Desde le Boulevar Saint Michel, casi a la altura du Jardin de Luxembourg , un poco antes de llegar a la Place Rostand, arranca la larga calle que desciende hasta el corazón de Saint Germaine-des-Pres que disputó al Barrio Latino ser el centro de la intelectualidad cuando París era el centro cultural del mundo; bajando, bajando llegamos a la Place Danton, con el revolucionario subido a su pedestal -la rive gauche siempre fue «rojilla» y libertaria-. El eco de la época dorada envuelve Saint Germaine-de-Pres, que se reafirma en sus innumerables librerías, cafés, restaurantes. Estamos, para situarnos, en el barrio donde residía el todopoderoso Cardenal Richelieu y donde se hallaba el cuartel de los tres mosqueteros -que eran cuatro-. La calle Monsieur le Prince, además de estar situada en uno de los lugares más próximos a todo lo que a un enamorado del París más evocador de principio del siglo pasado puede desear, es un remanso de paz y tranquilidad. A modo de reflejo esta foto que nos cuenta de la actividad peripatética que los amantes del paseo, de los que hacen de esta necesidad la razón de su actividad cotidiana sin rumbo prefijado, dejándose ir por los bulevares, por las rues y por las ruettes según su corazón les lleve… Para estos seres andarines los franceses tienen un nombre: Les flâneurs. Breton, el papa de los surrealistas, reivindica la figura del flâneur. El nombre de la librería nos habla del paseante de las dos riveras del Sena. Julio Cortázar era, ya lo sabemos por sus obras, un flâneur de las dos riveras.
Brassaï, la Estirga y la paloma
Desde que existe la fotografía, la Estirga ha sido objeto de deseo de los artistas del carrete y de los simples aficionados. Gyula Halász era oriundo de Brassó, por eso el seudónimo de Brassaï que significa oriundo de Brassó. Se nacionalizó francés y, como saben hacer muy bien los franceses con los artistas e intelectuales de otros países, lo hicieron suyo como a Picasso y a otros tantos. Francia siempre ha sabido mimar la cultura y eso les honra. Son muy conocidas las fotos que hizo a Picasso, en su taller y en su ámbito familiar, así como las de otros artistas que triunfaban en París en los años treinta. El libro «Paris de nuit» lo convirtió en una celebridad. Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Volviendo a la foto, la paloma se diría que tiene una relación simbiótica con la Estirga; de qué naturaleza, no sabemos, pero su «estar» es de una placidez mayestática, nada luciferina ni diabólica. ¡Genial la foto!
Indignados: Sobre Siria y rompiendo una lanza a favor del periodismo.
La última masacre en Hula lo único que viene a demostrar es que la vida humana no vale nada. Seguimos hablando de la crisis mundial y de cómo nos va afectando día a día; y es lógico y normal que así sea. Lo tremendo, si es que hay algo más tremendo que el acto de segar la vida de inocentes que están empezando a vivir o de ancianos que están acostumbrándose a encarar la muerte cercana, o la violación de mujeres, que es el acto más salvaje y repugnante que «un hombre» puede cometer, lo tremendo a secas es navegar por Internet y leer el odio con que muchos ciudadanos -sean pro o anti imperio americano, anti o pro palestinos, anti o pro judíos…- formulan sus opiniones, por cierto muy lícitas, analizando el tema de Oriente Medio, no con ponderación sino con ira. Pues sí, esta radicalización me ha llamado la atención y me ha indignado bastante, pues los unos echan la culpa a los otros -nada nuevo, por otra parte-: que si el régimen de El Asad tiene las manos manchadas de sangre, que lo mismo los opositores o los grupos terroristas de Al Qaeda, que si EE. UU. o el ejercito de liberación sirio, que si Rusia y bla, bla, bla… Y, por cierto, aparte de decirse lindezas que rayan en el insulto personal -cosa que el anonimato de las redes favorece: uno puede ser muy gallito en la sombra-, lo más despreciable es que a pesar de que muchos lamenten la masacre de civiles, la ira de la mayoría se dirige contra el «otro» que representa una ideología diferente. Todos sabemos lo que está en juego en Siria, el gas y su situación geopolítica; situación que puede venir muy bien en caso de que se desnivele la hegemonía a favor o en contra de los países emergentes o del imperio americano, provocando una guerra que, como sabemos, en tiempos de crisis les sienta muy bien a ciertos sectores financieros y no digamos a las empresas armamentísticas. Dicho esto, quiero romper una lanza en favor de los periodistas atacados últimamente en una campaña de desprestigio por unos y por otros, declarando que todos están desvirtuando y falseando la información sobre lo que está pasando en Siria, y olvidando a los que arriesgan su vida o mueren todos los días en conflictos bélicos en cualquier parte del mundo. No puedo pensar que todos sean corruptos ni mucho menos que la mayoría no viva su profesión como un servicio público, buscando la verdad para contárnosla. Acabo diciendo lo de siempre: tanta represión, tanta muerte inútil, tanta sangre de inocentes… y ni una manifestación masiva en las calles. ¿Seguimos indignados en lo particular o somos capaces de trascender lo individual para ir más allá?
Las acuarelas de Rodin

Rodin: «Femme en bleu». Musée Bourdelle. Paris.
François-Auguste Rodin, nacido el 12 de noviembre de 1840, contemporáneo pues de los impresionistas, es considerado el padre de la escultura moderna. Estudioso de la anatomía humana al modo clásico, que no de lo que se hacía en lo académico al uso, es sin duda el único seguidor de Miguel Ángel, el único discípulo capaz de seguir al Maestro sin por ello ajustarse a los cánones clásicos, sino amoldándolos en función de la expresibilidad que en cada caso necesita Después de su viaje a Italia, en 1875, dijo refiriéndose a Miguel Ángel: «Es él el que me ha permitido escapar de la escultura académica». Según palabras de Yvon Taillander, Rodin «es grande tanto por lo que ha destruido como por lo que ha creado». Aunque durante un tiempo tuvo que hacer trabajos decorativos de subsistencia, al alcanzar la fama y el reconocimiento su vida cambió hasta el punto de que vivió en el Hotel Biron, lugar donde se ubica en la actualidad su museo. Paseando por sus bonitos jardines, en primavera y verano, entre rosales y frondosos árboles, sus obras nos acompañan en un recorrido sorprendente. Poder contemplar el «Pensador» admirando al tiempo el colorido de las flores que lo circundan es un regalo; el canto de los pájaros nos conduce hasta el «Balzac», de imponente factura, de fuerza titánica y allí los gorriones o las abubillas, bajo el sol, campan a sus anchas; y desde más acá, bajo la sombra protectora de las ramas, «Las puertas del Infierno» o «Los Burgueses de Calais» a ras de suelo nos conmueven no solo por su grandiosidad sino también por su proximidad. Sorprende también ver, entre semana, a tantas mamás con sus niños que juegan a la pelota; pregunté y resulta que el jardín del Museo es público, cosa impensable por otras latitudes. Al fondo del Jardín unas tumbonas de teca comodísimas invitan al descanso; sobre ellas un entramado de hojas altísimas conforma una bóveda reconfortante, reparadora, fresca -ahora, conseguir una tumbona para la siesta después de comer en el restaurante «Le jardin de Varenne», es casi imposible-. Dentro del Museo nos esperan «El beso» y, una de mis preferidas, «La que fue hermosa mujer del herrero», terrible descripción de los estragos que en el cuerpo deja el paso del tiempo. «La Catedral» es otra pieza de inigualable belleza.
Sobre la relación que mantuvo el genio con Camille Claudel, prefiero pasar de puntillas, pues me parece detestable. ¡Nadie es perfecto, sin duda! Rodin pintó y sus acuarelas, magnificas todas, anuncian a un Matisse y a un Dufy. En ellas se muestra como un genial colorista que amaba, en su juventud, el colorido veneciano y que acudía al Louvre como copista siendo adolescente.
Imágenes del libro de Yvon Taillandier «Rodin». Ed. Flammarion, Paris, 1966.
Picasso y Matisse: el pintor y la modelo
El tema del pintor y la modelo es bastante recurrente en la pintura del pasado siglo. Henri Matisse, en el año 1935, se dibuja a sí mismo en la madurez, con su barba y sus gafas que le daban un aspecto de pulcro profesor, en el acto de retratar a las modelos. Nunca tuvo Matisse aire de pintor bohemio. Picasso, en los años treinta, en la célebre » Suite Vollard», trata el tema del escultor en su estudio y ya, con una edad más avanzada -sobre el año 1963 en Mougins-, comienza a tratar el tema del pintor y su modelo de forma obsesiva, llegando a realizar un centenar de aguafuertes, grabados, dibujos y óleos sobre lienzo. Ambos debieron sentir la necesidad de recrear el cuadro dentro del cuadro y, en el caso de Matisse, él, el pintor, se convierte en actor retratado en el momento de pintar a la modelo. No estoy segura de si Picasso se retrataba a sí mismo o a un «pintor arquetipo». La actividad artística vista desde fuera convierte al observador en un «voyeur» que «ve» lo que se desarrolla en el interior del taller, participando pasivamente de su actividad creativa. La imagen, por su naturaleza estática, es un gran hermano congelado. Picasso admiraba la obra de Matisse al que consideraba el más interesante, el que tendría mayor proyección en el futuro. La linea pura, exquisita del dibujo de Matisse es consecuencia del despojamiento de lo superfluo.
El dibujo de Matisse forma parte del libro «Matisse Line Drawings And Prints» de Dover Publications, N.Y., 1979.
Aurelio Serrano Ortiz, poeta
Las quimeras tomando el sol
El pasado día 23, miércoles para más señas, amaneció despejado y, a medida que iba avanzando la mañana, la temperatura era de verano-verano; los turistas se iban quedando en camiseta y las quimeras en lo alto de Notre Dame se lo pasaban de lo lindo viendo ese trajín incesante de gente que sudaba y comía helados. Un sol de otras latitudes resbalaba sobre el cuerpo pétreo de las quimeras: las unas en cuclillas, las otras en actitudes risueñas, todas tomando el sol antes de que el Alcalde Delanoë inaugurara oficialmente las playas parisinas.
Una cita con Julio Cortázar en Montparnasse
Acabamos de estar en París. París, oh là là, bien merece una misa -incluso para los republicanos-, y el susto de un viaje en avión entre turbulencias y aterrizajes de infarto. Tres días escasos e intensos; allí los momentos se escapan entre los dedos o se eternizan, según si estamos permeables, con todos los sentidos alerta para captar el otro lado de las cosas. Teníamos una cita con el Maestro en Montparnasse. Llegamos por el Boulevard Edgar-Quinet y entramos por la puerta principal; iba tranquila, acompañada del mejor guía que conozco; él, con el mapa en la mano, iba seguro entre el laberinto de tumbas. Yo, un poco rezagada, mientras subía por el paseo, veía a lo lejos cómo el Ángel del Sueño Eterno de la rotonda se iba agrandando, impasible en su pedestal o, por efecto, pensaba, del sol, se empequeñecía y era un traveling a su capricho. Mentalmente le retaba: esta vez no se iba a reír de mí, «¡me cachendió!», como diría el Maestro. ¡Esta vez la iba a encontrar, él me acompañaba! A la altura de l’Allée Lenoir estaba la tumba 23 , ¡por fin!, acompañada por la de Gaston Maspero, profesor en el Colegio de Francia y de la de Cesar Baldaccini, escultor; estaba pues bien acompañado. El acceso a su parcela terrenal estaba cercada: interdit, passage interdit, pensé acostumbrada como estoy a pensar en francés cada vez que piso los empedrados, los adoquines. ¡Ah, no!, nada ni nadie nos lo iba a impedir. Salvamos el obstáculo yendo por detrás de las cintas que agarraban árboles sin ningún sentido. La lápida está dividida en dos cuadrados blancos; en el de arriba, el nombre de su segunda mujer, Carole -es todo un caballero-, y en el de abajo su nombre, y las dos fechas en las que se encierra una vida. Sobre la tumba, un sin fin de billetes de metro, flores secas, notas, cigarrillos y escritos de admiración en rotulador azul y rojo -el dibujo- directamente sobre el mármol para que la tinta penetre de corazón a corazón. Sobre la tumba una escultura divertida, como no podía ser menos, que para mí es la representación y la esencia del cronopio, teniendo en cuenta la descripción que hace de ellos y de cómo se le aparecieron por primera vez en el entreacto de un concierto de obras de Stravinski dirigido por él mismo y en el cual Jean Cocteau recitaba «Edipo Rey». Fue en el año 51 y acababa de llegar a Francia. Había entrado en «état second», como dicen los franceses. Al fondo la torre de Montparnasse, como guardiana del descanso de quien no descansó en su hacer, en sus compromisos políticos, de amistad. Un rato conversando con él nos hizo más fácil el hasta siempre. Le dejamos una rosa roja fresca con dos notas y dos piedras, una blanca y otra redonda con un agujero en el centro a modo de cenicero; antes de volver sobre nuestros pasos compartimos unos cigarillos con él mientras un cuervo iba de una rivera a otra de l’Allée Principal. Y ¡me cachendió!, al Maestro lo han colocado en la rive droite!
Indignados: «Todos somos Dimitris» de Javier Valenzuela.
Magnífico y admirable artículo del siempre certero y sensible analista Javier Valenzuela el que publica hoy «El País». El veterano periodista nos acerca a la crisis griega -que es la de todos los países del sur- a través de su ajustada visión de la crítica situación que vive una Europa desconcertada, tomando además de la mano al comisario Jaritos, personaje del novelista policiaco Petros Márkaris, quien en su última novela, «Con el agua al cuello», nos sitúa en 2010. Este personaje va viendo el enriquecimiento de los distintos estamentos, el pelotazo inmobiliario, el todo vale, el despilfarro… y la estupefacción del hombre corriente de la calle ante un proceso alarmante al que ningún poder nacional ni puso ni pone coto. El paralelismo de lo que sucede con España es escalofriante. El periodista se hace la misma pregunta que nos hacemos los ciudadanos de a pie: ¿Cómo se ha llegado ahí? Y yo me pregunto también -como todos: españoles, portugueses, italianos, griegos- qué pasa con los responsables. ¿No haría falta un Tribunal Internacional para Asuntos Económicos donde juzgar a tanto criminal que se han enriquecido a costa de pueblos enteros. ¿Pedir esto es una ingenuidad por mi parte?, supongo que sí. El recorte de los servicios sociales, de las pensiones; el despido de funcionarios, de médicos, de enseñantes; el cierre de empresas; la asfixia de los autónomos… tiene que quedar impune? ¿Hasta cuándo la inyección de dinero a los bancos?
Valenzuela nos habla del suicidio de aquel jubilado griego, que nos conmocionó. Cuando nos enteramos del suicidio de Dimitris Christoulas de 77 años ante el Parlamento griego denunciando su precaria situación, fue como el aldabonazo que nos hizo ver realmente hasta qué punto la situación estaba destrozando la vida de los más débiles. Hay que leer el artículo. Yo no soy periodista ni tengo la capacidad ni el saber hacer de Valenzuela, pero me siento obligada como ciudadana a denunciar, desde esta pequeña parcela de opinión, algo que es aterrador de por sí y por las proporciones que día a día está adquiriendo. ¿Hasta dónde van a llegar los mercados financieros? En alguna manifestación he visto pancartas con guillotinas -soy pacifista convencida-, pero la reflexión de muchos es que a los franceses les fue muy útil a la hora de remediar el hambre del pueblo que no solo pasaba hambre sino que moría de hambre, mientras unos pocos, nobleza y monarquía, vivían en el más escandaloso de los lujos versallescos. No quiero ser alarmista, pero el hecho de que los jubilados no puedan vivir con dignidad en una sociedad avanzada denota no solo que quienes la gestionan son unos desalmados, sino que están perpetrando un auténtico terrorismo de Estado y, cuando la gente pierde la esperanza en el futuro de ellos y de sus hijos, los conflictos sociales pueden estallar en las calles. De hecho lo que se está produciendo es una brecha cada vez mayor en las clases sociales, soportando la clase media todo el peso de la crisis provocada por la usura de los de siempre.
Javier Valenzuela termina su brillante artículo así: «Los del sur no deberíamos dejar solos a los griegos. Todos somos Dimitris». Gracias, señor Valenzuela.
Recetas para épocas de supervivencia: Patatas al ajo cabañil

Pablo Neruda dijo de Miguel Hernández que tenía «cara de patata recién sacada de la tierra». No es un comentario peyorativo, sino la expresión de su unión con la tierra.
Esta receta lo mismo sirve «para un cosido que para un remiendo», expresión muy castiza de esta patria al borde del colapso fundamentalmente por dos enemigos del pueblo llano, a saber: los sinvergüenzas especuladores internos y los externos a nivel mundial. La receta, aunque simple y barata, alegra cualquier mesa, lo mismo acompañando unos huevos majestuosos con puntilla y rebordes de gorgueras felipianas de El Escorial, que unidos a cualquier exquisitez de casquería ( higaditos, criadillas, riñones…), tan desnostada por los cardiólogos y, por eso mismo, tan exquisitas y de pecado mortal.
Patatas al ajo cabañil.
Ingredientes: aceite, patatas, ajos y vinagre.
Cortamos las patatas en rodajas finas, como para tortilla española, y las freímos en abundante aceite a fuego vivo y bajamos luego a fuego suave para que queden blandas. Reservamos las patatas. Picamos bastantes dientes de ajos, como para asustar a un regimiento de vampiros, y los ponemos en la misma sartén, rehogamos y, sin que lleguen a tomar color, añadimos las patatas. Regamos con abundante vinagre y seguimos rehogando un poco más. Et bon apetit!








