Este es el otro rincón de la Villa de los Médicis que Velázquez pintó en su segundo viaje a Italia, posiblemente motivado por el agradable recuerdo de su estancia de mayo a julio de 1630 en la Villa de los Médicis. Esta obra, un óleo sobre lienzo de 55 x 38 cm., «El mediodía», se encuentra también en el Museo del Prado. Fue pintado al natural y con la técnica propia del impresionismo, se supone que volvió para plasmar la belleza del lugar; fuera de su época, en estos dos paisajes se anticipa casi tres siglos y además se lleva sus propias «fotografías» de Roma…
Archivos
Velázquez y el paisaje

Velázquez: «Vista del jardín de la Villa Médicis» (La tarde). Óleo sobre lienzo, 48 x 42. Museo del Prado.
Aunque durante mucho tiempo se pensó que «Vista del jardín de la Villa Médicis. en Roma» fue pintada por Velázquez en su primer viaje a Roma debido a que fue entonces cuando se alojó en la Villa Médicis, ahora los investigadores se decantan por datarla sobre 1650 y dar por hecho que la realizó en su segundo viaje a Italia; la pincelada de esos años libre, suelta y en forma de coma es propia de entonces y no de 1630. Los hermosos rincones del jardín los traslada a dos obras de pequeño formato, esta, llamada también «La tarde», y otra, «El mediodía», que son realmente dos estudios al modo impresionista, captando la luz a diversas horas del día; sin embargo, Velázquez mantiene la óptica propia del siglo XVII y su propia técnica; él distingue netamente la forma de los objetos, la atmósfera, el espacio y no los refunde como los impresionistas; pero, al igual que ellos, los pinta al aire libre, algo novedoso y que dota a estos dos paisajes de una frescura inusual; lo que se hacía antes era tomar apuntes, bocetos para luego recrear lo visto en el taller y eso se nota por la falta de naturalismo. Ademas en estos dos trabajos aparecen cuatro personajes apenas esbozados, sugeridos, una nueva forma de representar las figuras, que dejan de tener el protagonismo que anteriormente tenían dentro del paisaje. Por sus pinceladas y el estudio de la luz, Velázquez es considerado por algunos como un adelantado del impresionismo; son obras revolucionarias como el «Paisaje de Toledo» del Greco.
Matisse: las aguadas recortadas
La serie de los desnudos azules a la que pertenece esta obra es la consecuencia lógica de la búsqueda del color monocromo, desde los colores planos, en un principio, hasta los fondos integrados mediante el recorte. En el dibujo, el pintor comenzó valorando el papel del negro y el blanco como elementos esenciales, prescindiendo poco a poco del barroquismo de los sombreados o rayados. A partir de los años cuarenta, Matisse hizo sus primeros recortes en hojas tintadas de imprenta; esa técnica se fue depurando hasta que comenzó a utilizarla sobre papeles previamente coloreados a la aguada; lógicamente el resultado fue mucho más gratificante; entre 1952 y 1954 logra la máxima depuración y belleza. En esta serie se ve claramente como el blanco del fondo forma parte esencial, es un elemento más que aporta volumen aéreo. El recorte que generaba formas angulosas se perfeccionó al hacer deslizar de forma continua el filo de la tijera sobre la hoja de papel hasta conseguir captar el movimiento del cuerpo femenino, dotándolas de gran delicadeza.
La tijera de Matisse
Klimt: Judith II
Esta obra de Klimt de 1909, conocida también como Salomé, está realizada en óleo sobre lienzo (178 x 46 cm.). Se trata de una nueva versión del tema ya desarrollado en 1901, aunque presenta nuevas características como es el formato alargadísimo y la ornamentación típica con los elementos decorativos que le son propios. Destacaría la expresividad de las manos que son como garras que reafirman la dureza del rostro, la expresión de firme determinación, como un felino antes de atacar; conseguido su trofeo, la cabeza, sin embargo Judith-Salomé expresa tensión y agresividad. Siempre genial Klimt.
Negro sobre blanco V
Matisse en Haití
Otra manera de encarar el paisaje en esta aguada que realizó el pintor en su anhelado viaje a Tahití, paraíso de su admirado Gauguin. Es en los años treinta cuando al final pudo realizar su sueño. En esta obra, singular, los mástiles del barco casi al centro son el eje alrededor del cual el resto de los elementos, las nubes, los árboles, parecen dotados de un gran movimiento; paradójicamente el barco está varado, encajonado, quieto. La línea del horizonte, con esas nubes, contribuye a aplastar, a situar el barco blanco, girado hacia la derecha, en esa quietud del mar. La cortina con motivos blancos como el barco es el nexo de unión entre los dos planos. Divertida, alegre, esta aguada de gran proporción refleja la alegría de vivir, el juego permanente de Matisse; los colores planos, puros y la simplificación son ya precursoras de las posteriores aguadas recortadas.
Matisse en su estudio
El genocidio, la masacre… La franja de Gaza.
Gaza… 650 muertos civiles palestinos, hasta ahora.
Parece que nada cambia, que la locura de los gobiernos es una onda que se transmite desde cualquier tiempo, en cualquier época; el odio es un gusano que se enquista y, larvado, permanece durante años en la sociedad que se va corrompiendo poco a poco y, cuando es la hora, los gobiernos apelan, despiertan los sentimientos más bajos, los instintos salvajes de la masa que, enloquecida, se prepara para masacrar al contrario corrompido a su vez por el mismo veneno… el odio se propaga como una honda de generación en generación. El fanatismo está servido y el patriotismo es su bandera.
Esta obra de Picasso, «Masacre en Corea», está inspirada en al cuadro de Goya «Los fusilamientos del 3 de mayo», donde el pintor aragonés plasmó el horror del pueblo español fusilado por las tropas francesas. Nada nuevo en la historia del arte. Picasso pintó esta obra en 1951, cuando la guerra de Corea estallaba, contra las conciencia de los que, ajenos al conflicto, se preguntaban de nuevo el porqué de una guerra sin sentido. Este cuadro de Picasso no tuvo la repercusión que se esperaba tras el Gernika; se esperaba otro similar y, sin embargo, la fuerza de los cuerpos desnudos indefensos en su pureza frente a unos soldados estadounidenses con unos cascos clásicos (¿griegos?), intemporales, me produce una impresión más impactante; de modo que, y siempre desde una interpretación muy personal, esta obra resume la locura de todas las guerras, el horror de todo exterminio; la fuerza simbólica de esos cascos sin más identificación que, como máquinas de matar, es terrible…
Y Gaza…. 650 muertos civiles palestinos, hasta ahora. ¿Y es que nadie puede parar esta masacre? ¿Por qué el paraguas de EEUU sobre Israel? ¿Por qué Israel masacra como se masacró a los judíos…? Tanto rencor aún…, tantos porqués cuya respuesta todos sabemos; pero nunca el saber ha servido tan poco como ahora en el caso de la franja de Gaza. Distintos gobiernos se amparan en el terrorismo del contrario para realizar terrorismo de Estado… ¿Existe diferencia?
¿Cuantos muertos palestinos vale un muerto iraelí?
Y los niños inocentes…
Los fantásticos dragones de Tahull
Estos fantásticos dragones de la iglesia de Tahull con el cuerpo poblado de ojos encerrados en círculos azules para algunos autores estudiosos del románico supone un precedente de la fauna imaginaria de Chagall y sus cobaltos incomparables; pero también los negros contornos de Rouault y los rostros bidimensionales de Picasso. Según Pedro Rocamora: «LA PINTURA MODERNA TIENE «EL DUENDE» DEL VIEJO ARTE ROMÁNICO». MNAC (Barcelona).








