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La abeja en el limonero

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Foto: Jero García

Ahora que estamos de poda preparando la llegada de la primavera, cortando, recortando, quitando las ramas secas para que cuando llegue el buen tiempo el ciclo de la vida se renueve como corresponde, me llega esta bonita foto por WhatsApp desde Ceuta nada menos. Nunca he tenido paciencia para captar insectos ni pájaros ni siquiera lagartijas, que me encantan; todo lo que se mueve se me escapa… una tiene sus limitaciones. Quizás por eso admire tanto a todos los que saben hacerlo. Puede ser que lo intente con los caracoles, que van despacito… Y que no se nos ocurra a nadie matar a estos insectos que están en serio peligro por culpa de los herbicidas. A nivel mundial ese es un problema muy grave; gracias a ellas tenemos los alimentos que nos son tan necesarios; sin la polinización estaríamos nosotros en peligro y bastantes hambrunas existen ya, de las que ni siquiera en el llamado primer mundo nos ocupamos, ni siquiera nos quita el sueño. Aunque debería. Gracias mil, Jero, por esta magnífica fotografía.

La tortuga “África” que era “tortugo”

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Al principio le llamaron África, áfriquita para los amigos, pero resultó que era macho de modo que se ha quedado como “Africano”. Al tortugo le encanta la lechuga y los tomates, así como tomar el sol; en la segunda foto parece que se ha queda traspuesta. Su preciosa concha necesitaría aloe vera, aunque no sé si es lo más apropiado para su toilette. Vitaminas y carotenos no le faltan, eso ya se ve. Yo adoro a esos animales y daría lo que fuera por tener una, pero es una especie protegida y hay que respetar esas cosas.

Una señal diferente, pobrecillos

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Foto: Aurelio Serrano

Señal que prohíbe a los perros hacer sus necesidades en la calle, más concretamente, a la entrada de un parking para coches, pero en pleno campo.  Y digo yo que lo normal es que los dueños recojan las cacas de sus perros, pero qué hacen los pobres animales si les entra un apretón o tienen diarrea; pues nada, aguantarse o pedir a sus dueños que les pongan dodotis o algún otro tipo de braguitas para bebés. Así de ridículamente civilizados estamos.  Reconozco que era la primera vez que veía esa señal y por tanto  mi ignorancia era total y absoluta, pero mi sorpresa dio paso a una reacción de risa y después de indignación… en fin: ¡país!, que decía el gran Forges.

Lobo Lunar

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Del lagrimar rodó una lágrima. Había bostezado con tanto esfuerzo que a esa única lágrima siguieron otras que se perdieron entre el denso pelo. Tumbado en la lobera, dormitaba mientras las moscas se cebaban sobre la carroña; el fémur de un cervatillo estaba casi roído del todo. Volvió a cerrar los ojos; el insoportable calor de aquel verano lo sumía en un sopor intolerable. Lobo soñó que corría tras una presa y que en la espesura del bosque se le escapaba. Soñó, después, en una Caperucita despistada y que él, desprovisto de ánimo, se lanzaba sobre la cesta de víveres que ella llevaba a su abuelita, de modo que pensó que eso era el anuncio de su decrepitud, mientras otra lágrima rodó entre su pelo; pero esta, de pura tristeza.

Palomas fiorentinas

 

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Foto: Bárbara

Estas palomas, en la plaza de Santa María Novella, en Florencia, se solazan, dichosas de estar donde están, de eso no me cabe la menor duda. Las palomas en todas partes del mundo gustan de pasear por los diversos monumentos, arrullando a los que ya no están; les da lo mismo de quien se trate, si son figuras yacentes o estatuas ecuestres de militares o caudillos triunfantes, ellas no hacen distingos, son absolutamente indiferentes o bien demócratas  desde el tiempo de los romanos. Hasta hace poco eran el símbolo de la paz  y hasta los pinceles más cotizados las pintaban con cariño y esmero, pero últimamente su halo de inocencia y bonhomía ha ido desapareciendo, y una idea perversa ha ido calando entre las gentes; ahora se les considera como ratas voladoras que con sus excrementos ensucian y corroen los edificios y todo lo que encuentran a su paso. Yo me resisto, vamos que me niego, y sigo pensando que son las amigas de los que ya no están y que con sus arrullos  les dan los buenos días y les acompañan en su soledad. ¡Romántica que es una!

Lobo lunar

 

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Por la boca de la lobera el frío entraba para quedarse. Lobo no dormía, sus ojos cerrados inútilmente seguían proyectando imágenes que su cerebro no podía procesar. Creyó que se moría, tenía la boca seca y pensó que tenía alucinaciones. Sus orejas tiesas oían sin querer todos los murmullos del bosque a muchos kilómetros de distancia; incluso el ligero vaivén de la hierba mecida por el viento o la caída de una simple bellota sobre el manto de las hojas. La oscuridad, la negrura de la noche no vino en su ayuda, seguía viendo imágenes que se producían a toda velocidad, tenía alucinaciones y no podía controlarlas. Quiso morir. Pero la muerte se incomoda si se la llama, la muerte es esquiva, caprichosa, terca y no hace favores a nadie. Lo supo esa terrible, larga noche. Al amanecer Lobo sintió como su cuerpo se arqueaba en convulsos espasmos; de pie, vomitó fatigosamente baba blanca y bayas rojas. Después, la muerte que había estado coqueteando por la lobera huyó como un fantasma pálido.

Lobo Lunar

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Tras aquel profundo aullido, Lobo miró embelesado a la Luna. El aire se había aquietado, pero aún, las ramas de los árboles salpicaban el suelo con blancos copos de nieve; él buscó, olfateando el aire, el camino de vuelta a la lobera; el frío era polar. La sangre de la pata herida era negra, seca y aun así se lamió el pelo gris apelmazado; a lo lejos oyó los cascabeles de un trineo y creyó ver la silueta gruesa de un anciano que cabalgaba los sueños infantiles hacia caminos vedados para él. Su suerte estaba echada, maldita por su condición de predador; lo supo desde el momento en que aulló a la Luna por primera vez; inexorablemente soñaría con caperucitas.

Lobo lunar

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Lobo estaba inquieto. La niebla de los últimos días había sido tan espesa que se había dado de bruces con los troncos que los leñadores había apilado cerca del cruce de Sanvián. Se sentía magullado y herido en su amor propio; esto último le dolía más. De una de su patas delanteras corría un hilo de sangre negra que se lamió a medida que fluía despacio, con pereza. Buscó un claro en el bosque y se sentó a esperar. La noche encendía las luciérnagas; rogó al santo patrón de los lobos para que el viento disipara las nubes espesas. Pasaban las horas y el día le amenazaba con paso apresurado; llegó a oír los latidos de su corazón en medio de aquel claro tan negro como sus pensamientos; el sueño le iba venciendo. De repente un viento racheado comenzó a desmigar las nubes que se iban deshilachando; desde las copas, algunos jirones colgaban con desgana, estirándose hasta deshacerse. Fue entonces cuando apareció la Luna, con alivio se desperezó estirando su cuerpo fibroso, alargó el cuello todo lo que pudo y emitió un largo y profundo aullido que estremeció el silencio. Ahora podría descansar.

Peces cometa

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Ahora, con el buen tiempo, salgo al exterior y me siento en una tumbona, me quedo quieta y observo a los peces cometas. Al principio de tenerlos, y mientras se hacían con su nuevo habitáculo, se mostraban muy huidizos; con el paso de los días ya no salen a la estampida cuando me acerco y les echo la comida. Se han acostumbrado a que esa sombra que yo soy va unida a su alimento. Observándolos me doy cuenta de que son, como opinan los japoneses, muy relajantes; esa manera que tienen de deslizarse tan elegante me fascina, parecen tan ingrávidos, tan tranquilos en su mundo, que hay días que me cambiaría por uno de ellos.