62 Modelo para Armar, la tercera novela de Cortázar

Interior del restaurante el «Polidor». Foto: Bárbara Carpi.

«62 Modelo para Armar», tercera novela de Julio Cortázar, arranca en el «Polidor», un restaurante alsaciano ubicado en la rue Monsieur le Prince. Para situarnos mejor, esta  larga calle está el lado del famoso teatro Odeón d0nde, aparte de ser escenario de grandes representaciones, fue testigo de las asambleas y encierros del mayo del 68. En la rue Monsieur le Prince, en la actualidad, podemos encontrar el  restaurante japonés más barato de todo París, un restaurante indú, uno marroquí (excelente) y el «Polidor» de siempre, de rotunda comida casera alsaciana. El restaurante, para aquellos que conozcan la novela, está como debía estar entonces: las mesas populares con sus manteles típicos de cuadros, los espejos, el viejo reloj de pared, el aguardiente de cerezas… En un día cualquiera, es recomendable, si se quiere encontrar mesa (que a lo mejor debe compartir), acudir no más tarde de las dos. El ambiente es agradable y familiar.

En la novela el protagonista acaba de comprar un libro -que bien pudo ser en la misma calle, pues existen varias librerías en ella-, libro que probablemente no va ha leer, acaba de pedir una botella de Sylvaner sin saber muy bien porqué y acaba de oír: «Je voudrais un château saignant, había dicho el comensal gordo…».

Baudelaire. Las flores del mal

Bárbara Carpi. Öleo sobre papel. Colección privada.

De Baudelaire está todo dicho. Nada mejor que dejar ahí estos versos de «Cuadros parisienses» del libro «Las flores del mal».

 

PAISAJE

 

Es dulce ver surgir, a través de la bruma,

La estrella en el azul, la luz en la ventana,

Los ríos de carbón que se elevan al cielo

Y la luna que vierte sus pálidos hechizos.

Veré las primaveras, los veranos y otoños,

Y al llegar el invierno de monótonas nieves,

Cerraré por doquier postigos y mamparas,

Para alzar en la noche mis feéricos palacios.

La fuente de los Medici en el jardín de Luxemburgo

Fuente de Margarita de Medici- Jardín de Luxemburgo. Foto Bárbara.

Antes del cambio climático, el verano en París era una delicia; y no es que ahora no lo sea, la diferencia estriba en el atuendo y en los grados. Me explico: por las mañanas, tras un potente desayuno a base fundamentalmente de pan con mantequilla y litros de café que nos preparaban las monjitas de Foyer Notre Dame, salía una a la calle con su rebequita de punto por los hombros y una  fresca brisa acompañaba el paseo hacia la Sorbona o a hacer pellas en el Luxembourgo. Yo, por otra parte, no hacía ni lo uno ni lo otro, ni me había apuntado a ningún curso de verano para extranjeros ni, por consiguiente, podía hacer pellas. Lo mío era otra cosa, lo mío era ser una flâneuse (ya saben, paseante sin rumbo por la ciudad). Bueno, a lo que iba, con la brisa mañanera pasear era el mejor de los oficios. ¡Todo París y todo el día por delante! A mediodía la rebequita fina de punto terminaba en la capaza ibicenca, mientras tomaba el sol en las Tullerías o en la plaza de los Vosgos. La hora de comer me podía encontrar en cualquier parte; a veces comía en un autoservicio en Cluny muy barato o, si estaba en el Marais, una baguette de atún estupenda: pero si estaba rondando por Saint Michel, ya procuraba conprarme una de jamón o un kebab con pan de pita y salsa de yogur por el lateral de la iglesia de San Severin. Entonces, con la comida y la rebequita de punto en la capaza subía por el Boulever Saint Michel hasta llegar a la Place Rostand. Allí las verjas del Luxemburgo abiertas de par en par me dejaban pasar con connivencia hacia el paseo que conduce al estanque; como el tiempo era tan bueno y no hacía calor, sino que en pleno verano el tiempo era primaveral, se podía comer perfectamente en una de esas sillitas verdes de hierro a pleno sol, dando de comer a los gorriones o a las palomas (estas son más lentas y, cuando llegan los gorriones, se lo han comido todo). Las mejores siestas las he dormido en el Luxemburgo bajo sus frondosos árboles, sobre el césped verdemente esponjoso; sacaba la rebequita de la capaza ibicenca y a modo de almohada  me dejaba ir en brazos de Morfeo.

Ahora lo que sucede es que en el mes de las flores, mayo, ni se te ocurra ir con rabequita; de primavera nada y, si pretende una pasar el rato de la siesta, tiene que buscar con desesperación el único lugar fresco de todo el jardín: la fuente de los Medici. Hay que reconocer el mérito a los jardineros que han diseñado este espacio umbrío, dulce y acogedor donde al frescor vegetal se une el murmullo del agua de la fuente. Pero hay que matar por una silla, por la parcelita que ocupa la silla, porque detrás de cada una se prolonga una fila de aspirantes descorazonadora. Recomiendo París en otoño o mejor en invierno, donde todavía París es lo que era.

Fuente de Margarita de Medici (fragmento). Foto Aurelio Serrano Ortiz.

Marc Chagall y la Estirga.

Marc Chagall: «El monstruo de Notre Dame». Óleo sobre lienzo. 1953. Colección privada.

La fascinación por la Estirga a través del tiempo es evidente. El pintor bielorruso Marc Chagall no pudo tampoco sustraerse a su poder evocador y enigmático. En el cuadro reproducido, el pintor hace sobresalir de manera elocuente a la Estirga (mi pobre quimera llamada injustamente monstruo) de la galería de Notre Dame dotándola de unas proporciones desmesuradas y teniendo por compañera a una paloma u otro pájaro diciendo pío pío (quizás un gorrión enorme). Es probable que el pintor conociera la foto de Brassaï. El cuadro en tonos azules muy chagallianos está construido con todos los elementos que caracteriza su obra; no faltan los personajes flotando ni un Sacré Coeur diminuto en el lateral izquierdo. Chagall es un pintor, diría que incalificable; por otra parte, de una singularidad y originalidad al margen de escuelas (lo suelen incluir en la llamada «escuela de París», en la que cabía de todo),  aunque  por el tratamiento temático pueda sugerirnos lo onírico y llevarnos al surrealismo, el tratamiento del color al fovismo y notarse al final el influjo del cubismo picassiano; su  falta de perspectiva y lo naïf se suman además al folclore ruso (de forma latente), dando como resultado final una obra sumamente expresiva, de una originalidad prodigiosa. El cuadro llamado «El monstruo de Notre Dame» se expuso recientemente en Madrid en la «Casa de las Alhajas» de Caja Madrid, exposición conjunta con el Museo Thyssen.

Adonis: el poeta sirio del «movimiento del verso libre». ¿El Nobel para cuándo?

Visor Libros. Madrid. 2010.

Lo que está pasando en Egipto en estos días, con las elecciones que aún no dan un claro resultado; lo que está pasando esta noche en la plaza Tahrir, con la manifestación multitudinaria en el lugar que insufló esperanza hacia un futuro mejor; en este escenario que hemos seguido desde la «primavera árabe», todos los ciudadanos democráticos del Mediterráneo, hermanos de cultura, de música, de civilización compartida, a todos ellos, estos hermosos versos de «Adonis», Ali Áhmed Saíd Ésber.

Marrakech/Fez

( El Espacio Entreteje la Interpretación)

Di: Vaga el tiempo

entre bruma diáfana que tiembla,

no de vapor ni polvo

sino de aliento humano.

Di: LLagas y escombros la historia,

exhala el presente olor a paja,

Di: Los esclavos al poder.

Di: He aquí los días ornados por el crimen.

¡Sin duda! Agoniza una cultura en este civilizado establo.

Entre las calles de los Joyeros y los Cristianos,

regiones mendicantes donde se hacinan

glorias de turbantes y candiles

errando por los calzones del horizonte.

¡Sin duda! Algo que arroja Bab El Asá,

se tensa en Bab El Bahar

 y casi estalla en Bab El Barud.

Murmullos devoran las distancias.

¿Cómo abrir agujeros para que sople el aire?

(Fragmento)

Leopold Sedar Senghor: poesía de la negritud

Luba (pueblo de Katanga y kasai). Apoyanuca. Copenhague, National Museet.

Senegalés ilustre, fue miembro del Consejo de Europa, diputado por Senegal en la Asamblea Nacional Francesa y ministro del gobierno francés.  Fue profesor en la Escuela Nacional de la Francia de Ultramar y, en 1960, primer  presidente de la República del Senegal. Nació en Joal (Senegal) en 1906, perteneciente a la tribu serere;  estudió en Dakar y en la Sorbona. Tras un periodo de rechazo anticolonial, fue vertebrador del concepto de la Negritud y del retorno a las fuentes africanas.

El regreso del hijo Pródigo (fragmento)

Y de nuevo mi corazón sobre el escalón de piedra, bajo

la gran puerta de honor;

Y se estremecen las cenizas tibias de Hombre con ojos de

centella, mi padre.

Sobre mi hambre el polvo de dieciseis años años de errabundez

y de la inquietud de todos los caminos de Europa.

Obras publicadas: Chants d’ombre; Hosties noires; Anthologie de la nouvelle poésie negre et malgache; Nocturnes; Negritud y humanismo, entre  otros.

¡Pasmados, así estamos!

Vesalius, dibujo. Del libro de Reginald Marsh «Dibujo anatómico artístico». Ed Gustavo Gili. Barcelona 1951.

Recogida, de un antiguo recetario, la clasificación que hace un médico muy viejo de los distintos alimentos que forman el régimen alimentario adecuado para vivir mejor; según él, «ni los técnicos ni los profanos suelen tener en cuenta, al ocuparse del asunto, que la alimentación no tiene más objeto que compensar las pérdidas del organismo.

«Tratándose de individuos fisiológicos, sin la más pequeña intervención de la patología en su organismo, el régimen debe ser mixto  de carnes, pescados y vegetales, pero sin olvidar, y esto es muy importante, que todos nuestros órganos funcionan por excitación. Con arreglo a ello, los alimentos pueden clasificarse en dos categorías (excitantes y nutritivos). Los primeros, si por la cantidad se los quiere hacer excitantes arruinan el estómago; los segundos, si por cantidad se pretende hacerlos nutritivos sobre arruinar la víscera digestiva, derrumban el organismo.

«En pocas palabras, las sustancias muy nutritivas deben ingerirse solo como tales, en prudencial cantidad, confiando la acción excitadora que precisan otras sustancias que, ejerciendo casi solo aquella, contribuirán a un equilibrio fisiológico, único capaz de hacer pensar que la vida vale la pena vivirla».

¡Bravo y olé! Para mí que podría ser, referido a nuestra economía, situación de la banca patria y demás, un discurso de nuestro presidente en el Parlamento europeo; este podría quedar así: «Ni los técnicos ni los profanos suelen tener en cuenta, al ocuparse del asunto, que la banca no tiene más objeto que compensar las perdidas del organismo (el suyo).

«Tratándose de entidades financieras, sin la más pequeña intervención de la patología en su organismo (tenemos el mejor sistema bancario europeo), el régimen debe ser mixto en deuda, bonos, pero sin olvidar, y esto es muy importante, que todos nuestros órganos funcionan por excitación; con arreglo a ello, las ayudas pueden clasificarse en dos categorías: excitantes (para la banca ) y nutritivas (que alimente a la banca). Los primeros, si por cantidad se les quiere hacer excitantes, arruinan al país; los segundos, si por cantidad se pretende hacerlos nutritivos sobre arruinar el estómago de la gente, derrumban el país (todo no se puede tener).

«En pocas palabras, las sustancias muy nutritivas para la banca deben ingerirse solo como tales, en prudencial cantidad, confiando la acción excitadora que precisan otras sustancias que, ejerciendo casi sola aquella, contribuirán a un equilibrio bancario, único capaz de pensar que la vida vale la pena vivirla». Estupefacción en el hemiciclo europeo. «Es muy gallego» dicen los del PP cerrando filas.

Brochetas de riñones de cordero rebozadas

 

Picasso: «El hombre del cordero», escayola (vaciado a la romana).1943. Museo Reina Sofía, Madrid

No es esta una receta para prepararla todos los días por aquello del colesterol, pero tampoco hay que hacer caso a todo lo que nos dicen, miren si no lo que está pasando: no estamos en crisis, no nos han rescatado ni vamos hacia el «corralito» ni Mariano está mising… en fin.Y digo yo que, mientras podamos seguir haciendo la compra, vamos a darnos una alegría.

Ingredientes: 1/2 kg. de riñones de cordero. 150 gr. de tocino de jamón, 2 huevos, pan rallado, brochetas medianas de madera, vinagre en abundancia.

Limpiamos bien de pellejitos los riñones y los cortamos en rodajitas; en un recipiente lleno de vinagre los lavamos a conciencia, cambiando el vinagre varias veces hasta que queden limpios como una patena -es un decir-. Aclaramos con agua sin escatimar el líquido elemento. Los secamos bien. Ensartamos las rodajitas de riñón alternándolas con dados de tocino de jamón o bacón. Batimos los huevos, pasamos las brochetas por ellos y a continuación por el pan rallado. Freímos las brochetas en aceite muy caliente y las escurrimos en papel de cocina. Se pueden acompañar de una ensalada, una escalibada o  de un arroz pilaf o al curry.

Tesoros ocultos al descubierto.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un sinfín de obras de arte fueron destruidas o se les perdió la pista y, consecuentemente, se consideraron desaparecidas. Cuando la Alemania nazi invade Rusia, los daños ocasionados a su patrimonio fue considerable. Con la entrada de los aliados en la Alemania derrotada, se produce una dispersión de obras de arte por parte de los distintos estados vencedores; unos, con intención de salvaguardar las obras; otros, con el mismo interés aunque con el sentimiento de justa recompensa por los irreparables daños sufridos; y todos,  técnicos encargados de llevar a cabo esta acción, según las órdenes recibidas por sus respectivos gobiernos. El soviético encargó que, por vía férrea, fueran llevados a diversos museos rusos obras en poder de marchantes alemanes pertenecientes a diversas colecciones privadas -sin olvidar que el gobierno nazi antes había despojado a propietarios judíos de sus colecciones particulares-. Con la posterior guerra fría las cosas no sufrieron cambio alguno. En la primavera de 1995, en la ciudad de San Petersburgo se celebró una exposición, «Tesoros ocultos al descubierto», con la muestra, por primera vez, de 74 cuadros que han permanecido ocultos durante medio siglo en los almacenes del Museo Estatal del Ermitage. Estas obras, perfectamente cuidadas y conservadas, mantenían la frescura del momento en que fueron creadas. La mayoría estaban sin catalogar y poco o nada se sabía de ellas, dado que muchos marchantes guardaban obras de grandes pintores esperando la mejor ocasión y que el mercado les fuera favorable, a fin de obtener el precio más elevado. La relación de los artistas expuestos es impresionante: Delacroix, Corot, Renoir, Pissaro, Cézanne, Degas, van Gogh, Gauguin, Monet, Picasso, Matisse, Rouault, Toulouse-Lautrec y un largo etc. El libro «Tesoros ocultos al descubierto», editado por el Ministerio de Cultura de la Federación Rusa y el Museo del Ermitage (Ediciones Polígrafa en España, Barcelona  1995) de Albert Kostenevich, conservador de pintura moderna en el Museo Estatal del Ermitage, da fe de todo ello.

De paseo por el Louvre

Capitel persa. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Capitel persa,  visto de frente, de una columna de la Apadana  (sala de audiencias) del palacio de Darío I en Susa (circa 510 a. C.)