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Siempre la luz… que platea las hojas.

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Al atardecer, la luz, sin contar con su anuencia, platea las hojas de la aspidistra; cambia el verde clorofila de la planta a su antojo y ese fenómeno, que es arbitrario y se produce rara vez, vez hay que pillarlo como a quien se coge con las manos en la masa. ¡Cosas de la luz, no hay que darle más vueltas!

El envés de las hojas de la monstera.

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No sé por qué, pero desde siempre, y más concretamente desde que me emancipé y tuve casa propia, siempre ha habido una monstera en mi casa y en las distintas casas que he tenido por diversas partes de la geografía española. Será porque me gustan sus enormes hojas agujereadas por donde mirar, a modo de antifaz, sin que te vean o por esa vocación de mirilla o de celosía andalusí que te transportan al otro lado del estrecho de Gibraltar; me apasiona por su evocación a esa cultura hermana, a esas tierras africanas tan cercanas… En fin, por imaginación que no quede.

Un pinsapo en la playa.

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En la playa de San Juan, en Alicante, la primera vez que lo vimos, este pinsapo nos llamó poderosamente la atención. ¿Es normal que un abeto se adapte tan bien a estas latitudes? No sabemos calcular su altura, pero es enorme. En mayo esta clase de abeto estaba lleno de piñas femeninas. Hace años ya que lo conocemos; cada verano sigue ahí altivo, fuerte, vigoroso y es como encontrarnos con alguien amigo que forma parte de un paisaje conocido.

El tronco.

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Contemplando la corteza rugosa de ciertos árboles, como el de las moreras, por ejemplo, me acuerdo de aquel eslogan de «la arruga es bella», que me lleva a pensar en que la piel de los humanos mayores, surcada de arrugas, refleja, todas y cada una de ellas, la vida que se ha vivido, la de experiencias acumuladas y de lo absurdo que es intentar borrar el paso del tiempo.

Doradas.

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Sigo pensando que hoy los impresionistas serían fotógrafos; captar el modo en que la luz incide en los objetos, plantas, paisajes con una cámara supone una actividad muy gratificante. Llevo muchos, muchos años pintando y ahora siento la misma satisfacción el ir a la caza de la luz, ver como dora las hojas, por ejemplo, o captar la atmósfera de algo, aunque eso solo lo logran los «grandes».

Con volantes, Echeveria Shaviana.

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Esta carnosa, cuyas hojas parecen bailar sevillanas con sus volantes y todo, me encanta. Cuando le llega el momento de la floración, le sale un vástago que se eleva y se eleva y de él una serie de florecillas rojas con forma de campañillas muy pequeñitas que duran y duran muchos días. En la última foto se ven, en la parte de abajo, unos hijillos que observo para ver como se van desarrollando.

Flor de cactus y cactus al sol.

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Por casa hay una colección de cactus que tienen ya sus años, de ahí su tamaño. No es que sean mis plantas preferidas, pero sus flores, debo reconocer son tan delicadas, bonitas y frágiles que me asombran. De hecho duran tan poco, un día o dos, que cuando se marchitan me quedo con ganas de más.

La alegría de Guinea y la caléndula.

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La alegría guineana prefiere suelos ricos en materia orgánica, pero bien drenados; según el clima puede comportarse como una planta perenne o anual y puede tener flores todo el año. Pueden cultivarse en el interior o en el exterior, aguantan muy bien el sol directo, pero una orientación al este es lo ideal. Las hojas pueden ser verdes, rojizas o incluso variegadas; su follaje es denso y compacto. Florece desde el verano al otoño. El color de sus flores van desde el blanco, el rosa, el salmón, coral, rojo, magenta. Precisa riegos diarios en verano y escasos en invierno; necesita humedad en en la tierra, pero no encharcamientos, nunca mojar las flores; da mucho juego cromático en bordillos, rocallas, jardineras colgantes…

La caléndula, llamada también botón de oro o margarita, es originaria del Mediterráneo y Asia Menor. Se cultiva mejor a pleno sol. Las hojas y flores se utilizan en medicina para las infecciones de la piel en pomadas, dermatitis, inflamación de boca y garganta, para heridas ayudando a que crezca tejido nuevo, dermatitis de pañal, escaras y también se utilizan en gastronomía, en ensaladas; el sabor de las hojas es algo amargo y los pétalos se utilizan incluso en arroces y guisos. Una planta muy versátil.

Una planta «desconocida».

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Esta planta de hojas carnosas, cuyas flores parecen bolsitas o, según como las capte la cámara, pececillos boqueando, esta planta, digo, Bossom no la reconoce. La tengo hace años y sigo sin saber como se llama, de modo que estoy por «bautizarla» como «bolsa» del latín «bulsa» y me quedo tan pancha. Las hojas tienen un brillo especial y, las dos que tengo, cuelgan a ambos lados de la puerta de la casa como dando la bienvenida.

La Dalia.

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La dalia, con todas sus variedades es, desde siempre mi flor preferida. La forma casi tubular de sus pétalos, al principio, se van agrandando a medida que la flor crece. Esta variedad de color lila me parece preciosa. Por las mañanas espero ver como se van abriendo los capullos y es una forma estupenda de comenzar el día.