Paseando por el jardín del Palais Royal

 

Jardín del Palais Royal. Foto Bárbara.

El Otoño se ha instalado por fin. Me gusta esta estación lluviosa, los días grises y el color de las hojas de los árboles. Al contrario que a mucha gente, los días otoñales no me producen tristeza. Me gusta el olor de la tierra mojada y el aleteo nervioso de los pájaros que buscan refugio. Y ver como al iniciarse la lluvia los pequeños gorriones se resguardan dentro de los tupidos setos que bordean muchos jardines. Los días se acortan y la luz renueva la paleta de colores. El ciclo de la vida continúa…

Homenaje a Braque

Bárbara. Carpi, «Homenaje a Braque». Óleo sobre táblex., 50×40 cm.

Quienes siguen este blog desde sus comienzos hace menos de un año saben de mi especial gusto por el Cubismo por simple admiración ante lo que supuso de apertura, nuevas vías y visión renovadora del objeto. Su específica disección de la naturaleza en planos y la relación con la geometría que iniciara tímidamente Cézanne nos permitió disfrutar de obras de singular belleza. Picasso, Braque y Juan Gris crearon y ahondaron en sus dos vertientes, el «Cubismo Analítico» y el «Cubismo Sintético»; a ellos pertenecen las obras fundamentales de este periodo fecundo del arte. Del estudio del cubismo viene mi admiración hacia Braque. En su última etapa, abandonada ya la investigación en esa dirección, crea una serie de bodegones «libres» de cualquier deuda anterior, que tienen un carácter muy personal y que me gustan de forma especial. El cuadro que llamo «Homenaje a Braque» es una recreación de uno de esos bodegones que pinté con el mismo formato ovalado.

Lobo lunar

Lobo lunar

La luna decrecía con balido aullador. Allí arriba dolía hasta la ingravidez del viento, que al verse mudo enloquecía. De la luna caían trozos, bloques desgajados como carcoma que serraban los claros del bosque. Abajo, en los pastos, lobo lunar comenzó a utilizar los bloques de luna y martilleando la noche capitalizó el material lapislazulino de ella que balaba mientras se paría a si misma.

Instalada ya en cuarto menguante, vitalmente aún desorientada observó a lobo lunar que brillaba como una luciérnaga encendida mientras saltaba las cercas corriendo tras los tiernos corderos.

Este, más que un remedio casero, es un consejo encaminado a encarrilar las maltrechas economías domésticas. Con los tiempos que corren de «guerra mundial incruenta», que no mata con balas, pero que nos va llevando a la inanición, a umbrales de pobreza inconcebibles hasta hace bien poco… con todo lo que se avecina, gracias a los canallas que manejan en la sombra los tejemanejes financieros, hay que olvidarse de eso de que todo es «de usar y tirar». Pues no, hay que reutilizar, hay que volver al trueque Hagamos como el lobo que lo aprovecha todo, hasta lo que le cae del cielo. ¡Volvamos al remiendo! Que siempre es mejor que remendar nuestras vidas con hipotecas y créditos imposibles.

Paseando por el Museo Picasso

Picasso, «Cabeza de mujer». Mougins, 1931. Foto: Bárbara.

El Museo Picasso de París, ubicado en un precioso palacete situado en el barrio del Marais, es un lugar tranquilo donde pasar una mañana o una tarde disfrutando de la colección que el pintor legara al Estado francés. Del polifacético Picasso se encuentran,  en la parte baja del edificio, una serie de esculturas de cabezas de mujer fechadas en 1931 en Mougins.

Remedio Casero: sobre las cremas depilatorias

Mortero-mono. Cultura Valdivia, Costa Sur, Ecuador.

El conocido dicho: «El hombre y el oso cuando más feos más hermosos» jamás se pudo aplicar al género femenino. Este, desde tiempos inmemoriales, se esforzó en el ejercicio del embellecimiento. En los yacimientos de todas partes del mundo se han encontrado ajuares con brazaletes, peines, anillos, sortijas, pectorales… Las féminas, desde la Prehistoria, se han preocupado por el aderezo, por engalanarse fundamentalmente para que las «otras» se murieran de envidia y siempre en segundo término para agradar al género masculino (los que piensen lo contrario se han equivocado siempre). Como la idea consistía en ser el summum de lo femenino, las mujeres no tardaron en reconocer que el exceso de vello en ciertas partes de su anatomía las asemejaba más a un  plantígrado que a otra cosa. En ese sentido no se puede hablar de un día «D» en las que todas ellas llegaran a la misma conclusión, dado que algunas culturas aún conservan cierto recelo sobre según que partes se deben o no depilar: ahí el tema moda también ejerce cierta tiranía por encima del tema cultural o viceversa.

En el mercado existen innumerables cremas, lociones, herramientas mecánicas de tortura más o menos sofisticadas. Pero a día de hoy está por inventar la pastilla que inhiba el crecimiento selectivo de según qué zonas a voluntad, por ejemplo la pastilla para las axilas…

Todas recordamos un líquido depilatorio que olía a huevos podridos y que causó sensación (la verdad no sé bien por qué), quizás por su eficacia; en fin, era tan repelente que no llegué a usarlo.

A continuación, y a modo de muestra, unos métodos recomendados allá por los «felices años treinta» del siglo pasado.

«Los depilatorios, hoy tan en boga, pueden y deben hacerse en casa, pues no todos son inofensivos; la gran variedad de ellos que existe se reduce, sin embargo, a dos tipos, según la base sea el sulfuro de arsénico o el de cal.

«Los del último son un poco menos eficaces que los primeros, muy poco; en cambio son bastante más inofensivos.

«Entre los de arsénico, el más sencillo se obtiene mezclando 8 partes de sulfuro de arsénico y uno de oropimente, mezcla que se conserva en frascos con tapón de cristal.

«Para usarlo se hace una crema con agua y se aplica, no más de cinco minutos, sobre la parte a depilar; si por excederse un poco en el tiempo se siente escozor, hay que quitar en seguida la crema, raspándola, y, después de lavar la parte escocida, se la unta con coldcream.

«Entre los depilatorios a base de sulfuro de cal, el más usado se obtiene con 10 gramos de cal viva, otros tantos de almidón y tres de sulfuro de sodio; el polvo que resulta se diluye en agua, la que se aplica sobre la parte en que se quiera actuar, durante media hora».

Y digo yo: ¡Qué valor! Y qué higiene no habría que tener después, caso de que alguien lamiera con mimo esa pierna con restos de… Podría ser una forma de asesinato  refinado y propio de Agatha Christie; en fin, no quiero dar ideas.

En el segundo caso, mon Dieu quel horreur!, ¡qué bestias!, hasta el hueso podría desaparecer…

Francisco Torres Monreal: Baudelaire maldito.

Portada del libro. Editorial Fundamentos. Madrid 2001.

Francisco Torres Monreal, catedrático de francés de la Universidad de Murcia, traductor, dramaturgo, crítico de reconocido prestigio internacional y voz autorizada como conocedor de las últimas tendencias teatrales, es el autor de «Baudelaire Maldito y otras obras». Me ceñiré a «Baudelaire maldito» y quiero reproducir lo que se recoge en la contraportada del libro sobre esta obra de teatro:

«Obra ideológica y estéticamente extraordinaria que merece los honores de un montaje digno» (A. González Vergel, director). » Qué magnífico espectáculo este texto» (L. Kemp, director y actor). «Su lectura me ha dejado literalmente fascinado» (F. Aguinaga, director). «Bellísimamente escrita… la obra posee una rara y atractiva mezcla de teatro ritual y teatro documento» (A. Miralles).

La introducción, por parte de Fernando Cantalapiedra, es una inteligente y clara disección y análisis de la obra, que plantea un reto ambicioso y difícil como es hacer una biografía teatral. Cantalapiedra opina, con sobrada razón, que supone una aventura quijotesca llevarla a cabo en nuestro tiempo; y más si se realiza a través del lenguaje poético. Solo una persona con el bagaje escénico, el conocimiento de las vanguardias teatrales, como es el caso, podía llevar a buen término un desafío de tal magnitud. Sé que para muchos leer teatro no es tarea fácil, aunque personalmente considero que es apasionante, siempre que el autor sea capaz de llevarnos hasta la magia del teatro, que sea capar de subirnos a una nube o ver el mar, «entre la negritud y el azul, evocando el cementerio marino de Paul Valéry», dice Cantalapiedra. Las acotaciones que nos hace el autor, acotaciones literarias como hacía Valle-Inclán, nos sumergen en el ambiente de forma tan intensa que nos lleva al escenario de la mano (magníficamente descrito e inscrito en los poemas de Baudelaire).

«Baudelaire maldito» está formado por veintitrés  cuadros, cada uno de ellos con su propio título, como en un libro, otra novedad que introduce Francisco Torres Monreal.  La obra es un recorrido apasionante por la vida atormentada del autor de «Las flores del mal». Vivimos el juicio inquisitorial a Baudelaire, sus amores, las tertulias con sus amigos, su relación  amor-odio con su madre, su soledad y su muerte. Mas sobre todo sobrevuela la personalidad, el pensamiento del poeta maldito, el mundo libertario frente a la sociedad conservadora, la nueva estética del momento: Manet, Zola, Flaubert… y Wagner… «Tanhausser»; los grandes renovadores de la escenografía teatral, con Appia y Gordon Graig a la cabeza, admiraban profundamente a Wagner. La obra del alemán está presente como leit motif en los momentos más intensos, en la muerte del poeta. La percusión es otro elemento que utiliza Torres Monreal, así como las proyecciones y las técnicas cinematográficas  en la iglesia de Namur, por ejemplo.

Este es un pobre y sucinto comentario de una obra grande, sorprendente, con una escenografía ritual, primitiva, ancestral que nos conmueve y estremece… Y a la vez el compendio de un saber enciclopédico.

Paseando por el Museo Calouste Gulbenkian: René Lalique

René Lalique: «Pectoral pavo real». Oro, esmalte, ópalos y diamantes. 9,2x 19cm.

 Decir que Lisboa es una ciudad preciosa es una obviedad. Pasear por Lisboa una delicia. Recorrer el Museo Calouste Gulbekian una sorpresa tras otra. El edificio moderno construido para albergar la colección privada del magnate del petróleo armenio nacido frente a Estambul en 1869 y fallecido en Lisboa en 1955 sorprende en principio por el hermoso jardín que lo rodea; enormes helechos hechos árboles nos trasportan a la Prehistoria, caminos umbríos donde reposar oyendo el canto de los pájaros… El edificio en sí es el resultado de integrar los espacios verdes, el jardín en el recorrido por las salas gracias a los paneles-cristales que sustituyen a paños de pared. La colección, impresionante en cuanto a calidad y a cantidad de piezas, se distribuye en la planta baja, ubicándose en la planta de arriba las áreas de soporte cultural y servicios. La atmósfera interior del Museo es parecida a los espacios japoneses, limpia y armoniosa. Recorrer pues las distintas salas supone admirar las obras de arte con el sosiego y la paz que transmiten rara vez los museos actuales, llenos de gente y de bullicio.

La incalculable fortuna de Calouste Gulbekian le permitió reunir una colección sorprendente que abarca el arte egipcio, el greco romano, el de Mesopotamia, el de oriente islámico, el armenio, el del extremo oriente, el europeo desde los siglos X al XIX, incluyendo pintura y escultura, numismática, artes decorativas y artes del libro.  Goulbenkian se refugió en Lisboa durante la segunda guerra mundial en donde halló la paz que buscaba. En agradecimiento legó a la ciudad su colección. Además la Fundación Gulbenkian tiene un papel muy importante en el desarrollo  de la sociedad portuguesa a través de áreas como la educación, la ciencia, el arte y el patrocinio.

Las últimas salas del Museo están dedicadas a René Lalique (París 1860-1945). Lalique, joyero, orfebre, artista del vidrio, influenciado por la literatura simbolista y por el arte japonés, representa con una maestría exquisita el Art Nouveau en sus piezas que se inspiran casi siempre en la naturaleza. Trabajó con piedras preciosas y metales nobles, confiriendo a todas sus obras una impronta de elegancia y de objeto exclusivo solo al alcance de las casas reales, la nobleza y las grandes fortunas. Lalique es un artista refinado con un gusto exquisito.

Diseño para el pectoral. Lapiz, tinta china y guache sobre papel.

Arthur Rimbaud, el vidente.

Portada del libro «Una temporada en el infierno. Iluminaciones». Libros de Autor. Madrid, 1994. Ejemplar nº 0727 de la edición limitada y numerada de 3000 ejemplares.

Con el título de «Arthur Rimbaud, el vidente» Enrique Azcoaga prologa el libro de la colección Biblioteca Edaf «Rimbaud, poesía y prosa». El libro, publicado en 1971, tiene en mi opinión la mejor versión en castellano que se ha hecho nunca de Rimbaud  a cargo del mismo Azcoaga, además de contar con una introducción muy sentida de Paul Claudel fechada en julio de 1912. Dicha introducción comienza así: «Arthur Rimbaud fue un místico en estado salvaje, una fuente perdida que brota en una tierra saturada…»

El poeta nació en Charleville el 20 de octubre de 1854 y murió en Marsella el 10 de noviembre de 1891. Muy joven se trasladó a París donde combatió con los revolucionarios de la Comuna. Mantuvo una relación conflictiva con el poeta Verlaine, que finalizó de forma dramática en Bruselas. Verlaine, por cierto, fue el que acuñó el término de «poeta maldito» en el que también encaja Rimbaud. Enfermó en África después de una vida errante por diversos países de Europa, Java, Sumatra, Egipto y Abisinia, donde lo mismo fue explorador, traficante de café y de armas. Arribó a Marsella muy enfermo, se le amputó una pierna y finalmente falleció a la temprana edad de 37 años.

Rimbaud, el visionario, rechazó en su obra un orden de cosas corrompido, la inclinación hacia el mal que anima al ser humano, la sociedad enferma… Fatal fue que quisiera vivir conforme a las reglas que su nuevo método poético había creado.

Para Jacques Riviêre, estudioso de «Las iluminaciones», a Rimbaud hay que verlo como «una dosis más fuerte de la realidad, como una cantidad mayor de existencia».

Su voz es la de un visionario, tiene la fuerza del rayo, la alucinación del profeta.

En el periodo que va de 1870 a 1872 escribe los primeros versos, de entre los cuales destaco «El barco ebrio», «Los cuervos» y «Vocales» ( tema que retoma en «La alquimia del verbo»); esta elección se debe únicamente a un gusto puramente personal. En 1873 escribe «Una temporada en los Infiernos» e «Iluminaciones», impresas en vida del autor. Lo realmente extraordinario es que su obra tan nueva y rompedora, TAN INNOVADORA, la realizara desde los catorce a los diecinueve años. Su influencia no ha dejado de sentirse entre los poetas desde entonces; los simbolistas los adoptaron como libros sagrados de culto del mismo modo que, con posterioridad, lo hicieran los dadaístas y los surrealistas. Consiguió hacer realidad una de sus obsesiones que era ser un poeta «absolutamente moderno».

METROPOLITANO ( de «Iluminaciones»)

Desde el estrecho índigo a los mares de Osian, sobre la arena rosa y naranja lavada por el cielo vinoso, terminan de subir y cruzarse bulevares de cristal, habitados incansablemente por jóvenes familias pobres que se alimentan en los huertos. ¡Nada de riqueza! -¡La ciudad!

Levanta la cabeza y mira: este puente de madera, arqueado; estas últimas huertas de Samaria; estas máscaras que ilumina el farol azotado por la noche fría; la ondina  necia en la orilla del río, con su ropa brillante; esos cráneos luminosos en las parcelas de guisantes, y tantas y tantas fantasmagorías. -El campo.

Edgar Allan Poe

El libro » The Poems of Edgar Allan Poe», editado por George Bell & Sons, London, 1900, reeditado en 1970 y reimprimido en 1970 y 1971, está ilustrado y decorado por W. Heath Robinson con unos exquisitos dibujos modernistas de gran belleza. Además de los poemas incluye escenas de «Politian», «Carta a Mr…», «Ensayo de principios poéticos» y «Ensayo de Filosofía de la composición» -esta edición de 1971 que obra en mi poder, desconozco si se ha vuelto a editar-. El libro, comprado en Londres, es por su cuidada edición un objeto de culto para los bibliófilos y amantes de la letra impresa que disfrutamos desde el perfume de sus páginas a la música de sus poemas. La obra de Poe ha tenido una influencia decisiva en prácticamente todo el mundo literario. Poe, creador de ambientes, es el maestro para grandes escritores como Baudelaire, Faulknert, Dostoyevski, Mann, Borges, Bierce, James, Kafka, Lovecraft, Cortázar, Maupassant y un largo etc. interminable. El genial bostoniano nació en 1809 y murió en su ciudad natal a primeros de octubre de 1849.

El CUERVO

UNA VEZ, al filo de una lúgubre media noche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyóse de súbito un leve golpe,

como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.

«Es -dije musitando- un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo y nada más»

THE RAVEN

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,

Over many a quaint and curious volume of forgotten lore-

While I nodded, nearly napping, suddenly ther came a tapping,

As of some one gently rapping – rapping at my chamber door.

«This some visitors,» I muttered, «tapping at my chamber door-

Only this and nothing more

Primera estrofa del poema.

Vista desde el puente de Alejandro III (I)

 

Bajando por el paseo de «Les Invalides» hacia el Sena, el puente nos conduce hasta la otra orilla donde nos aguarda «Le Grand Palais» y «Le Petit Palais». El paseo en barco a esa altura del puente  tiene unas vistas magníficas de las dos orillas. Foto: Bárbara