El hotelito tenía todo lo que en aquel momento necesitaba; anclado en la parte sur de la isla, sobre el promontorio, vigilaba las dunas de la playa, los pinos que llegaban hasta la orilla y el horizonte por donde se perdían los barcos. Había llegado por la mañana y la niebla, en primera instancia, le hurtó de la visión primera; fue después del desayuno cuando realmente se pudo apropiar de aquel paisaje. Y se pensó feliz en aquel lugar al que volvía una y otra vez en sueños. Volvía a casa, por fin, al cabo de los años y se rió pensando que ya sería para siempre, que ya no se volvería a ir. Nunca más. Había pedido un café con leche y una ensaimada y desde la terraza contempló el ir y venir de las olas; apenas había resaca y el humo del cigarrillo no enturbió su imagen, la de alguien mayor que lloraba frente al mar
Para Ängeles allí donde estés.