Recién llegada de París, esta deliciosa imagen del edificio de La Ópera Garnier recortado al fondo de un cielo que se tiñe de rosa. !Muchas gracias, querida Elena, por seguir compartiendo París conmigo!
Para este primer fin de semana del verano, unos mejillones sencillos de preparar, que casi se hacen solos mientras nos tomamos unas birras en la terraza, tumbados a la bartola.
Ingredientes: mejillones, 1 cebolla grande o dos cebolletas tiernas, 1 hoja de laurel, tomates maduros, 2 dientes de ajo, vino blanco, un poco de mostaza de Dijon, pimienta negra.
Una vez limpios los mejillones, los reservamos en agua fría con sal. En una sartén doramos los ajos cortados en láminas y agregamos la cebolla cortada en palmera. Rehogamos. Añadimos el laurel y los tomates troceados cuando la cebolla esté pochada. Sazonamos con un poco de sal y pimienta negra. Al final añadimos una cucharadita de mostaza y el vino blanco. La cebolla y los tomates tienen que estar bien hechos. Es el momento de poner, en la misma sartén, los mejillones para que se abran. Tapamos. Si se quiere, se puede pasar la salsa, que quedará más fina o bien tal cual notando los trozos; particularmente me gusta sin pasar por la batidora. ¡Buen provecho!
Ya que estamos con Rubens no puedo dejar de lado esta sublime versión rubeniana de la figura del sátiro. ¿Habrá una expresión que condense mejor las «cualidades» que le son propias narradas, descritas en toda la literatura? Lo dudo, del mismo modo que el Baco de Carravaggio es la quintaesencia de todos los bacos posibles. Este lienzo de impecable ejecución debería, solo por esa mano y las uvas, estar entre los hits-parades de la pintura de todos los tiempos, pero vuelvo a insistir en la mirada perversa, con reflejos pícaros, enmarcada por unos pómulos altos, -volvemos a la carnalidad- donde los músculos son el resultado vivo de una boca, de una sonrisa que hay que adivinar, pero que está más que presente en cada parcela de esa cabeza magistral. La fuerza de esa mirada de abajo a arriba se adelanta a los primeros planos del cine de los años 40-50 que tan bien funcionaban con Lauren Bacall.

Rubens: «Autorretrato con sombrero grande». C. 1628-1630. Óleo sobre lienzo, 61 x 45 cm. Antwerp. Rubenshuir.
Velázquez de mayor quería ser como Rubens, su mentor. Rubens representaba a sus ojos el caballero, el diplomático, el triunfador que se movía con gran desenvoltura en todas las cortes europeas y además uno de los mejores pintores flamencos del barroco del siglo XVII. El gran triunfador que fue Rubens nació en Alemania como consecuencia de los vaivenes que la lucha de religiones provocaba; su padre, convertido al calvinismo, tuvo que salir de Amberes; muerto este, la familia retorna al seno de la iglesia católica y a la ciudad de las gaviotas y de la bruma. Como a tantos pintores, su viaje por Italia le descubre el deslumbrante renacimiento y a sus admirados Tintoretto, Tiziano y al Veronés; trabajó en la corte de Mantua durante nueve años y en la del archiduque austriaco y en la española; todas se lo disputaban y su gran taller no daba a basto. Felipe IV, rey de España, lo nombra secretario de su Consejo Privado y es entonces cuando fue mentor de un joven Velázquez deslumbrado. La obra de Rubens influyó enormemente en pintores posteriores como Watteau, Delacroix o Renoir. La belleza femenina rubeniana es un canon que agradecen las señoras «reales», que nada tienen que ver con los de la belleza de pasarela; el realismo de la carne con celulitis es algo que, visto en los museos, me enternece enormemente.
En sus magistrales autorretratos se pinta como un caballero con los elementos de su categoría social, sombrero, espada y soberbios trajes; era señor de Steen gracias a las distinciones y premios recibidos. Nada le fue ajeno a este maestro que falleció a la edad de 63 años habiendo vivido lo mejor del arte y de la vida cortesana.
La fuerza de la mirada de esos autorretratos es insuperable; la pincelada hay que verla de cerca, merece la pena ampliar la imagen, cada pelo está suelto con una definición tal como hiciera Durero.
Una pone: Frida Khalo (México, 1907-1054), pintora mexicana casada con Diego Rivera, unida a los ideales de los muralistas mexicanos y bla. bla bla…, mas esos datos que sitúan una vida fijándola en el tiempo histórico aquí no sirven para nada, generalmente no sirven, pero en este caso es como poner puertas al campo; ¿cómo se puede describir a un ave fénix, sin caer en el tópico, a alguien que como ella, con un cuerpo destrozado, se reinventa todos los días desde el dolor más atroz, hilvanando esperanzas desde el fondo de un pozo? Frida es una lección magistral de vida; cuando Bretón la define como una surrealista espontánea, ella responde: «Se me tomaba por una surrealista. Ello no es correcto, yo nunca he pintado sueños, lo que yo he representado era mi realidad». Claro, ella lleva sus frustraciones, traiciones, desencantos como ningún pintor hasta el momento; su biografía la pinta y lo hace con los colores de su sangre, con su linfa, con sus huesos como polvo de mármol. Para exacerbar su identidad bucea en las raíces precolombinas, imágenes de su México, que se reivindica en aquellos años por los pintores muralistas encabezados por Diego Rivera, Orozco y Siqueiros. Pero su pintura tampoco encaja ahí, ella «es» su biografía pintada.
Los italianos dicen que la pasta no engorda y llevan razón, todo depende de lo que le añadamos. Invento recetas con los distintos tipos de pasta, porque me gusta mucho y, como me conozco, intento que sean lo menos calóricas posible, pero sin renunciar al buen sabor y a que entre por los ojos en un flechazo inmediato.
Ingredientes: 1 paquete de verduras para hacer al vapor, espagueti, setas variadas, sal, pimienta, aceite de oliva, mojo rojo y perejil.
Esta receta es muy sencilla y rápida. Hacemos las verduras al vapor y reservamos. Mientras, cocemos en abundante agua salada la pasta y en una sarten salteamos con un poco de aceite las setas -en este caso de cardo, portobello y champiñones-, limpias mediante un trapo y troceadas. Suelo tener en la nevera mojo rojo canario, que me encanta como aliño tanto de patatas como de pescados, se hace en un momento y aguanta muy bien en la nevera bastantes días.
Una vez escurrida la pasta, le añadimos las verduras y las setas; aliñamos con el mojo y mezclamos bien, salpimentamos y adornamos con perejil. ¡Y listo para comer!