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Gentileza del «Procope»

 

Uno de los salones comedor. Foto: Bárbara

Uno de los salones comedor. Foto: Bárbara

Estas fotos del interior del «Procope» se las debemos a la gentileza del personal que nos dejó hacerlas antes de que se abriera al público.

 

Uno de los salones comedor. Foto: Aurelio

Uno de los salones comedor. Foto: Aurelio

Café y restaurante Procope

Café Procope. Foto_ Aurelio

Café Procope. Foto_ Aurelio

Hay lugares con historia, con sabor que merecen ser conocidos. El «Procope» es uno de ellos. Milagrosamente se mantiene igual que siempre, como si el tiempo hubiera pasado de puntillas. A mí me emociona saber que Robespierre, Voltaire, Benjamin Franklin, solo por poner algunos ejemplos, se reunían en sus salones para discutir, polemizar,  hacer tertulias literarias o para conspirar, que de todo saben sus paredes. ¡Oh, si ellas nos pudieran hablar! Los amantes de lo esotérico seguro que darían lo que fuera por hacer una sicofonía para poder recoger las palabras de tan ilustres contertulios. En pleno corazón del barrio de Saint Germain-des-Prés, más concretamente en la rue Saint André des Arts, se encuentra el Procope, donde sus distintos salones nos acogen para transportarnos al siglo XVIII. Sé de buena tinta que allí sigue la mesa donde Voltaire escribía y tomaba litros de café.

Café Procope. Foto: Bárbara

Café Procope. Foto: Bárbara

«Souvenir» de La Exposición Universal de 1889, París.

Recuerdo de la Exposición Universal de París, 1889. Entrada. Porcelana. colección particular.Foto: Bárbara.

Recuerdo de la Exposición Universal de París, 1889. Entrada principal. Porcelana. Colección particular.Foto: Bárbara.

A veces las cosas se encadenan por si solas sin que sepamos  muy bien por qué. Después de poner en el blog las dos fotos de La Tour, el domingo pasado estuve en el campo. Era un día espléndido de invierno, con un sol radiante que calentaba los naranjos y las lagartijas somnolientas eran un poema de felicidad. Mi perra y «Mateo» corrían alrededor de la piscina como locos, persiguiendo a un gato blanco. Como el gato era raudo y veloz, esquivó a los perros sin problema alguno, quedando estos con dos palmos de narices, resoplando y sin pieza. El aire se disfrutaba como un caramelo. El suelo se adornaba con las naranjas que los árboles no contenían ya. Paseando buscábamos que el sol  nos atendiera con el mismo mimo que hacía con el resto de las cosas. La casa nos aguardaba; nos aguardaba con sus tesoros. El día iba avanzando perezoso mientras degustábamos un arroz delicioso. La casa es un museo privado, donde hemos pasado ratos inolvidables, tanto por lo que contiene como por la hospitalidad y la calidad humana de sus dueños. Ha sido y es lugar de encuentro de los amigos, de la familia, siempre centro de reunión, de tertulias, de noches alrededor de un fuego, de cantos y de risas. Cada rincón tiene una foto exquisita; he visto fotos magníficas hechas por un gran profesional que ha sabido captar la atmósfera que se respira. Como amateur, cogí la máquina; nadie se podría resistir a la tentación. Y ella, la dueña y anfitriona, me mostró algo que se encadenaba con el señor Eiffel y La Tour: un «souvenir»  en porcelana de la Exposición Universal de París de 1889. Tantos años visitando la casa y ahora, en ese momento… esto. La vida es así y nos depara estas sorpresas.  Gracias, María Teresa. Tu casa, una casa vivida.

Solo un apunte sobre la Exposición Universal de 1889: se celebró para conmemorar los cien años de la toma de la Bastilla y para -digo yo- que no se nos olvide lo de: Libertad, Igualdad y Fraternidad. El pabellón de Argentina se llevó todos los premios. Y la dame Eiffel asombró al mundo hasta nuestros días.

La Tour 2

"La Tour desde fuera". Foto: Bárbara.

«La Tour desde fuera». Foto: Bárbara.

Ya que estamos aquí, esta otra toma desde fuera, nos permite ver la grandeza de esta obra de ingeniería que debió maravillar a los visitantes de la Exposición Universal y que nos sigue maravillando aún. En mi opinión el señor Eiffel fue un genio y hoy se sentiría feliz al ver como cada atardecer La Tour arde a lo bonzo con millares de luces intermitentes o lanzando haces luminosos que barren París en todas direcciones. A veces, tú que vives en París me cuentas que la bruma espesa de algunos días de invierno envuelve y hace desaparecer los últimos pisos y que es como si alguien os hubiera robado algo importante de la ciudad. ¡Daría lo que fuera por estar allí y tomar esa foto!

La Tour

"Desde el interior de la Tour". Foto: Bárbara.

«Desde el interior de la Tour». Foto: Bárbara.

Torres hay muchas, pero «La Tour» es solo una. La torre por excelencia es la del señor Eiffel. No solo es el símbolo de París, es su esencia de ciudad luz. Encendida de noche, es el faro guía que nos sitúa en el mapa. Con ella presente desde cualquier lugar de la ciudad es imposible perderse. Adoro el entramado de hierros que la conforman. Durante años me negué a subir por no desentrañar sus enigmas, por otro lado indescifrables para alguien como yo, de letras -no se conoce en el mundo una ingeniería en latín o en sánscrito, por lo menos que yo sepa-.

 Su belleza férrea ha ido ganando con los años; unas veces -cada siete años estrena pintura- es verde, otras de un color praliné delicado… Sea cual sea su maquillaje, ella está impecable con esa belleza elegante de proporciones majestuosas. Es en definitiva la mejor representante de la elegancia parisina, que tanta envidia genera en otras latitudes.

La pequeña gárgola de la Sainte Chapelle

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Aunque no lo parezca esta gárgola está situada en un edificio del recinto de La Sainte Chapelle. Parece -por su tamaño- una prima pequeña de la Estirga. Puestos a imaginar podemos imaginar cualquier cosa.

Un edificio muy estrecho

Rue Lagrange, Barrio Latino Paris. Foto Bárbara

Rue Lagrange, Barrio Latino Paris. Foto Bárbara

No es esta la casa más estrecha de París, aunque el edificio exento de la foto nos lo pueda parecer. Siempre me ha fascinado este edificio en medio de la calle, esbelto, majestuoso, altivo y que no se apoya en ningún otro. Solitario como un barco anclado en el cemento. La otra casa, la más estrecha de París tiene, si no recuerdo mal, una puerta y encima unas ventanas montadas la una encima de la otra; la fachada no da para más. En los paseos en barco por el Sena se nos indica dónde está situada esa casa que da al río y que fue compartida por dos personalidades notables de la cultura francesa, la memoria me juega malas pasadas y ahora no recuerdo quienes eran.

La Estirga y el poseedor salvaje de los vientos.

La Estirga. Foto: Bárbara.

La Estirga. Foto: Bárbara.

Llueve charol noche sobre la torre. Los ojos brumosos de la Estirga y los de los puentes, trianeros de postín, se hermanan en pundoronosos conciertos. Eolo lanza semicorcheas. En lo alto, torpe y toscamente surtida por el poseedor salvaje de los vientos, sierra la galantería de una nube que atraviesa la luna.

En silencio, sesgada, cae sobre el Sena. La Estirga se contempla en el espejo.

La luna remienda con suspiros le Pont-Neuf que pone en solfa el servicio de un juego de naipes. La borrachera mordaz y la morfina de Morfeo bajo los ojos estirgosos que miran la fortuna de los truhanes. La seriedad del talento de Séneca sella el sabor de los surtidores. Arriba en los tejados, en las buhardillas, la solera de la viga soslaya el réquiem con el arco atravesado de un violín.

El adagio de Albinoni sortea la tachuela que el orín origina en el hierro ondulante.

El poseedor salvaje de los vientos azota a la Estirga que se desgreña en greguerías.

Séneca y Ramón Gómez de la Serna.

Les toilettes de Paris

Bajada a la toilette de «Les deux Magots». Foto: Bárbara.

Los aseos en París con más glamour tienen una cualidad muy particular, jamás suben, siempre bajan. Los aseos de los locales con más «sabor», esos que se mantienen en el tiempo inalterables, como fosilizados. imperturbables a los cambios inmobiliarios, esos transmiten a los viajeros apasionados parisinos una sensación perenne de estabilidad emocional. La cuestión radica en que todos ellos, los aseos, las toilettes, se ubican en el «infierno» del local. Lo mismo da que la bajada sea orlada de maderas nobles o no, la seguridad que transmiten al enamorado de la ciudad es que, así pasen cien años, las toilettes permanecerán tal como las conocieron con veinte años. Las toilettes de París con más «glamour» perduran inalterables. El tiempo las respeta lo mismo que a la Tour o a la Madelaine. Quien no conoce las toilettes de París  no sabe lo que se pierde.