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Van Gogh, «Iris»

V. Van Gogh, "Iris".Saint-Remy, mayo, 1889. óleo sobre papel sobre tela (62X 48 cm.). Ottawa, National Gallery of Canada.

V. Van Gogh, «Iris». Saint-Remy, mayo, 1889. Óleo sobre papel sobre tela (62X 48 cm.). Ottawa, National Gallery of Canada.

A unos veinte kilómetros al norte de Arles se encuentra el Hospital Psiquiátrico de Saint-Paul-de-Mousole; el hospital está dentro de un convento de agustinos abandonado, muy cerca de Saint-Remy. Allí Vincent, recluido, es como un monje ascético que trabaja cuando le dejan; de los alrededor de 140 obras fechados en Saint-Remy solo firmó siete, lo que demuestra el ejercicio continuo de exigencia al que se sometía. Al no estar recluido como el resto de los internos, se abandonó al paisaje y a la vegetación circundante. Y como telón de fondo allí están las suaves montañas de Les Alpilles, los campos de trigo, los olivos retorcidos con las ramas giradas hacia el cielo y los cipreses que son parte esencial de toda la zona. Para Vincent ellos, los cipreses, son mejor que el mejor de los obeliscos egipcios… Los muros no muy altos del edificio están rodeados de olivos, lo mismo que flanqueaban el camino de tierra por donde debía pasear y pintar todo lo que se ofrecía ante sus ojos. Este iris, fechado en Saint-Remy, de esta época, es una obra impresionante en su sencillez y en la que no busca la exuberancia de las flores abiertas, sino la perfecta, equilibrada composición y la ondulante disposición de las hojas.

Matisse, «Naturaleza muerta con pececillos dorados»

Matisse, "Naturaleza muerta con pececillos dorados". 1911.  Museo Pushkin de Bellas Artes Moscú.

Matisse, «Naturaleza muerta con pececillos dorados». 1911. Museo Pushkin de Bellas Artes Moscú.

Esta obra de 1911, perteneciente a la colección del Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú, responde a la pasión que, a principio del siglo pasado, se desata en Rusia alrededor de Matisse y del arte moderno. El camino venía preparado por la labor que, en la última década, había realizado el grupo llamado «Mundo del arte». El fenómeno tiene su explicación, además, por el hecho de que el arte popular ruso no necesitaba de una representación fotográfica de la realidad, lo cual facilitó la comprensión y la adhesión a un arte que la Rusia zarista atrasada acogió con entusiasmo. Los grandes coleccionistas rusos eran comerciantes, no aristócratas ni de la élite, de modo que la asimilación fue más extensa. La revista publicada y dirigida por el pintor ruso Nikolái Riabushinsky «El vellocino de oro», abanderada del arte moderno, publicó un monográfico sobre el pintor francés incluyendo «Notas de un pintor» del mismo Matisse. Todo ello explica que la mayor parte de las obras importantes de Matisse se halle en sus museos y colecciones particulares, donde su arte fue tan aclamado.

Otro dato curioso es la gran influencia de Matisse en Escandinavia debido a la cantidad de alumnos que tuvo en París,  de Escandinavia, la mayoría  de ellos suecos.

«Naturaleza muerta con pececillos dorados» es uno de mis matisses preferidos en el cual se da eso de que un cuadro es aquello de que se trata, sin más.

José Hierro, «Cuaderno de Nueva York» y la cabra de Picasso

Pablo Picasso, "la cabra". Original.1950, Vallauris.

Pablo Picasso, «La cabra». Original. 1950, Vallauris.

El gran poeta José Hierro, Premio Adonáis, Premio Príncipe de Asturias, Nacional de las Letras Españolas,  Reina Sofía de Poesía… publicó en 1998 «Cuaderno de Nueva York», un libro compendio y resumen de su gran saber y hacer, donde conjuga el espacio y el tiempo con la maestría de quien como él sentía que ambos se hayan en el mismo plano; desde esa forma de sentir presente, pasado y futuro a la vez, me ganó para siempre… él, que sabía combinar las coordenadas, nos emociona en poemas como

A orillas del East River, Adagio para Franz Schubert, Alma Mahler Hotel, Ballenas en Long Island…

Versos que nos transportan y otros como estos que nos divierten:

Bendito sea Dios porque inventó la cabra

-la cabra que rifaba por los pueblos-

mucho antes que Pablo Picasso,

con barriga de cesto de mimbre

 y tetas como guantes de bronce.

 Picasso realizó en Vallauris varias versiones de la cabra; en el Museo Picasso de París hay dos, una en el jardín de bronce y otra en una sala que está realizada con distintos materiales. La original está hecha con yeso, cesto de mimbre, vasijas de cerámica, hoja de palma, metal, madera y cartón, terminada en 1951. Existe otra en el MOMA de bronce.

Picasso, «Gertrude Stein»

Picasso: "Gertrud Stein". Óleo sobre tela, 100 x 81. Nueva York, MOMA.

Picasso: «Gertrud Stein». Óleo sobre tela, 100 x 81. Nueva York, MOMA.

Los hermanos norteamericanos, de origen judío, Leo y Gertrud Stein llegan a París en 1903; en 1905 conocen a Matisse y el año siguiente a Picasso. El salón literario de su residencia convocaba a los artistas vanguardistas de la época, tanto plásticos como escritores; ambos hermanos ejercieron una importante labor de mecenazgo que contribuyó tanto a la consolidación de alguno de ellos, como a la rivalidad entre los distintos receptores de sus padrinazgos. Durante un tiempo «un succè de scandale», el éxito del escándalo, acompañó a Matisse y a Picasso, pronto Leo se decantó por favorecer a Matisse mientras Gertrud lo hacía con Picasso. Gertrud, poetisa, escritora, de físico contundente, fue retratada por Picasso en 1906, retrato que le regaló Leo y que nunca le gustó; cuentan que dijo que no se parecía, a lo que el pintor le contestó: Ya se parecerá. No obstante, ella siempre acompañó a Picasso en su trayectoria vanguardista, de ruptura y de investigación. Por su parte, la reiteración de palabras en su poesía  viene a ser un intento cubista de su quehacer literario.  Gertrud murió en Francia a la edad de 72 años.

Fantástico retrato cuyo tratamiento del rostro es similar al autoretrato del pintor con paleta, el arte africano e incluso del arte ibero…

Epicuro: Exhortaciones

Exhortación 15 : Es necesario reír y filosofar, tratar los asuntos de casa y mantener las demás relaciones y nunca descansar de proferir las sentencias de la recta filosofía.

Matisse, «Tulipanes en un jarrón Chino». 1943. Tinta china sobre papel (52 x 40). Museo de Bellas Artes Pushkin, Moscú.

Campanile

Campanile. Foto: Bárbara.

 

 

Al campanario de la plaza del Duomo le han colocado esa bombilla que lejos de estorbar hace bonito…

Campanile. Foto: Bárbara.

Van Gogh, «El zuavo»

"El zuavo" Óleo sobre tela. 65 X 54 cm. Ámsterdam, Rijksmuseum Vincent van Gogh.

Cuando el pintor llega al sur, a Arles en octubre de 1888, con mal tiempo, frío y nieve tiene que esperar a que los almendros florezcan para sentir que de verdad está en su Japón. Hemos visto en Matisse su atracción por el sur y para tantos otros artistas en que la luz, el exotismo, la naturaleza diferente suponen un foco nuevo desde donde explorar para ir hacia adelante; Vincent no es ajeno a ese influjo. Desde el principio el objeto de sus cuadros serán los huertos nevados, pero también desde el principio siente que encontrar modelos que quieran posar para él será un problema que solo con el tiempo puede resolver pintando el retrato de los escasos amigos que irá haciendo, como al cartero Joseph Roulin y a la familia de este, labradores, ancianos… hasta las prostitutas de un lupanar de Arles se niegan a posar porque estaba mal visto, salvo una que, tras una sesión y cobrando el posado por adelantado, no vuelve más.

En septiembre de 1888 hace amistad con el subteniente del regimiento de los zuavos instalado en Arles; su amistad supondrá para Vincent un regalo cálido, una proximidad que necesitaba; el retrato que hace de su amigo Milliet es un magnifico óleo sobre tela, hoy en el Rijksmuseum Kröller-Müller.

El exotismo del traje de los zuavos lo plasma el pintor en junio del mismo año en dos óleos sobre tela que realiza en su estudio, «El zuavo» y «El zuavo sentado»;  en este último, de cuerpo entero, se aprecia perfectamente el gorro tipo fez con una borla negra, llamado chechia, los voluminosos pantalones en rojo, la chaquetilla corta sin cuello,  un chaleco (gilet), la faja de lana (la ceinture) y las polainas blancas; los turbantes, que también llevaban, eran de distintos colores según el lugar de origen de los distintos regimientos, así los de Argel eran rojos, los de Orán blancos…

El cuadro reproducido, «El Zuavo», supone un muestrario del dominio del color y un refinamiento estético que traspasa la tela; sobre ese fondo verde intenso destaca el rojo del gorro con la borla negra, la chaqueta oscura con arabescos en ocres y amarillos y ese color azul celeste del fagín. La fuerza de los rasgos duros, raciales de ese rostro donde todos los colores del cuadro está presentes es, aparte de una obra maestra, la síntesis de ese precepto que anunció Picasso: que los colores presentes en una obra, estén en toda la superficie del cuadro.

El uniforme de los zuavos se mantuvo así hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial y como curiosidad, el padre de Camus, muerto en el frente francés, servía en un regimiento de los zuavos.

Vincent van Gogh, «El zuavo». Óleo sobre tela. 65 x 54 cm. Ámsterdam, Rijksmuseum Van Gogh.

Matisse, la influencia de África

"El marroquí Amido", Matisse, óleo sobre tela. 146x 61cm. 1912

«El marroquí Amido», Matisse, óleo sobre tela. 146x 61cm. 1912

 

Este magnífico óleo sobre tela fechado en 1912 de Matisse nos transmite, junto con sus odaliscas, los arabescos de las telas que inundan sus cuadros, las escenas de  los cafés, el embrujo que sus viajes por el norte de África dejaron en el espíritu del artista, así como las visitas que hiciera a la Alhambra en su estancia por diversas ciudades de Andalucía. «El marroquí Amido» se puede admirar en el Museo del Ermitage de Leningrado.

Jean Cocteau : «Oda a Picasso»

Contraportada del libro "Oda a Picasso"

Contraportada del libro «Oda a Picasso»

Jean Cocteau es la figura polifacética que abarca, en el primera mitad del siglo pasado, en Francia, la vanguardia en su estado más puro: dibujante, poeta, dramaturgo, cineasta, crítico, escenógrafo… Jean Cocteau conoce a Picasso en 1916 y le dedica su «Oda a Picasso» al año siguiente; durante este año Jean Cocteau le ofrece a Picasso colaborar en el ballet «Parade» con música de Erik Satie. Los tres representan la expresión de las nuevas tendencias artísticas. La admiración entre ellos es mutua y enriquecedora. Cuando se inauguró «Parade» en Les Champs Ellysées, el escándalo fue mayúsculo y el mismo Apollinaire tuvo que cubrir la retirada de sus amigos; este ballet significaba la ruptura con la estética de los ballets rusos; con un argumento audaz, nuevo y los figurines creados por el pintor, la revolución estalla.

«La Oda a Picasso» está dividida en dos partes «El hombre sentado» y «Las musas». El libro,  editado por El Barquero en primera edición en 1981 y reeditado en 2003, contiene un retrato a lápiz de Cocteau sentado realizado por Picasso y fechado en Roma en 1917, y otro con uniforme militar, fechado en 1916; por su parte Cocteau, de forma recíproca, hace un dibujo de su amigo, «Picasso en Roma», fechado en 1917 recogido también en esta edición. La traducción y el prólogo, interesantísimo, de esta bonita edición corre a cargo de Cristina Peri Rossi, quien sitúa, centra al lector para que pueda degustar el contenido, a través de la aproximación, a las vanguardias del momento. La contraportada es una fotografía anónima retocada por Cocteau de sí mismo de 1919.