Las avispas zumbaban allá abajo. En el jardín, los helechos formaban un alto tapiz; los gorriones iban de un árbol a otro en vuelos cortos sin aparente sentido. Las arañas tejían sus telas y, a pesar de ese trajín, todo parecía paralizado, sordo, sin sonido. Pero al salir, al abrir la puerta el sol la cegó y se paró aturdida, mareada. El día había comenzado sin ella. Y ella se volvió arrepentida. Dentro de la casa bajó las persianas. En la cocina miró por la ventana, el toldo del patio interior la protegía de la luz y se quedó quieta en la puerta; bajó los escalones y se dejó caer en la tumbona, El toldo estaba sucio, pensó al mirar hacia arriba. De las cocinas vecinas le llegaba los ruidos apagados, aún era temprano, se dijo, aunque algunas cocinaban ya preparando las comidas. Ella no tenía para quién cocinar, mejor, pensó; encendió un cigarrillo y tiró la ceniza sobre las piedras blancas. Pensó en los cantos rodados de los ríos, en el canal y en los baños del verano, allá en el pueblo de sus abuelos. Sintió su vida de pronto como una losa. Y se pensó como un espejo roto.