Bajando o subiendo; mejor, contando días hacia atrás. ¡Ya te queda menos, ma belle! Fue en abril de 2005. Desde aquí, te recuerdo con todo el cariño del mundo.
Para muchos las vacaciones se han acabado; otros comienzan las suyas en esta segunda quincena de agosto soñando con las playas y el sol. En los pueblos se celebran las fiestas patronales, tan diversas y divertidas como la de la tomatina en Buñol, la de san Roque en Vila García d’Arousa a base de chorros de agua y la de tantos rincones de la Península y de las islas, sin olvidar que en Barcelona se celebran la de Gracia, la de la Paloma en Madrid, los Lorenzos en Huesca… El mes de Agosto es el mes festivo por excelencia donde la gente se lo pasa bomba.
Egipto se desangra. El hermoso país está a punto se sucumbir, otra vez, bajo la tiranía del totalitarismo. Los militares deben volver a los cuarteles y dejar que sea el pueblo el que cree un gobierno civil. El abandono del premio Nobel de la paz del precario gobierno de emergencia es la señal más preocupante de que la situación es crítica. El pueblo votó a los hermanos musulmanes y estos ostentaban el poder de forma legítima; si se decantaron peligrosamente hacia el recorte de libertades de la mayoría en detrimento de los que no enarbolaban la bandera religiosa, de los que aspiraban a un estado civil democrático, se deben dar cuenta de que el partido que sale ganador en las urnas debe gobernar para todos y no para una facción; su responsabilidad es indudable y por culpa de ello Egipto ha perdido una ocasión histórica de tener un gobierno democrático salido de las urnas. Esta forma partidista, excluyente de gobernar ha sido la chispa que ha hecho estallar el descontento y la excusa para que los militares que sustentaron a Mubarak estén ahora aplastando las manifestaciones, asesinando impunemente y quién sabe si con la finalidad de seguir ostentando el poder como hasta hace poco. Mientras, las calles se llenan de cadáveres. El secuestro de Morsi no soluciona nada, solo demuestra que los militares siguen en el poder. Naciones Unidas como siempre no hace nada. Después de la primavera árabe, vivida por los ciudadanos de El Cairo, de Alejandría y otras ciudades con la alegría y la fe en un cambio real en que los egipcios manifestaron su exigencia, ya, de tomar las riendas de su destino como pueblo, qué hace falta para que los organismos internacionales se hagan eco de su grito de libertad y no oídos sordos. Me pregunto si Naciones Unidas sirve para algo más que para emplear a muchos funcionarios, porque si no sirve para nada más que para acallar las malas conciencias más vale que se disuelva de una vez por todas. En todo el mundo somos muchos los que vivimos angustiados, siguiendo día a día los acontecimientos, el desarrollo de esta crisis que tememos pueda desembocar en una guerra civil, ojalá se imponga la cordura y mientras Siria…
Hablando sobre sexualidad, Marguerite Duras dijo: «Hay que amar mucho a los hombres. Mucho, mucho. Amarlos mucho para amarlos. Sin esto, no es posible, no se les puede soportar».
Siempre me he preguntado hasta qué punto una obra póstuma, sin retocar, sin pulir, a veces solo un borrador tiene que ser dada a la imprenta. Las editoriales, cualquiera de ellas, que tuvieran la oportunidad de publicar una obra inédita de un autor consagrado no dudarían en hacerlo. Los herederos legales tienen ante sí un gran dilema ; y yo me pregunto si la mayoría de las veces los guardianes del legado de una obra se cuestionan si el autor hubiese querido verla publicada; ¿se respeta la voluntad de los autores que sin duda nada pueden objetar o priman los resultados económicos? Y si me lo cuestiono es porque considero que nadie querría ver publicada una obra incompleta e inacabada, máxime si, en la trayectoria de un autor, la experimentación es una constante que impulsa los esfuerzos en una dirección que, como en el caso de Virginia Woolf, siguiera la «stream of consciousness» que iniciara Dorothy Richardson, igual camino que recorierron Faulkner y Joyce. Con todo ello no quiero decir que considere que «Entre Actos» sea una obra menor, pero sí cabe preguntarse qué habría añadido, borrado, soslayado…, porque hay algo nuevo en esta novela: ¿un sentimiento trágico o el fatalismo que la llevó al suicidio en el río Ouse?
Dicho todo lo cual confieso que esta obra póstuma siempre me ha gustado; la he leído y releído y, como todas las de la autora de «Orlando», me gusta mucho cómo está escrita. En sus últimas novelas: «Las olas» y «Los años» el tema del paso del tiempo está omnipresente, pero es en su obra capital, «Orlando» donde el tiempo se convierte en el sujeto, el verbo y el predicado. Si «Orlando» la hubiese firmado un hombre, estoy segura que hoy figuraría como uno de los grandes hitos de la literatura inglesa de todos los tiempos. Y lo es sin ningún género de duda, aunque todavía muchos intelectuales confiesen que no la han leído.
Virginia Woolf nació en 1882 y se suicidó en 1941. Junto a su marido Leonard Woolf, con el que se casó en 1912, fundó la Hogarth Press, lo que permitió la publicación de obras vanguardistas de autores como Joyce. En 1915 Virginia publica su primera novela «The Voyage Out». Formó parte junto con Roger Fry, Lytton Strachey, J. M. Keynes, E. M. Forster, del grupo de Bloomsbury -nombre del barrio londinense algo bohemio donde residían-, círculo de intelectuales, pintores, escritores donde las emociones estéticas eran, además, el motor de las relaciones y afectos personales. Alrededor de las hermanas Stephen, Vanessa y Virginia se aglutinó el brillante círculo que tanto influyó en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX.
Fanaticón y receloso, Lobo lunar sostenía el peso de la noche. Una frase zumbaba sobre el paisaje; incómodo el modo de traspasarlo, si es que, carajo, hay modo. Los escarabajos peloteros, llenos de mierda, jugaban al ping-pong; monumental el desorden en el camino que, fluctuante, emergía entre los helechos eléctricos, galvanizados. Los dioses lares fueron propicios a Caperucita que, inconsolable ante la muestra simbólica de la magia, se despachó a gusto con el lobo. Carioca la luna de agosto lloraba mojitos, carioca la luna; pendón el lobo, que con tanto desorden no hay modo.
En el corazón de Saint Germain se encuentra el bistro Relais Odeon, fundado en 1900. Comer a mediodía en el interior, por aquello de la canicule del verano, está muy bien o cenar en la terraza casi mejor; en cualquier caso otra opción como es tomar el aperitivo siempre es una delicia; los domingos se puede tomar un brunch, que para los dormilones está más que bien. Este Restaurante-Brasserie está muy cerca del «Procope», del que ya hemos hablado en otras ocasiones. París ha conservado los establecimientos emblemáticos sabiendo que estos, lejos de envejecer con el paso del tiempo, se ennoblecen y nos hacen soñar con otras épocas en las que la ciudad era la inspiración del mundo.
Leonard Cohen dijo: «Mi reputación de mujeriego fue un chiste que me hizo reír con amargura las diez mil noches que pasé solo».
El tiempo veraniego propicia el paseo y, paseando por el Museo del Louvre, nos encontramos con este curioso cántaro beocio del siglo VI. Una de las asas está reemplazada por el hocico de un jabalí y en la otra vemos, con sorpresa, un ojo -de quién o de qué especie, no lo sabemos-. Un dios con cuerpo de serpiente sujeta un pez con una mano y dos delfines colocados como al azar y una palmeta completan el conjunto; se puede decir que la decoración es debida a una tradición popular más que a un estilo definido.