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Dalí y Lewis Carol

 

 

 

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Para celebrar el 150 aniversario de la publicación del libro «Alicia en el país de las maravillas» de Lewis Carol se hizo una edición muy especial, que contaba con ilustraciones de Salvador Dalí;  la iniciativa partió de un editor de Random House e impresa por Princeton University Press en los años sesenta. Cada uno de los ejemplares fue firmado por Dalí y venía con una introducción de Marcos Burstein, presidente de la Sociedad Lewis Carol de América del Norte y del matemático Thomas Banchoff. Sin duda es una edición muy codiciada por los coleccionistas.

André Lhote

 

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«Bañistas en el bosque»,1911

 

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«El árbol rosa», 1908

 

 

 

 

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Paysage Fauve à l’Estaque, 1909

Contemporáneo de los maestros del cubismo, se vinculó al mismo con pasión. Y aunque la crítica no lo alinea al mismo nivel de un Braque, Gris, o Picasso, su trabajo como divulgador, analista, enseñante y crítico le otorgaron una gran popularidad y renombre internacional, sobre todo por las traducciones de su libro «Tratado del paisaje». Su obra, bien construida, sólida, formalmente correcta y sin romper moldes, conviene tenerla en cuenta a la hora de examinar el cubismo. Personalmente me encantan sus cuadros de paisajes, que tienen algo de cezanescos, y el primero de ellos me lleva en particular, sin duda, a las bañistas del mismo pintor.

 

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André Lhote impartiendo clase.

Mary Cassatt

 

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«Mujer joven con sombrero negro y verde mirando hacia abajo», c. 1890. Pastel sobre papel vitela. Princeton University Art Museum

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Retrato de Madame Sisley, 1873

Mary Cassatt es una pintora americana unida al círculo impresionista de París. Nacida en Pensilvania en 1844, estudió en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia contra los deseos de su familia; su empeño la llevó a viajar a París donde continuó sus estudios y  por distintos países europeos para copiar las obras de los grandes maestros. En España, en Madrid, se alojó en un hotelito de la Puerta del Sol, registrándose como copista en el Museo del Prado; allí la pincelada suelta de Velazquez y la forma de contar la realidad de Goya influyen grandemente en su manera de tratar la pintura y cambia su formación clasicista por una técnica más libre y de fuertes contrastes tonales; su pincelada se vuelve ágil, con empastes gruesos y su estilo se vuelve directo. Después de su estancia en Madrid se instala en Sevilla donde monta su estudio en la Casa de Pilatos propiedad del duque de Medinaceli. Sevilla le va a permitir el estudio costumbrista de unos tipos que plasma en el cuadro «Torero y muchacha» que envió al Salón de París en 1873. En su viaje a Parma copia los frescos de Correggio; todas esas enseñanzas van construyendo su estilo que se acerca al quehacer de los impresionistas. Durante años Mary sufrió la oposición de su padre y la incomprensión de maestros dentro de la Academia, pero gracias a su tesón y a su decidida voluntad decide prescindir de todo y aprender directamente de los grandes maestros, de ahí sus viajes a Europa. De regreso a Estados Unidos su obra no recibe la atención ni el reconocimiento esperado; fue Degas el que la animó a exponer con los impresionistas y su apoyo fue decisivo. Desde entonces hasta 1886 su obra permanece ligada a los círculos impresionistas. Durante la última década del siglo XIX, Mary Cassatt expusó con éxito en París y en N.Y. Murió el 14 de junio de 1926 en el castillo francés de Beaufresne y fue enterrada en la Picardía francesa.

¡¡¡Doscientas mil vistas!!!

Notre-Dame Les Tours-Chimère 1

La Estirga, Notre Dame. París

Gracias, gracias, gracias a los amigos de la Estirga Burlona por su generosidad. Nunca pensé ni me planteé ponerme metas, pero esto supera lo que esperaba cuando empecé esta travesía incierta. En mi cuaderno de bitácora, tendré que anotar que bien temprano, mi querida Estirga, desde Notre Dame, me ha hecho llegar una nota en la que dice textualmente: «Si algo me debes es una visita, porque perdida la noción del tiempo desde los años en que mi padre Violet le Duc me creó, te espero cuando la lluvia y el viento azotan mi piel, cuando el sol implacable reseca mi lengua, en todas las estaciones en que los hombres parados en el Parvis hacen cola para subir a las torres; sabes que lo único que te pido es que me acaricies el lomo y me digas al oído aquello por lo que tú y yo estamos unidas para siempre. Debes recordarme lo más secreto de nuestra alianza; la memoria me falla, porque la piedra es voluble e inestable a pesar de su condición de roca imperturbable. Nada me debes; lo que te pido es lo que debe de ser, lo correcto». No viene rubricado; las quimeras no ponen su sello como los hombres, lo ponen en las noches estrelladas cuando sobrevuelan el Sena y los puentes de París; solo entonces se convierten en seres vivos que pueblan nuestros sueños.

Degas y Monet

 

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Degas a la edad de 78 años, marzo de 1912. Fotografía de su amigo Albert Bartholomé, coloreada.

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«Monet ante sus pinturas». Fotografía de 1923, coloreada por Dana Keller.

 

Miró en su estudio.Y cómo le conocí.

 

 

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Joan Miró en su estudio de Son Abrines, 1977.

Tuve la suerte de conocer a Joan Miró y a su mujer a finales de los sesenta. Fue una mañana de domingo a la salida de una misa de doce; yo estaba pasando unos días en casa de unos familiares en Palma de Mallorca, que vivían en La Bonanova. Mis parientes, de edad avanzada, eran católicos practicantes y me pareció lo más correcto acompañarles; a la salida de la misa saludaron muy cordialmente a un señor mayor muy risueño y a su mujer, los dos de pequeña estatura y de aspecto encantador. Nos paramos y estuvimos un rato intercambiando impresiones sobre la salud y el buen tiempo que hacía. Era una radiante y soleada mañana de verano; de él me llamaron la atención sus pequeños ojos azules, vivos y risueños. La misa se celebró en una pequeña ermita de la Bonanova, situada en la parte alta de Palma desde donde se ve el mar. Los ojos del pintor eran como aquel mar que se divisaba a lo lejos. El matrimonio Miró vivía muy cerca de nosotros, también en la Bonanova. Cuando nos despedimos me dijeron que era Joan Miró. No me lo podía creer; luego, con los años, he constatado que los grandes hombres suelen ser los más sencillos, los más humanos, los que no tienen que presumir de nada.

Picasso y la Lisístrata de Aristófanes

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En 1934 aparece en N.Y. una versión de la Lisístrata de Aristófanes publicada por la asociación de bibliófilos estadounidenses, ilustrada con seis grabados de Picasso al modo neoclásico del pintor. La edición, como no cabía ser menos, es reducida y exclusiva. Aristófanes estrena su obra en Atenas en el año 411 en plena guerra del Peloponeso entre espartanos y atenienes que venía enfrentando a todo el mundo heleno desde hacía veinte años. El nombre de Lisístrata, que significa «la que disuelve los ejércitos», ya es toda una promesa de su contenido antibelicista; la guerra parecía no tener fin y las hostilidades entre las dos potencias griegas conllevaba una devastadora destrucción que abarcaba  toda la cuenca oriental del Mediterráneo. Curiosamente esta obra, ilustrada por Picasso, se estrena en vísperas de que estallara en España la guerra civil y en un periodo de entreguerras mundiales. Estos tres primeros grabados, como los otros tres restantes, se caracterizan por la simplicidad de las líneas y el equilibrio en la composición. En el primer grabado aparece Lisístrata convenciendo en asamblea tanto a espartanas como a atenienses para que se abstengan de tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que ellos no pongan fin a las hostilidades. En el segundo, aparece un encuentro erótico frustrado, siguiendo las directrices marcadas por Lisístrata. Y en el tercero se muestra la desesperación de los hombres ante una huelga insólita. Toda una solución.

 

Aurelio Serrano Ortiz, dibujante

DIBUJO AURELIO

Aurelio Serrano Ortiz, dibujo a lápiz sobre papel

De la serie «Línea sobre el plano». 17-04-2018.

Lo etéreo, la ingravidez, la elasticidad son términos a los que me llevan los dibujos de esta serie, donde el espacio se define por el aire que circula a través de esas masas que se estiran según los ejes que, a la vez, doblan sin hacerlo el plano sobre el que se asientan. Plasticidad llevada a su máxima expresión: sencillamente magníficos.

 

Matisse y James Joyce

 

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Para los devotos lectores del «Ulysses» de James Joyce y que al mismo tiempo sientan pasión por el arte, poseer una edición de la novela ilustrada por Matisse debe ser toda una joya. En 1935 el pintor recibió el encargo de ilustrar la novela más famosa y discutida del escritor irlandés que transcurre en Dublín en un solo día. El «Ulysses», ya lo sabemos, no es de lectura fácil; el caso es que Matisse no quiso leer el libro, por las razones que fuesen y fue directamente a la fuente: la «Odisea» de Homero. Este dato, curiosamente, añade una peculiaridad a esta edición de coleccionista. No era la primera vez que Matisse se volcaba en ilustrar un libro muy conocido; con anterioridad había ilustrado «Las flores del mal» de Baudelaire mas esta vez el regreso a casa del personaje –Stephen Dedalus- parte de un libro clásico de cuya autoría se tienen serias dudas. George Macey, el editor norteamericano que tuvo la feliz idea de unir a Joyce y a Matisse en esta «odisea», debió prever el precio desorbitado que la edición primera, que constaba de 1.000 copias firmadas por el artista y 250 firmadas por Joyce, alcanzaria en el mercado.

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Monet, fotografiado con sus nenúfares

 

 

 

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Monet en Giverny. Fotografía coloreada

Monet en su ardín de Giverny al lado de sus nenúfares y, detrás, el puente japonés que hizo construir para pintarlo tantas veces. Así mismo hizo desviar un afluente del Sena para poder plantar sus especies acuáticas

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Monet en su estudio