La gran revolución en la llamada cocina de los pintores se produce en el siglo XX. Cuando hablo de «cocina de los pintores», me estoy refiriendo a lo que se produce en sus estudios y no evidentemente a la revolución culinaria encabezada por los cocineros vascos y catalanes -a propósito, desde hace cuatro días tenemos el mejor restaurante del mundo; enhorabuena al Celler de Can Roca-. Dicho esto, me ciño a lo que se cuece en los talleres, estudios o ateliers. Cada pintor tiene su propia cocina, su forma de hacer y de experimentar con las distintas técnicas y materiales. Desde Altamira, por quedarme en el suelo patrio, las condiciones de las cuevas y los aglutinantes, así como los pigmentos que utilizaron, permitieron que sus pinturas hayan llegado hasta nosotros. Cuando el estudio de la práctica del arte pasa a depender de las academias y escuelas de Bellas Artes, las distintas disciplinas se apoyan en tratados y libros que los alumnos se aprestan a estudiar. Desde los años cincuenta hay un volumen imprescindible: me refiero al de Max Doerner » Los materiales de pintura y su empleo en el arte» (Editorial Reverté S. A. Barcelona, 1977), que es el resumen de las conferencias que el profesor dio, durante diez años, en la Academia de Bellas Artes de Munich. Desde 1957, el autor actúa como profesor en el Seminario de la Técnica de la Pintura fundada por Oskar Kokoschka.
El libro, exhaustivo, resuelve cualquier duda sobre imprimación, colores, aglutinantes, pintura al pastel, al óleo, al temple, pintura mural, técnicas, fenómenos cromáticos. conservación, restauración…, en fin, todo lo que un aspirante a pintor debería saber. Pero eso ya es cosa del pasado desde el momento en que «la obra de arte» no busca la permanencia en el tiempo. Desde que se añaden materiales perecederos, como cartones, papeles de periódicos, pinturas industriales, la obra se convierte en algo perecedero y su conservación algo de locos. Las vanguardias, a partir de los años 20, por cierto fantásticas y rompedoras de verdad, es ya obra museística y no lo que se hace ahora como un remedo sin sentido de aquella. Después del arte povera, la pintura es un valor efímero. No digo que esté mal, pero es lo que hay. De todo ello se deduce que lo que se cuece hoy en los talleres, estudios o ateliers es una cocina particular donde cada cual cocina con sus propias recetas. Los conservadores de los museos se pueden ver en un buen aprieto cuando tengan que «restaurar» y «conservar» las obras de los maestros del siglo XX en adelante.








