Y voló

Se alejó sin echar la vista atrás. Ni siquiera dio un portazo, cerró la puerta como si se fuera a hacer la compra, pero su frente alta le otorgó un cierto aire decisorio. Cualquiera de los vecinos que la hubiesen visto pasar no hubieran pensado que algo en su interior la atormentaba; solo la comisura de sus labios apretados podrían haber delatado que algo no iba bien. Sin embargo al traspasar el prado y subir la cuesta desde donde se veía a las vacas pastar, se detuvo y su cuerpo se dobló fatigado, apoyó las manos en las rodillas y luego se estiró mirando al cielo. Todo estaba como siempre,  y eso fue lo que más fuerzas le dio para seguir adelante. El aire cargado de humedad llenó sus pulmones. Oía los cencerros del rebaño y a los leñadores cortar los troncos para el invierno. Kepa al pasar le dijo: ¡Apa! y ella musitó un: ¡Bueno!, pero tan quedo que ni el aire la oyó. Se acercó al acantilado, abrió los brazos y se lanzó al vacío. Y comenzó a volar hasta que la mar la recibió  sin juzgarla, solo lamió sus heridas aquellas que no se ven, pero que la estaban destrozando.

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