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El banco de Manet

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. Manet: The Bench (Mi jardín). 1881

Cuando en 1972 visité por primera vez el pequeño y coqueto museo de los impresionistas en las Tullerías, Le jeux de Pomme, no recuerdo haber visto este cuadro ni lo conocía hasta hoy, de modo que cuando lo he visto  reproducido he pensado con alegría lo mucho que me queda aún por aprender y conocer, por suerte. Porque encontrar algo así es como encontrar un tesoro o un sello extraordinario para cualquier filatélico o para un loco numismático una moneda rara. La siguiente reflexión es que los pintores impresionistas, cuyo apelativo les puso un crítico de arte, me parece perfecto desde aquel cuadro, «L’impression du soleil couchant», que buscaban el efecto de la luz, la impresión sobre el entorno y el ambiente, la atmósfera en definitiva vibrante, y que tuvieron la enorme suerte de triunfar en vida, de modo que su deseo de pintar al aire libre les permitía tener un jardín como Manet e, incluso en el caso de Monet, permitirse el lujo de hacer desviar un afluente del Ep para poder construir su famoso jardín japonés donde plantar sus nenúfares que él inmortalizara; claro es que además su marchante pagaba sus facturas y hasta el colegio de sus hijos, el chófer y demás servicio doméstico; y además, como era íntimo amigo del ministro Clemenceau, pudo diseñar cómo quería, en su museo, disponer sus ninfeas en salas circulares. Lo dicho: ¡Qué tiempos aquellos!

 

Un personaje florentino

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Foto: Bárbara

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Los Uffizi. Foto: Bárbara

Debajo de la escultura de Pisano, este personaje renacentista, inmóvil, con la cúpula del Duomo a cuestas, un hito en la historia de la arquitectura, se supone que va disfrazado de su autor, Brunelleschi, deja pasar las horas frente a los Uffizi como si nos quisiera retrotraer a aquellos tiempos en los que el arte se escribía con mayúsculas. Dicha inmovilidad me sobrecoge.

La Grenuillère, Monet y Renoir (1869)

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«Bain à la Grenuillère». Monet. Óleo de 75×99 cm, Metropolitan Museum of N.Y.

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«La Grenuillère». Renoir

A las afueras de París y a lo largo del Sena, en la época en que tan de moda estaban los balnearios, Monet y Renoir dedicaron parte de su tiempo a pintar los efectos del agua y la luz sobre el paisaje. Uno de los lugares más populares y frecuentados por los parisinos era la isla de La Grenuillère donde además había un restaurante y, como es bien sabido, donde se come y se bebe bien, y hay buen ambiente, la concurrencia está asegurada. Monet y Renoir no eran ajenos a su encanto y ambos tomaron el mismo motivo y desde el mismo ángulo para realizar estas obras; poder compararlas así me parece muy interesante; algo que ellos sin duda hicieron en su momento. A simple vista el de Renoir es más impresionista, baste con observar el bosquecillo de árboles del fondo o las barcas, cuya definición es más imprecisa, o la ondulación del agua, donde la pincelada es más corta, y los mismos elementos en Monet, donde la pincelada está más definida y larga, más «clásica» por así decir. No obstante, como siempre digo, en la trayectoria de cualquier artista hay obras que nos sorprenden, porque nos chocan al no responder a a su estilo, lo que demuestra que en todos siempre hay intentos, ensayos, estudios o experimentos que les ayudan y que luego les conducirán a su camino definitivo.

El Museo Arqueológico de Florencia

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Fotos : Bárbara

Hay tanto que ver en Florencia que  muchos no nos planteábamos ir al Museo Arqueológico y la verdad es que merece la pena. Es un museo pequeño que se recorre con facilidad, abierto a un jardín lleno de árboles y pájaros que te acompañan con sus trinos como música de fondo. Muy bien montado, de forma muy didáctica, está justo al lado de la Piazza della Santissima Anunziata, en una callecita lateral de la iglesia barroca dedicada a S. Antonio, si no recuerdo mal. Lo encontramos por pura casualidad y nos encantó. La historia estaba allí representada por ánforas, vasijas, copas, pulseras, armaduras y enterramientos etruscos.

«Alla Griglia», enfrente del Hotel París en Florencia

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Foto: Bárbara

Justo enfrente del Hotel, tan solo hay que cruzar la calle, hay un restaurante familiar, con pocas mesas y con una cocina casera rotunda y contundente, ideal para los días en que uno, a las nueve de la noche, está ya fundido de andar recorriendo Florencia de un lado a otro.  Con el menú del día se come muy bien, está decorado muy a la italiana, con manteles de cuadros y el servicio es simpático. y atento. De ahí a lanzarse a la cama hay solo un paso. Este plato nada especial, tenía una salchicha y una carne estupendas.

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

El Hotel París. Florencia

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Interior del Hotel París. Florencia. Fotos: Bárbara

El Hotel situado en la via dei Banchi es un hotel confortable y muy bonito, además de céntrico. Como ya dije en otro post, es un edificio antiguo formado por parte del palacio Mondragone y la totalidad del palacio Venturi. Desde la entrada se divisa la cúpula del Duomo y al final de la calle está  la Iglesia de Santa María Novella; más cerca del centro antiguo imposible. La terraza para desayunar en verano es una delicia y el comedor de invierno tiene unos frescos en el techo muy interesantes. Desde la cama, por las mañanas, te despiertan las campanas de las iglesias cercanas y es imposible decirle no al día tan lleno de cosas preciosas por ver. Esa es la mejor invitación que Florencia nos hace a todos.

Giotto y Santa María Novella

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Cristo crucificado de Giotto. Santa María Novella. Florencia

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Cristo crucificado con las vidrieras al fondo de Santa María Novella. Florencia.

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Tablón trapezoidal de la cruz. Giotto. Santa María Novella. Florencia

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Fachada de Santa María Novella. Florencia. Foto: Bárbara

El cristo crucificado pintado sobre tabla de Giotto «flota» en mitad de la iglesia de Santa María Novella. Dicho así parece una simpleza, pero responde a una sensación muy personal. Y uno se queda plantado delante de esa cruz con la emoción de estar delante de una obra de arte muy singular y de gran belleza. Después se puede analizar y leer sobre la época, documentarse y comentar sobre lo que hay de innovación en relación a lo que se hacía y comparar a Cimabue, Giotto y Pisano. Pero antes de entrar, haciendo cola en el jardín del claustro -mientras los gorriones van de aquí para allá entre los cipreses y te miras los zapatos cómodos para poder recorrer Florencia por matar la espera- llega un punto en el que el sol y el cielo tan azul te distraen de tal modo que, cuando por fin entras por el lateral de la iglesia, como que ya estás en otra cosa, de repente ahí está el Giotto; y te quedas clavado y sin palabras. La tradición de las cruces pintadas rodeadas de personajes de la pasión según el modelo bizantino tradicional del Cristo triunfante sobre la muerte, se cambia a mediados del siglo XIII por la del Cristo Paciente, humanizando la figura de Cristo. Este cambio se produce en apenas cuarenta años, desde la cruz pintada por Pisano para la iglesia de San Domenico de Bolonia hasta la cruz pintada por Giotto para Santa María Novella; entre las dos, y como paso intermedio, está la de Cimabue para la iglesia de la Santa Croce. En el Cristo de Cimabue la figura esta curvada hacia el lado izquierdo, mientras que Giotto lo hace hacia el lado derecho. La medida de ambas tablas siguen los cánones del duocento y ambas muestran una misma asimetría: miden 2 centímetros más por el lado izquierdo que por el derecho, pues se quería contrarrestar la curvatura de la figura a efectos ópticos, aunque en el caso de Giotto no hiciera falta posiblemente porque los carpinteros fueron los mismos que trabajaron para Cimabue, de cuyo taller fue Giotto aprendiz, o para la Santa María Novella, más tradicionales. La forma trapezoidal en la cruz de Giotto fue un añadido en la parte baja del soporte, desde donde chorrea la sangre de Cristo sobre el esqueleto de Adán, todo un símbolo y una indudable innovación. Pero ante la crucifixión del Giotto nada de eso importa, sí la emoción del Cristo humano que sufre y muere, el Cristo humanizado por S. Francisco de Asís.

Fachada principal de Santa María del Fiore, Florencia

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Fachada, detalle de la Catedral. Florencia. Fotos: Bárbara

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Uno de los rosetones de la fachada. Foto: Bárbara

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Frontispicio. Foto: Bárbara

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Fachada principal. Foto: Bárbara

La primera vez que vi il Duomo fue un día claro y luminoso de otoño. Tras instalarnos en el hotel y salir a recolectar imágenes para el recuerdo, fue lo que salió a nuestro encuentro a modo de promesa bellísima.  Por suerte nuestro hotel estaba tan cerca  que teníamos que pasar por delante a cualquier hora del día o de la noche y,  siempre estaba más hermoso o así me lo parecía; con la lluvia o bajo un cielo gris, sus piedras me hablaban de otros tiempos, como si Florencia habitara en mí desde siempre. De esta manera, al tenerlo tan próximo, era lo primero que veíamos al salir a la calle y se convirtió en algo tan cotidiano, tan cercano, como el tañido de las campanas que oía desde la cama; algo así, casi familiar, que me hizo sentir que no estaba de paso, que ya formaba parte de esa maravilla que es Florencia; desde cuándo, no lo sé; lo que sí sé es que debo volver en cuanto pueda.

 

Dólmenes de Antequera: Dolmen de Viera

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Entrada al dolmen de Viera. Foto: Bárbara

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Corredor del dolmen de Viera. Foto: Bárbara

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Final del corredor de Viera. Foto: Bárbara

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Restos de pintura en Viera. Foto: Bárbara.

El conjunto arqueológico Dólmenes de Antequera constituye uno de los sitios prehistóricos más extraordinarios de la Península Ibérica, de igual importancia que Altamira y Atapuerca. El Sitio de los Dólmenes de Antequera, situados en el centro de Andalucía, está constituido por tres monumentos culturales: los dólmenes de Menga y de Viera y el Tholos del Romeral, además de dos monumentos naturales, las formaciones montañosas de La Peña de los Enamorados y el Torcal. Este conjunto es uno de los mejores y más conocidos exponentes del megalitismo europeo. Los megalitos son las primeras formas de arquitectura monumental en piedra en la Prehistoria europea. En su sociedad agrícola algunos megalitos no solo cumplen su función de necrópolis o lugar de enterramiento, sino además de lugar de ceremonias propiciatorias o de otros ritos relacionados con la fertilidad; de cualquier manera son un extraordinario documento vivo de la vida de los pueblos pastores y agrícolas del Neolítico. El dolmen se caracteriza por la utilización de grandes bloques de piedra con cubierta adintelada más propia de la tradición atlántica o bien la de tradición mediterránea en bóveda, llamados tholos. El Conjunto de Antequera se conserva en excelente estado, con su estructura rocosa interior o los túmulos que los recubren casi intactos. Durante el verano de este año, las diversas actividades desarrolladas bajo el patrocinio de la Junta de Andalucía han sido una maravilla: «Las celebraciones del Sol en el solsticio de verano» y «Las «celebraciones de la Luna» (junio-septiembre), que incluyen contemplación de la entrada del sol en el dolmen de Menga con música ancestral y visitas guiadas de 20 a 22 horas en la de la luna; en julio, jornadas astronómicas, musicales y de danza. Celebración del II aniversario de la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO. En agosto. «Música de raíz», «El comienzo de la historia»… Septiembre: «Jornada astronómica» con observación solar dirigida por el director del Observatorio Astronómico del Torcal… Todas las actividades son gratuitas hasta completar aforo.

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Dolmen de Viera. Foto: Bárbara

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Entrada. Foto:Bárbara

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Bloques de piedra. Foto: Bárbara

La catedral de los mercados: La Boquería

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Uno no se cansa de pasear por la Boquería y por sus calles aledañas. Y no solo por ver los distintos puestos con los productos más frescos venidos del interior y de la costa, sino por degustar lo que te entra por los ojos. Y cuando llega el momento de tomar una «serveseta» con cualquiera de las delicias que te hacen al momento, puedes encaramarte a un taburete y así seguir inmerso en el bullicioso ambiente o bien salir a los bares colindantes donde aún compartes el clima del mercado. A mí particularmente me encantan los erizos de mar y no digamos los caracoles con mucha pimienta y alioli, de modo que salgo de allí salibando y contenta como unas castañuelas. Si pasan por Barcelona, no dejen de ir y tomar un buen aperitivo. ¡Ya me dirán!