Vista desde el puente de Alejandro III

La Torre Eiffel tiene la virtud de verse desde los cuatro puntos cardinales; estés donde estés es el faro que te guía. El puente de Alejandro III dicen que es el más bonito de París. Foto: Bárbara.

«El retrato» de dos espíritus contrapuestos. Gauguin y Van Gogh

Cuando Gaugin, a instancias de Theo van Gogh, decide instalarse por un tiempo en la casa de Vincent van Gogh en Arles nadie podía prever, ni siquiera los amigos comunes de París, los acontecimientos que allí se producirían más tarde. Theo, el hermano de Vincent, trabajaba para una galería en París y estaba vendiendo muy bien los cuadros de Gauguin. Vincent trabajó durante todo el verano intensamente, al aire libre, soportando el calor y los mosquitos, con la ilusión de decorar la «Casa Amarilla» y el cuarto que iba a ocupar de su amigo; para ello pintó más de una docena de cuadros de girasoles y varias versiones del llamado «Jardín del poeta». Pintaba frenéticamente, con apremio, incluso por las noches, para lo cual había ideado un sistema de alumbrado muy peculiar que consiste en poner velas encendidas sobre su sombrero (método este ya utilizado por Goya) y en el caballete portátil. De esta manera pintó sus célebres noches estrelladas sobre el Ródano y los cafés -«Le café de nuit. Place Lamartine. Arles» y «Terrasse du café le soir. Place du Forum»-, así como «La viña roja», pintado en noviembre -único cuadro que vendió en vida-. El idealista Vincent quería fundar en Arles una comunidad fraternal de pintores en la que todos se ayudarían para salir adelante -una especie de lo que hoy llamaríamos comuna- al frente de la cual estaría Gauguin. Vincent le admiraba y confiaba plenamente en que su amigo se adhiriese al proyecto, de ahí la premura por pintar cuantos más cuadros mejor a fin de saber su opinión sobre ellos. Durante la estancia de Gauguin, la relación entre dos temperamentos tan opuestos se hizo insostenible hasta que sucedió el famoso altercado, el corte de la oreja y la huida apresurada de Gauguin hacia París. Se sabe que Gauguin fue a regañadientes a Arles y que si lo hizo fue por no contrariar a Theo, que como marchante le estaba vendiendo obras importantes que le estaban proporcionando no solo dinero, sino notoriedad en París. Prueba del respeto que el bueno de van Gogh tenía hacia su amigo es el sillón que pinta en diciembre de 1888, «El sillón de Paul Gauguin» y el cuadro en que pinta una humilde silla de enea, «La silla de Vincent con su pipa», pintado en el mismo mes. La silla de Vincent, en tonos predominantemente naranja, tiene la luz del atardecer con esa pata en primer plano que la hace avanzar hacia el espectador; la fuerza  que nos trasmite esa sencilla silla es admirable. El cuadro del sillón es así mismo admirable y maravilloso, pero tiene la luz de la noche, el reflejo de un espíritu también atormentado, pero menos claro y luminoso que el de Van Gogh.

Cuadros reproducidos: «La silla de Vincent con su pipa». National Gallery, Londres. Y  «El sillón de Paul Gauguin» . Rijksmuseum Vincent van Gogh, Amsterdam. Ambos pintados al óleo sobre tela en diciembre de 1888 en Arles.

Leonard Cohen: «Haiku de Verano»

Leonard Cohen. Poema: «Haiku de verano».

HAIKU DE VERANO

SILENCIO

y un silencio más hondo

cuando los grillos

dudan.

SUMMER HAIKU

SILENCE

and a deeper silence

when the crickets

hesitate.

 

 

 

Siria.

La ONU pide algo más de trecientos millones para asistir a los desplazados de Siria. El «saneamiento» que necesita la banca española y que se le va a conceder es aproximadamente de alrededor de cuarenta y tres mil millones de euros. La simple comparación les debería dar VERGüENZA a los responsables. El capitalismo feroz, de pronto me he acordado, no la tiene.

Le Grand Colbert

Le Grand Colbert. Foto: Bárbara.

Detrás del Palais Royal se encuentra uno de los más conocidos, y tradicionales restaurantes de París. Famosos son sus arenques, en una carta poblada de parte de las delicatessen de la cocina francesa. El ambiente elegante que se disfruta en el interior se vio reflejado en una película americana protagonizada por Diane Keaton y Jack Nicholson; comedia entretenida, con el aliciente de la parte parisina. En tiempos de crisis, en estos lugares se debería por lo menos un día a la semana dar, por un euro simbólico, comida tan exquisita y al alcance de tan pocos. Sería un buen ejemplo en el país que inventó algo tan extraordinario como lo de «Iibertad, igualdad y fraternidad».

No me resisto a poner esta foto de «Le Grand Colbert», porque es de esos lugares que siempre nos hacen soñar.

Mi homenaje a Cézanne-Zao Wou-Ki

Bárbara Carpi: «Las prunas» (Homenaje a Cézanne-Zao Wou-Ki) Óleo sobre tablex, collage, 157×97. Colección de la autora.

«Picasso -dice Zao Wou-ki–, me había enseñado a dibujar como Picasso. Pero Cézanne me enseñó a mirar la naturaleza china. Había admirado a Modigliani, a Renoir, a Matisse. Pero Cézanne es quién me ayudó a encontrarme a mi mismo, a reconocerme como pintor chino».  De hecho antes de venir a Europa en 1946 pinta unos paisajes desde el balcón de su casa al modo de Cézanne reproduciendo sus modulaciones cromáticas, la vibración de la luz, el escalonamiento de los planos, las pinceladas orientadas de forma sistemática.

En 1987 hice este particular homenaje A Zao Wou-Ki en el que unía un plato con ciruelas sobre un fondo con transparencias al modo del pintor chino. Con este cuadro quise sintetizar esa época inicial en el que Wou-Ki buscaba su camino. Las ciruelas Cézanne y el fondo Wou-Ki. El cuadro se expuso en la Galería Granero de Cuenca en 1987. Una exposición becada por las Juntas de Castilla-La Mancha y la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia.

El Maestro Zao Wou-ki

Zao Wou-Ki: «3-11-68» . Óleo sobre tela, 195×130 cm. Galerie de France, Paris.

Chao Wou-Ki será en Francia Zao Wou-ki, a donde llega con 27 años. Nacido en China en el seno de una familia noble, de intelectuales y banqueros, muy joven decidió dedicarse a la pintura influenciado por las obras de Cézanne, Matisse y Renoir. Procedente de China, llega a Marsella tras un viaje de más de un mes; su objetivo era París. En un principio vive en distintos lugares de Montparnasse y posteriormente encuentra un pequeño estudio en la rue du Moulin-Vert cerca del de Giacometti. Se inscribe en la Aliance Française para aprender francés. Instalado en París en 1948, comienza a pintar como los pintores franceses que tanto admiraba, pero poco a poco su sensibilidad se va encauzando hacia una abstracción muy personal llena de misticismo. La delicadeza oriental impregna sus obras de grandes formatos donde el color fuerte se degrada con una sutileza llena de matices de una gran belleza. Descubre y aprende la técnica de  la litografía, que le entusiasma. Viajero infatigable por Europa y Estados Unidos, las grandes galerías exponen su obra y traba amistad con pintores como Hartung, Miró, Tàpies, Chillida… Sus paisajes imaginarios, de una belleza incontestable, tiene una base real en los distintos países del mundo que recorre, como Canadá, México, España… Sus dibujos al modo de Matisse de su época inicial tienen la suavidad del trazo de quien domina la caligrafía china y la levedad de las aguadas. En un viaje a Suiza, conoce la obra de Paul Klee, cuyo grafismo peculiar marcará sus pinturas durante una serie de años decisivos. La obra de Zao Wou-ki, este maestro universal de la abstracción, es el resultado del feliz maridaje de la cultura francesa y la cultura milenaria china. Es poco decir que me entusiasma su pintura: me parece de una grandeza inmensa. Un dato para los cortazarianos del mundo: en «Las armas secretas» se citan unas litografías de Zao Wou-ki porque Cortázar admiraba su obra. Otro dato curioso es que,el pintor, no titulaba sus obras, solo ponía la fecha en que las terminaba.

Juana J. Marín Saura, poeta.

Faro de Mesa Roldán

Al final de este verano pesado y caluroso como pocos, aun cuando la fatiga de esos días no se ha difuminado del todo, recibo un regalo que, aunque anunciado tiempo atrás, me sobresalta y alegra como si la lluvia hubiera, por fin, llegado; como esa lluvia vivificadora que todo remansa y dulcifica. Y he pensado que el regalo, aunque no mío del todo, por unos instantes lo ha sido.  Su cualidad generosa  radica en que su finalidad es precisamente ser DE TODOS. Juana me ha enviado dos poemas inéditos, primicia pues de una «Antología de los faros» que le agradezco de corazón. El mar, que tan bien recrea o evoca en su obra, como fondo…. Y… nosotros los amigos que tenemos el privilegio de disfrutarlos en primicia.

A Mario Sanz, farero y ángel protector

desde su faro de Mesa Roldán.

I

FARO DE  MESA ROLDÁN

Por si de pronto la lluvia,

la bruma y las tormentas

cegaran los ojos de tantos marinos,

de tantos viejos barcos desorientados

                                                               tras huracán o marejada…

Ilumino tu ruta.

Estoy seguro que mi destello

es ilusión de cercanía,

aviso amigo en medio de las olas.

Por si te olvidas de que la costa está aquí,

que nos vemos y estamos frente a frente.

Al Capitán de  Marina Mercante

Pedro Antonio Munar,  in memoriam

II

PALABRAS DEL CAPITÁN

Ahí te veo al mismo borde

del acantilado, alto, en medio

                                                  de la noche…

Al fin descubro tu destello, tus

señales de esperanzada luz,

tu aviso de atención… Reconforta

mirar tu resplandor y con

alegría nos decimos los unos

a los otros: Ya en casa…

                                     No estamos tan solos.

Julio Cortázar y Carol Dunlop juntos en la autopista

Tumba de Julio Cortázar y de Carol Dunlop. Obra de sus amigos, Julio Silva y Luis Tomasello. Cementerio de Montparnasse, París. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Carol Dunlop, escritora y fotógrafa canadiense, fue la segunda mujer de Julio Cortázar. Activista y defensora de la lucha sandinista, amante de Nicaragua, apasionada de la vida, fue compañera incondicional de Julio, en todas las «rutas» que ambos recorrieron hasta que el 2 de noviembre de 1982 muere en París. Amantes los dos y defensores de las libertades en América Latina, habían vuelto de un viaje feliz a Nicaragua cuando ella recayó de una dolencia que creía superada y él, por entonces, ya estaba enfermo de leucemia aunque sin saberlo, según se desprende de algunas cartas de su mujer. Julio Cortázar muere dos años después, el 12 de febrero de 1984… en un día gélido y gris.

El día era frío.

El día es así, frío, con ese helor que corta el aliento y los corazones. En Montparnasse, los amigos suben por la avenida hacia la rotonda donde el ángel de piedra recibe al cuervo que va marcando el camino en rápidos y cada vez más cortos vuelos. Allí en la última morada, sobre el féretro de ella, Julio reposa para siempre. Desde entonces está el cuervo, mensajero de los amigos que en Montparnasse descansan; va y viene de unos a otros en un vuelo de vida, que no de muerte.

Unos años antes tuvieron una feliz idea.

Y juntos, Julio y Carol, tuvieron la feliz idea de hacer un viaje surrealista París-Marsella en 33 días sin salir de la autopista, parando en todas las áreas de servicio (en dos cada día). La venturosa y alegre aventura contó con la ayuda de amigos que, o bien desde París o bien desde Marsella, puntualmente les proporcionaban las vituallas necesarias. Un homenaje divertido a los libros de viajes. El resultado de esta odisea es el delicioso libro que lleva el titulo de «Los autonautas de la cosmopista».

El libro, escrito mano a mano, lleva algunas fotos de ellos, de las rutas y, cómo no, del «dragón», el coche furgoneta, un Volkswagen Combi rojo, llamado «Fafner», como el dragón que guardaba el anillo de los nibelungos . En el libro, como en un cuaderno de bitácora que se precie, no falta nada sobre intenciones, objetivos, lista de suministro indispensable, rutas, sucesos y aconteceres. Al final el viaje por la autopista del sur resultó, por ese rodar pausado, por la falta de teléfono, un remanso de paz y de alegría. El ajuar imprescindible constaba entre otras cosas de dos máquinas de escribir y algunos discos… (¿se imaginan al Maestro sin música?) Los dibujos, casi naïf, son de Stéphane Hébert, hijo de Carol.

La primera edición del libro es de octubre de 1983, de Muchnik Editores, y salió a la luz a la vez que la traducción francesa de Gallimard. Tras la muerte de Carol, le toca a Julio coordinar y ordenar el manuscrito de los dos y que ella no pudo ver publicado.