoclásica con obras como «Tres mujeres en la fuente», de 1921) hasta la pintura clásica española o la de la escuela francesa, la de los impresionistas y posimpresionistas… Picasso bebe de todas las fuentes, es un estudioso voraz, un alumno aventajado que se impregna tanto de los clásicos como del arte africano. Picasso es un dipsómano del arte que nos devuelve casi desde Altamira la cultura de todos los tiempos.  El diálogo con Velázquez («Las meninas»), con Manet («Desayuno en la hierba»), con Delacroix («Las mujeres de Argel»), con David y Poussin («El rapto de las sabinas», «Las sabinas»), Rembrandt,  Goya, Ribera, Zurbarán, Murillo, el Greco, Courbert, van Gogh, Degas, Gaugin…

El arte intemporal, el arte con mayúsculas, el arte enfrentado sala a sala en ese diálogo con Picasso, o al revés, nos dejó agotadas. Sobre la una, como si hubiéramos dado la vuelta al día en ochenta mundos,  paramos para comer. En cualquier museo se come  mal, aunque no se nota, porque como una está «flotando» lo mismo da una cosa que otra; los sandwiches son de color amarillo limón fondo de la «Arlesiana» o la ensalada «césar» está aderezada con azules de ultramar de la época «azul y rosa»… en fin. A la hora de pagar el camarero se parece a Sabartés con gárgola y todo…

A modo de resumen, me impresionaron cuadros de colecciones privadas, que o es así en una muestra de tal categoría o no los puedes ver: un retrato al óleo de Olga, un desnudo de pie, el dibujo a la sanguina neoclásico ( de más de dos metros por uno y medio), el muchacho que conduce un caballo y un largo etcétera, me dejaron sin habla. Repito a modo de resumen: en cada sala, Picasso ganó por goleada. Solo en una, van Gogh con su «Arlesiana» le ganó por muchos goles.

La noche ya estaba en la calle cuando bajamos las escaleras del Museo, los árboles chorreaban colores y los bancos del jardín dejaban los asientos cubistas impracticables. Yo hubiera hecho cualquier cosa por sentarme… pero no hubo manera.

El Greco » San Martin y el mendigo»

Remedio Casero (hágaselo usted mismo). Fuertes bebidas exóticas caseras.

 

 

Copa. Foto: Bárbara

 

 Extracto de un tratado antiguo: «A los aficionados a las bebidas fuertes, exóticas, podemos ofrecer el secreto de su confección para que les sea factible prepararlas en casa sin riesgo  de equivocaciones en la manipulación que en un establecimiento público son sumamente fáciles.

El Mhoder Milk que, según dicen, es bebida de verano se hace llenando un vaso corriente de hielo triturado al que se le añade una copa de curaçao. otra de marrasquino, otra de coñac y una yema batida, acabando de llenar el vaso con leche.

Trasladado todo a un vaso de metal se revuelve furiosamente y, cuando tenga mucha espuma, se sirve, pasándolo a otro vaso en el que se habrán echado unas gotas de esencia de menta.

La cervecilla, que llaman en Bélgica, se hace reuniendo, para cien partes, sesenta y ocho de agua, veintiocho de raíces de regaliz machacadas y cuatro de flor de lúpulo.

Para hacerla se pone a remojo el regaliz en cuarenta partes de agua hirviendo y se tiene veinticuatro horas, removiendo cuanto sea posible; al mismo tiempo se tiene en infusión el lúpulo en las veintiocho partes restantes de agua. Pasado dicho tiempo se unen ambas infusiones, después de filtrarlas.

El Ginger Beer, muy parecido a la cerveza, se hace disolviendo en dos litros de agua diez gramos de azúcar y dos de crémor tártaro en polvo; en dicha agua se ponen, en infusión, cien gramos de raíz de jengibre blanco en polvo grueso, y al cabo de veinticuatro horas se añade un cuarto de litro de levadura de cerveza reciente.

Durante cuatro o cinco días se deja fermentar la mezcla y el cabo de ellos se decanta, y añadiendo poco más de un cuarto de kilogramo de azúcar y algunas gotas de ácido cítrico, se pasa a botellas.

El jarabe de Bombay, que permite hacer refrescos muy agradables, se obtiene disolviendo en cuatro litros de agua hirviendo cincuenta gramos de ácido cítrico y dos kilogramos de azúcar, y cuando esté frío, seis gramos de esencia de limón y otros tantos de alcohol.

Bien agitada la mezcla se guarda en botellas; para usarlas, en un vaso de agua de seltz se pone dos cucharadas del dicho jarabe indo-inglés».

Estas recetas caseras de nuestras abuelas o abuelos tienen su punto divertido; lo difícil es encontrar alguno de los ingredientes. El llamado Mhoder Milk no presenta problema alguno,  no así el Ginger Beer que contiene crémor tártaro cosa de extraño significado para mis conocimientos (o puede que se trate de una errata) cosa nada improbable. Consultado a un experto químico ha resultado que la errada era yo: el llamado crémor tártaro es un tartrato de ácido de potasio,  una sal que se encuentra también en la uva y depositada en las vasijas de vino.

62/ Modelo para armar. La novela «díscola» de Cortázar

Interior del restaurante «Polidor». París. Foto: Bárbara

Julio Cortázar afirmaba que la novela es un gran baúl, que hay novelas que son un poema y poemas que son novelas… Textualmente, sobre la novela en general, dijo: «Es la posibilidad de expresar una multitud de contenidos con una libertad enorme porque, en realidad, la novela no tiene leyes, como no sea la de impedir que actúe la ley de la gravedad y el libro se le caiga de las manos al lector».

62/ Modelo para armar no es una novela fácil. Muchas veces la crítica no ha tratado demasiado bien esta novela, pienso que debido a una falta de capacidad de discernimiento por parte de quienes no han sabido dónde y cómo encuadrarla. El «juego» utilizado en «62» nace del capitulo 62 de «Rayuela» -muy corto- y en dos textos titulados «La muñeca rota» y «Cristal con una rosa dentro» del libro «Último Round». Son las claves que el mismo Cortázar ha explicado cuantas veces se le ha preguntado sobre esta hija «díscola».

El proceso creador de Cortázar es, se podría decir, en el fondo surrealista en cuanto que es una no aceptación de la realidad que le rodea y una necesidad urgente, en un momento determinado de acceder a otra cosa, a otra dimensión. Todos sabemos la admiración de Cortázar por este movimiento, por lo fantástico, por los fenómenos parasicológicos, por lo lúdico, por las distintas dimensiones de la realidad.

El subtitulo «Modelo para armar» es ya toda una promesa. Es un puzzle en el que el lector puede disfrutar «armando» la realidad de los personajes que se desarrolla en distintas ciudades (Londres, París, Viena y Buenos Aires)  y donde ellos -los personajes- pasan del diálogo al monólogo sin despeinarse (es un decir). «62/ Modelo para armar» no es una novela fácil de leer, pero quien se adentre en sus páginas con espíritu y mente abiertos puede disfrutar enormemente a través de una lectura pausada y con los cinco sentidos alerta.

Todavía estoy por descubrir a alguien que hable de escritura cubista. ¿Por qué digo esto? En pintura hace décadas que aceptamos el cubismo como un movimiento sumamente interesante que mostraba a la vez los distintos planos de una misma realidad. Y costó, pues al principio parecía que aquello era una cosa rara y extravagante, siendo sin embargo algo estático frente a lo cual -la tela de un cuadro- uno podía estar tiempo escudriñando aquello a fin de encontrarle un sentido.  Desde hace muchos años me he preguntado, ¿será que en literatura no se ha producido esa cosa que llamamos cubismo? Yo, como soy muy atrevida y cortazariana, afirmo (también sin despeinarme) que Julio Cortázar es un escritor plenamente cubista -para mí- por los distintos planos, por las distintas dimensiones de la realidad que nos hace «ver» ya desde «Rayuela», pero de forma rotunda en «62». Quizás esta última novela desconcertara a los críticos literarios por ese carácter más novedoso y deslumbrante aún. Y también más excepcional.

Ya saben que la novela comienza así: » «Quisiera un castillo sangriento»,  había dicho el comensal gordo» («Je voudrais un château saignant»). Y la escena se desarrolla en el restaurante  el «Polidor».

Ofelia y Virginia Wolf

J.E. Millais: «Ofelia muerta». Tate Gallery. London.

Dado que todos y cada uno de nosotros somos únicos, pequeños dioses diferentes, con vidas y experiencias propias incapaces de transferir y ni siquiera explicar todas y cada una de nuestras vivencias, dado que eso es así, durante tiempo me he planteado que todos y cada uno de nosotros experimentaríamos la muerte de manera única, personal e intransferible. Y dado que sabemos, por muchos relatos de gente que «han vuelto de la muerte», que se dan unas pautas idénticas como son el túnel , la luz, el encuentro con gente querida, el deseo de no volver, la sensación de paz y felicidad… me pregunto si los que de verdad se mueren y no vuelven sienten de igual manera el hecho en sí de morir para siempre, si saben que el trance es definitivo y si «ese saber» en el momento definitivo, sin retorno, es igualitario y placentero.

El personaje de Ofelia, creado por Shakespeare para su obra «Hamlet», es desde siempre para mí uno de mis personajes preferidos; la locura de Ofelia y su muerte, de una belleza poética solo capaz de salir de una pluma como la del genio supremo de las letras. unidas a la bellísima obra de Millais «Ofelia muerta», pintada en 1852, fruto de la inspiración del pintor mejor dotado del grupo prerrafaelista, han hecho que tanto talento se confabulara para convertirme en ferviente admiradora de ese prodigio literario y pictórico. Ofelia muerta se nos ofrece con una imagen serena, dulce, que se deja llevar por unas aguas quietas, más propias de un estanque de aguas remansadas que de un río; rodeada de belloritas, ranúnculos…, los cabellos que flotan enmarcando un rostro plácido -el de la modelo preferida del grupo, Lizzie Siddal, que luego se casó con Rossetti-. El mito romántico de Ofelia es conmovedor, enigmático y universal. Si la muerte que se refleja en el cuadro de Millais (Tate Galery, Londres) a través de Ofelia-Lizzie es la muerte real, entonces dejemos de pensar en ella como en algo terrible sino como en un paso a otra cosa diferente nada inquietante; pero para ello hay que olvidarse de los castigos apocalípticos con los que nos amenazan desde todos los púlpitos desde el principio de los tiempos.

La muerte voluntaria de Virginia Woolf, la más extraordinaria de las escritoras, en el río Ouse cerca de su casa en el condado de Sussex, siempre la he asociado a la de «Ofelia», aunque la de esta fuera accidental. Infinidad de veces la he visto en el momento de ponerse el abrigo, de llenar los bolsillos de piedras en un acto plenamente consciente o dictado por su enfermedad mental -síndrome bipolar-; la he pensado e imaginado en ese acto «romántico» de dejarse ir como el deseo de un viaje definitivo. ¿Doloroso o placentero volviendo al  medio acuoso del vientre materno?