Si hay un pueblo al que quiero y admiro es al del País Vasco. Sus gentes son solidarias, veraces y cariñosas como pocas, no tienen pelos en la lengua porque son sinceras y sin dobleces. No me lo han contando, lo sé porque he vivido en Vizcaya y me han dado pruebas de todo ello. Llegué a Musquiz, un precioso pueblo costero, sin conocer a nadie; mi marido, como funcionario de la enseñanza, fue destinado allí y de buenas a primeras tuvimos que incorporarnos al inicio del curso escolar. Solo llevaba un nombre escrito en un papel y ese nombre de un desconocido fue nuestra tabla de salvación; fue el samaritano que hasta nos encontró piso, algo realmente difícil, pues hacía años que la construcción estaba parada y no había pisos en alquiler. Este señor, todo un caballero, nos ofreció su amistad y la de toda su familia, como si nos conociéramos de toda la vida. Y su amistad, al cabo de los años, es un tesoro que llevamos en el corazón. Los escasos tres años que pasamos allí fueron de los mejores de nuestra vida. Nuestro hijo, que apenas andaba, durante años siguió diciendo que él era vasco, tal era su identificación con todo lo hermoso que hay allí, jugaba en aquellas campas siempre verdes rodeado de cariño y nos hicieron sentir que pertenecíamos a aquel lugar. Uno de los recuerdos más bonitos, ligado a Musquiz, es revivir el momento en que llegamos a la playa y por primera vez nuestro pequeño vio el mar; sus ojos se llenaron de lágrimas y se me abrazó emocionado; nunca olvidaré ese momento. Estoy segura de que, si el Ministerio no nos hubiera desplazado, seguiríamos allí; ninguno queríamos irnos. En ningún otro sitio he visto tratar a los niños como allí; cuando uno de ellos hacía algo reprobable cualquier persona podía afearle y corregir su conducta, sin que nadie se sintiera ofendido por ello; era como si la sociedad entera se preocupara por ellos y los sintiera suyos. En fin, podría no parar de contar; he visto ejemplos de solidaridad increíbles, como que, cuando una empresa despedía a trabajadores, en las tiendas no les cobraban diciéndoles: ya me lo pagarás cuando puedas… o no, o caceroladas de todo el pueblo en la calle por causas justas. Nuestras familias estaban preocupadas lógicamente, desde fuera se vivián las cosas de otra manera. Todo esto viene a cuento por el anuncio de E.T.A. de disolverse. Por fin. De hecho estaba liquidada. Debo decir que aunque mi marido estaba amenazado por la banda por ser funcionario, como todos los funcionarios del estado, nunca tuvimos miedo en el día a día; pienso que vivir como vivíamos rodeados de gente tan increíblemente «personas», tan generosas y valientes nos inoculaba el mejor de los genes, el de la : «humanidad».