Literatura oral.

 

Nuevas Hébridas: «Escultura en pie», detalle. Musée de l’Homme, París.

 

Canción tradicional de la isla de Ouvéa en lengua polinésica  perteneciente a su literatura oral.

 

Vengo de debajo de la tierra.

Aparto de delante las hojas de bambú.

Miro hacia lo alto.

Me enfrento con dos nubes rojas.

Me hacen llorar.

Si estuviesen más cerca,

ese sería el color de mi canto.

 

¿Preciosa, verdad?

Del libro de Jean Guiart «Oceanía». Ed. Aguilar, colección «El Universo de las Formas». Madrid, 1963.

Faulkner, «Miss Zilphia Gant». Y además guionista en Hollywood.

Se cumplen cincuenta años de la muerte del premio Nobel de literatura William Faulkner. Debo decir que tengo adicción por las novelas cortas, las prefiero a esos volúmenes larguísimos tan de moda, tipo best-sellers. Lo que digo es que lo breve, si bueno, es doblemente bueno y sobre todo escaso, pues nos sabe a poco. Acabo de descubrir y de leer una novela corta editada por Tusquets en 1971, «Miss Zilphia Gant», de Cuadernos Marginales. Esta joya se publicó en Dallas en el 32, con posterioridad en Italia en el 59 y Tusquets la rescató podríamos decir del olvido (en Estados Unidos no se había vuelto a imprimir). Es una obra intermedia entre sus dos etapas en la que se percibe la influencia formal de Joyce y de Anderson y en donde se pone de manifiesto la tesis de Freud sobre la represión engendradora de violencia.

Pero hoy lo que quería es agradecer al señor Faulkner su labor como cooguionista de las mejores peliculas del cine de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta. Como admiradora del buen cine que se hizo entonces, cuando las películas tenían guión gracias sobre todo a los magníficos escritores que por la guerra se exiliaron de Europa -lo mismo que sucedió con directores de primera fila-, me siento en deuda. ¿Se acuerdan cuando los diálogos eran rápidos, inteligentes, mordaces? ¿Se acuerdan de que en las películas se contaban historias? La primera que me viene a la memoria es una del 44, «Tener o no tener», dirigida por Howard Hawks con actores fantásticos como Humphrey Bogart, Walter Brennan, Lauren Bacall… Pues bien esta obra del séptimo arte debe el guión nada menos que a Faulkner y a Hemingway. Así sí se podía hacer buen cine. Otra insuperable, esta rodada en el 46 en la que Faulkner trabajó como guionista es «El Sueño eterno», igualmente dirigida por Hawks con la pareja Bogart-Bacall. Recuerdo que del rodaje de «La burla del diablo» -una película increíblemente divertida-  se decía que el guión se escribía la noche anterior, claro que los guionistas eran de tal categoría que iban escribiendo el guión sobre la marcha en medio de unas juergas tremendas. Me estoy refiriendo al «equipo» formado por Truman Capote, Bogart, Huston y Peter Lorre.

El trabajo como guionista a Faulkner no le satisfacía lo más mínimo, era un trabajo de subsistencia que todos le agradecemos.

Dalí, escritor.

Salvador Dalí: «El Ángelus arquitectónico de Millet». Óleo sobre lienzo. 1933. Museo Nacional Reina Sofía. Madrid.

Salvador Dalí, un surrealista paranoico y un catalán universal como Gaudi, alcanzó la fama en vida como pocos artistas lo han hecho. Al margen de su obra pictórica, que puede ser discutible como todo, Dalí fue un intelectual con una cultura enciclopédica. Quizás su personaje, que él se cuidó mucho de explotar en cualquier tipo de medio, ocultó para muchos el hecho de que Dalí era poseedor de una vasta cultura que abarcaba la física, la filosofía, la arquitectura…; conocedor y admirador del mundo clásico, tomó elementos de la geometría estética del Renacimiento, del empleo de la divina proporción de Luca Pacioli,  de la alquima,  de la magia natural… Creador del llamado método paranoico-crítico, en sus «Confesiones inconfesables» dice que fue en 1929 cuando concibió la formula experimental que se traduce por la creación del azar objetivo. El delirio, la paranoia, la alucinación forman parte, junto al mundo onírico surrealista, de la sustancia que conforma la cosmogonía del mundo daliniano. Debo decir que el surrealismo como movimiento me apasiona literariamente, no tanto pictóricamente, pues considero que en general los pintores surrealistas, salvo excepciones, son malos pintores; la factura de sus cuadros dejan mucho que desear. Esto puede sonar a herejía, pero es solo mi opinión totalmente subjetiva. No dudo de que el surrealismo ha creado imágenes tremendamente impactantes y sugerentes con gran poder lírico y a veces dramáticos, pero puestos a elegir prefiero la fotografía surrealista.

Salvador Dalí fue un gran escritor que, por desgracia, escribió poco, pero lo que dejó escrito es todo un descubrimiento. El libro que tengo en mis manos es una joya que lleva por titulo: «50 Secretos «Mágicos» para pintar», es la primera edición de abril de 1951, editado por Luis de Caralt en Barcelona. En él no solo el aprendiz de pintor puede ensimismarse en la deslumbrante enumeración de esos secretos, sino cualquier amante del arte o de la buena literatura se dejaría llevar por una prosa brillante que en algunos momentos llegan a un lirismo clásico. Cuantas veces he antepuesto el Dalí escritor al pintor y lo he discutido con personas fervientemente dalinianas se me ha mirado como un bicho raro; y digo yo que los esquemas están también para romperlos. Dalí como dibujante es otro cantar y gracias a ese dominio puede pintar los «epatantes» cuadros que pintó. Otro Dalí se nos muestra en el libro antes mencionado, «Confesiones Inconfesables» de Editorial Bruguera S. A., de lectura también apasionante, pero más anecdótico, donde desgrana su vida en Paris.

Resumiendo: Dalí es para mí un magnífico dibujante y un fantástico escritor que está por descubrir.

Les Deux Magots

Café «Les Deux Magots». Saint Germain. Foto: Bárbara.

Frente a la iglesia de Saint Germain el café «Les deux Magots», con su terraza llena de veladores, propicia bajo un sol primaveral un delicioso desayuno. Un camarero especialmente simpático contribuye a que todo sea más placentero. El día comienza perezoso a desgranar las horas sin premura. Los gorriones. acostumbrados a los cruasanes, no se apresuran. Los turistas esperan para entrar en la Iglesia; un mendigo con su perro se ampara en la sombra. El periódico sobre el velador repliega las noticias y dentro los dos Magots -figuras orientales- subidos, sentados sobre sus atalayas administran el tiempo silencioso.

¿Picasso en Oceanía?

«Placa votiva pintada» (detalle), Nueva Guinea, Papuasia. Collección Verité. París. Del libro «Oceanía» (El Universo de las Formas). Ed, Aguilar, 1963.

Mucho se ha hablado de la influencia del arte africano en la obra de Picasso y de la repercusión de este a partir de «Las señoritas de Aviñón» y del cubismo. Otros críticos  se decantan más porque sea el paisaje de Horta del Ebro, que el pintor conoce en una estancia estival que realiza acompañado con su entonces pareja Fernande Olivier, el desencadenante de esa nueva manera de hacer. Ya antes, Cezánne había pintado una serie de paisajes pre-cubistas y las impactantes rocas del pueblo de Rousillon en la Provenza, que bien se podrían considerar un precedente cercano. El mal llamado «arte primitivo» o trival sin duda influyó en el quehacer de los pintores de su generación, de la misma manera que el arte japonés lo hizo en los pintores impresionistas. Pero me atrevo a decir que no solo el arte africano sino también el arte de Oceanía tuvo mucho que ver; como muestra, esta imagen que bien podría haber llevado la firma de Picasso.

Indignados

Islas Hawai, Oahu: «Ku, el dios de la guerra» (detalle). British Museum.

 En Siria oficialmente lo que se está librando es una guerra civil. Lo ha dicho el tirano. El Asad lo ha dicho, de modo que ahora sí. Los miles de civiles que han muerto antes asesinados eran, por lo visto, víctimas de los atentados terroristas de Al Qaeda y otros grupos terroristas. Pero ahora sí, lo ha dicho El Presidente. Sin palabras.

Tortilla de lechuga

Arcimboldo. Retrato del verdulero.

Mientras los políticos europeos, reunidos ahora en Bruselas o en cualquier lugar del mundo, se siguen «poniendo de acuerdo» o «se desacuerdan» en un tira y afloja de opereta para dar sobre todo  «confianza a los mercados», los ciudadanos hartos de que necesiten más de tres o cuatros años -una ya no lleva la cuenta- para inyectar algo de dinero, para que este llegue a los ciudadanos, se cree empleo, etc., etc. y etc… Digo, mientras ellos siguen haciendo el indio, todos tenemos que comer, a ser posible todos los días. Y como de verduras de la huerta se trata, repito el bodegón de Arcimboldo por ser este retrato del verdulero mi  preferido y no haber podido encontrar algo que lo supere. La receta no por simple está menos buena que otras más conocidas, como la de patatas, guisantes, calabacines o alcachofas.

Ingredientes: Una lechuga  grande de las llamadas romanas, una cebolla, tres o cuatro huevos, orégano, pimienta negra molida, aceite (para abaratar, el de girasol vale).

Lo primero, lavamos muy bien la lechuga; luego la centrifugamos si tenemos el aparatito ex profeso y si no la secamos con un trapo de cocina limpio. Picamos la lechuga en trozos muy pequeños. En una sartén rehogamos la cebolla que hemos picado previamente hasta que esté blanda y transparente. Añadimos la lechuga y removemos. Como la lechuga contiene de por sí mucha agua, el volumen mengua bastante. Rehogamos hasta que la lechuga esté hecha. Sazonamos con bastante orégano y pimienta al gusto. Batimos los huevos y cuajamos la tortilla.  A nada que les gusten los productos de la huerta, les tiene que gustar esta tortilla.

Baudelaire el doble de Poe. El Cuervo.

El cuervo. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Un cuervo ronda por el cementerio de Montparnasse.  Lo he visto con «aires de gran señor» planear sobre las tumbas. Y suele hacerlo con un «swing» muy especial, con un  suave batir de alas; con el «swing» de pájaro que se sabe de mal agüero viniendo a demostrar, con un posado altanero, que le trae sin cuidado las calificaciones ajenas. Por las mañanas, lo he visto rondar por la tumba de Carol Dunlop y de Cortázar insistiendo en un recorrido reiterado día tras día, desde la tumba de Baudelaire. Pensé que este cuervo podría ser el doble del de Poe, «ese pájaro tan desgarbado», y mientras lo observaba recordé que Baudelaire era el doble de Poe, su asombroso parecido físico -a excepción del bigote-, que los dos tienen los ojos asimétricos, uno más alto que otro, y era como estar oyendo al maestro Cortázar añadir: «Pero yo creo -y muy seriamente lo repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas». El cuervo, doble del de Poe -por qué no-, sigue posado. «Aún sigue posado… Y sus ojos tienen la apariencia/de los de un demonio que está soñando», dijo Poe. El cuervo sigue ahí, como un velero negro, varado entre las tumbas.

El cuervo. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Guy de Maupassant. El Horla

Bárbara Carpi, óleo sobre papel (1975) Ilustración del libro «Desde la Soledad. Poemas». de Aurelio Serrano Ortiz. Fotos: Bárbara.

Guy de Maupassant, escritor francés de culto, del que también se ha dicho todo trasladó de forma magistral su ser a su obra. Su corta vida (1850-1893) no le impidió escribir más de trescientos relatos breves y novelas, de entre las cuales destaca Bel-Ami. Gustave Flauber fue su amigo y mentor. De todos sus relatos, El Horla es para mi el exponente más claro del cuento de terror al mismo nivel de Poe. Su carácter nervioso, inestable, frágil, temeroso de lo sobrenatural, de la muerte otorga a sus geniales relatos breves la pulsión necesaria para hacerlos febriles, vivos. En el Horla, nos hace sentir, sentimos desde la primera página toda la alegría de la naturaleza, espléndida en su eclosión primaveral a orillas del Sena, en la zona que va de Rouen a Le Havre; y como poco a poco, cual si de una nube se tratara que de pronto ocultara el sol, nos va invadiendo la  zozobra, la inquietud y el desasosiego. Casi cogidos de sus manos asistimos a la progresiva perturbación del protagonista que, en un crescendo, finaliza casi en la locura. El Horla está narrado en forma de diario -abarca desde mayo hasta setiembre- y en él hay elementos como lo fantástico, el estado anímico, la hipnosis, la sugestión, las alucinaciones, las leyendas normandas… que pueblan sus escasas 54 páginas. Se trata de un caso de posesión, de dominio, pero de un dominio casi apocalíptico. El terror de Maupassant en El Horla es un terror sicológico que no precisa de muletas al uso, paisajes sombríos, chirriar de puertas o arrastrar de cadenas; ahí está el genio. Volviendo a su carácter nervioso, escribe como respira -de forma agitada-, con grandes dosis de exclamaciones e interrogaciones, con un ritmo que nos atrapa desde el principio, que nos deja, como todos los grandes, con ganas de más. Guy de Maupassant está considerado el maestro del relato breve y para muchos es el precursor de la «Metamorfosis» de Kafka. Si no lo han leído, dense un regalo para este verano.

El Horla, Alianza Editorial. Colección Alianza Cien. Madrid, 1994.

62 Modelo para Armar, la tercera novela de Cortázar

Interior del restaurante el «Polidor». Foto: Bárbara Carpi.

«62 Modelo para Armar», tercera novela de Julio Cortázar, arranca en el «Polidor», un restaurante alsaciano ubicado en la rue Monsieur le Prince. Para situarnos mejor, esta  larga calle está el lado del famoso teatro Odeón d0nde, aparte de ser escenario de grandes representaciones, fue testigo de las asambleas y encierros del mayo del 68. En la rue Monsieur le Prince, en la actualidad, podemos encontrar el  restaurante japonés más barato de todo París, un restaurante indú, uno marroquí (excelente) y el «Polidor» de siempre, de rotunda comida casera alsaciana. El restaurante, para aquellos que conozcan la novela, está como debía estar entonces: las mesas populares con sus manteles típicos de cuadros, los espejos, el viejo reloj de pared, el aguardiente de cerezas… En un día cualquiera, es recomendable, si se quiere encontrar mesa (que a lo mejor debe compartir), acudir no más tarde de las dos. El ambiente es agradable y familiar.

En la novela el protagonista acaba de comprar un libro -que bien pudo ser en la misma calle, pues existen varias librerías en ella-, libro que probablemente no va ha leer, acaba de pedir una botella de Sylvaner sin saber muy bien porqué y acaba de oír: «Je voudrais un château saignant, había dicho el comensal gordo…».