El lunes, paseando por la finca de unos amigos, me encontré bajo unos árboles un rincón donde los vecinos habían estado enterrando a sus perros y a sus gatos. El terreno, en alto, dominaba el hermoso paisaje de un valle roturado en verdes que se extendía hasta la sierra; el día era caluroso y cambiante, el cielo limpio y despejado; a lo largo del día las nubes se cerraron descargando una tormenta primaveral corta e intensa que aligeró la atmósfera para potenciar un atardecer radiante donde el sol se acurrucó en el horizonte… En medio de estos vaivenes atmosféricos fui haciendo fotos de las distintas tumbas con el nombre de sus habitantes, de los carteles dibujados por sus seres queridos, y pensé en el cariño incondicional de los perros y de los gatos y de que ellos compartían en paz esa atalaya de la concordia… Y también pensé que ya me gustaría a mí disfrutar de esta vista por todos los siempres…









