Novela: Aparece el primer muerto.
Cuentos: Ricardo Lambea llega a su destino. Fin del primer cuento.
La pirámide de cristal que tanto admiramos en el Louvre, construida bajo el auspicio de Miterrand, no hace más que continuar la «tradición», la línea que une la antigua leyenda sobre la fundación de París y los ritos egipcios. Según esa antigua leyenda, ya los druidas crearon en la isla de la Cité un núcleo de población, que dio origen a la actual ciudad, donde se practicaba el culto a Isis. Desde la antigüedad el culto a Isis, diosa madre que amamanta a su hijo, floreció en Barís, nombre que por el fuerte acento del norte de las Galias originaría el nombre de París. En el antiguo escudo de la ciudad aparecen las abejas y una nave llevando a Isis. Los druidas elegían islas para levantar sus templos; en la Cité estaba el de Isis sobre cuyas ruinas se construyó Notre Dame. La llegada de Isis se celebraba el 3 de enero.
En un manuscrito de la obra de Boccaccio «De claris mulieribus» conservado en la Biblioteca Nacional de París hay una miniatura en la que se ve una figura sentada llegando en una barca a la ciudad; bajo ella comienza el capítulo así: «La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios». Barís era el nombre de la barca y el núcleo así llamado era una ciudad fluvial e Isis la diosa que tuvo su templo primero no lejos del Sena en la que hoy es la iglesia de Saint Germain-des-Prés (el templo más antiguo de París). El cristianismo adopta, mejor dicho, asimila la figura de la diosa madre y la figura de su hijo, de la misma forma que al estudiar los estratos de cualquier iglesia vemos que sobre lo que ha sido una basílica visigoda se superpone una iglesia cristiana, luego una mezquita etc; la palabra nave de una iglesia es en realidad la nave de la diosa Isis, e Isis el origen de todas las religiones.
Los masones, que alentaron la revolución francesa, tenían la idea de sustituir el cristianismo por los valores de la razón. Al pueblo había que ofrecerles unos símbolos diferentes. Tras la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, y finalizada la revolución, Robespierre decide que hay que construir un monumento con las piedras de la demolida prisión; en principio, cuatro años atrás se pensó en una pirámide, mas finalmente se elevó un monumento dedicado a Isis. El monumento medía seis metros de alto e Isis, sentada en un trono, estaba custodiada por dos leones.
Para recordar a los mártires de la revolución, Robespierre hizo levantar pirámides en el campo de Marte, en las Tullerías y en la plaza de la Concordia. Napoleón siguió con la tradición al culto de todo lo egipcio; debió sentirse fascinado durante la campaña en Egipto y elije la abeja como símbolo de su condición de emperador igual que los faraones.
Con posterioridad se continúa con la pasión de los símbolos egipcios. Para más gloria de Francia Champollion consigue descifrar los jeroglíficos y él mismo es el encargado de traer el obelisco que preside la plaza de la Concordia justo en el lugar que estuviera instalada la guillotina en los años del terror. Y donde hoy está la pirámide del Louvre hubo un proyecto para levantar una pirámide en honor a Napoleón, que finalmente no se realizó. Hoy, como ayer, París sigue fascinada por Egipto.
Novela: Niko Sureda que ha cogido el metro en Poissonnière sale a la luz en la boca del metro de L’Opéra frente al Palais Garnier, paraíso del bel canto y otros eventos danzarines. Los capítulos son tan cortos que estoy por llamarlos «píldoras parisinas».
Cuento: Ricardo Lambea sigue viajando en zigzag por todo el continente.
Visto desde abajo, con la grandiosa escalinata, es como un delicioso pastel de nata; visto de cerca, de frente o de lado, visto desde atrás, siempre esa basílica de reminiscencias bizantinas me trasporta a otros lugares de ecos orientales. Su piedra blanca lavada por la lluvia preside, desde lo alto, el paisaje de la ciudad adormecida por el repiqueteo del agua. En verano la ciudad es un gigante aletargado por la «canicule», diseminada en barrios que celebran sus fiestas estivales. Y en pleno Montmartre una multitud bulle por sus calles empinadas. Impasible, le Sacré Coeur preside el paisaje.
La diosa de la belleza y del amor, la Venus de Milo, pertenece al periodo helenistico de la escultura griega. Esculpida alrededor de los años 130 y 100 a. C. en mármol, de autor desconocido, fue encontrada por un campesino en Milo (Islas Cícladas). Un navegante francés la compró en Turquía para su gobierno en 1820, después de algunas dificultades y diversas vicisitudes. La escultura, de 112 cm. de alto, representa el canon de belleza clásico; el realismo la dota de una serena elegancia, a ello contribuye el drapeado de la prenda inferior que la cubre pudorosamente. El movimiento de la Venus se debe a la llamada curva praxiteliana que hace girar el cuerpo en forma de ese; levantando, en este caso, su hombro izquierdo, la cadera derecha y la pierna izquierda. Cuando una va paseando por las distintas galerías dedicadas al mundo griego y romano, y de pronto se la descubre ahí, como si nada, luciendo su belleza intemporal con una talla de mujer-mujer (nada de formas esqueléticas de pasarela), aparte de reverenciar al mundo clásico, padres de nuestra cultura, una se queda en paz simplemente admirando la belleza.
Ventanal de la fachada del hotel Le Clos Medicis, un hotel con mucho encanto situado al lado del Luxemburgo y del boulevard Saint Michel. Es un establecimiento muy acogedor con unas instalaciones muy confortables. La decoración cuidada y con mucho gusto es otro aliciente para una escapada de fin de semana o de unos días más si el bolsillo lo permite. 57, rue Monsieur-Le-Prince -75006 Paris.
Es difícil marcharse de aquí, así que me quedo un rato más. Los ojos del puente, de soberbio porte, tan sólidos, me transmiten la idea de permanencia en el tiempo. Ahora no se construye con la rotundidad de antes; ahora los puentes son alados, livianos y ligeros, con materiales de fibra y acero, y parecen volar sobre los ríos. Antes los puentes, desde los romanos, nos mantenían reconfortados, seguros, a sabiendas de que, salvo que llegaran la hordas bárbaras, nada iba a cambiar en nuestro entorno y aun así, pasadas las hordas de los Unos y de los otros la piedra romana permanecía, como permanecen las catedrales, los monasterios, las abadías y los puentes del dieciséis, del diecisiete, del dieciocho… Lo digo al tuntún, por decir, no estoy versada en puentes, pero este me mata, precisamente porque está ahí, vetusto, de rancio abolengo, firme, dejándose amar y embellecer por el tiempo.
Le Pont-Neuf es tan bonito como literario, artístico y cinematográfico. Una de las fotos más conocidas de Julio Cortázar está tomada en él; «Los amantes del Pont-Neuf» tiene al puente como lugar de encuentro. Christo lo envolvió en rosa y para los parisinos transeúntes, amantes del Sena y de sus puentes, sus piedras nos parecen preciosas o semipreciosas cuando al atardecer se enciende iluminado. La última limpieza municipal lo ha dejado resplandeciente, limpio como recién estrenado.