Del Recetario de Supervivencia para tiempos de crisis

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

Los tiempos están en muchos países para pocas tonterías. Me crié en una isla del Mediterráneo preciosa (¡La mejor del mundo!) con una cocina sabia de aprovechamiento de todo lo que la tierra producía, con la sabiduría de que todo es aprovechable, con una tradición milenaria de austeridad que sin embargo ha conseguido exportar exquisiteces como la salsa mahonesa, la  excelsa sobrasada (la auténtica, la hecha en los predios por los payeses, no esa «cosa» que se comercializa con grasa y pimentón), la ensaimada, la caldereta de langosta, la pierna de cordero al horno con sobrasada y setas y un largo etc. Esta cocina de terruño isleña ha sobrevivido, aislada en muchos momentos de su historia, gracias al ingenio;  con los hornos de leña ha creado las famosas «cocas» saladas (de verduras, con sardinas…), similares a las pizzas italianas, en donde el límite hoy está en la imaginación y creatividad de cada uno. La variedad de «cocas» dulces es grande. La repostería menorquina es un capítulo aparte por su calidad y diversidad; el menorquín es goloso y prueba de ello es la cantidad de pastelerías que hay por toda la isla. Austeridad y productos autóctonos de gran calidad es el secreto de su cocina. Las frutas y las hortalizas son exquisitas, cuidada su producción con mimo y esmero, dedicadas exclusivamente al consumo interior y eso se nota. Por todo lo anterior voy a explicar una receta sencilla y económica que para el verano es una auténtica delicia, como entrante, para una cena fría, como plato fuerte o como merienda…

Berenjenas rellenas menorquinas.

Ingredientes:

1 cebolla grande, unas cucharadas de salsa de tomate (mejor casera o similar), pan rallado, perejil, 1 diente de ajo, 1 huevo, pimentón dulce, unas berenjenas, aceite de oliva, pimiento rojo o verde, un poco de azúcar y sal.

Partimos por la mitad, a lo largo, las berenjenas y las ponemos a cocer en una cazuela con sal y un poco de azúcar para paliar lo que amargan; las cocemos durante una hora. Las ponemos a escurrir durante varias horas para que suelten toda el agua. Con cuidado para que no se  rompan, vaciamos las mitades con un saca bolas, y las reservamos. En una sartén hacemos un sofrito con el ajo picado, la cebolla cortada en trozos pequeños; añadimos el pimiento en daditos pequeños y por último la salsa de tomate, el perejil picado y la carne de las berrenjenas. Rehogamos. Retiramos del fuego y añadimos un poco de pimentón dulce. Añadimos el huevo batido una vez retirado el sofrito del fuego -no debe cuajar- y un poco de pan rallado. Mezclamos bien. Engrasamos un poco una bandeja de horno y colocamos las  barquitas de berenjenas que vamos rellenando con la mezcla. Finalizamos añadiendo por la superficie una mezcla hecha de pan rallado, ajo picadito y perejil, y un poco de aceite de oliva por encima. Metemos en el horno previamente calentado y dejamos hasta que la superficie de las berenjenas esté dorada. Se toman frías y, si se hacen de un día para otro, mejor.

Herta Müller: La gran dama de las letras.

Bárbara Carpi : «Las hoces» (fragmento), Óleo sobre lienzo, 1987 (163 x 98) Colección particular

En 2009, Estocolmo concedió el Nobel de Literatura a la escritora rumano-alemana, perteneciente a la minoría de suabos de Rumanía, Herta Müller. Del total de galardones concedidos desde su creación, 776 han recaído en hombres y solo 41 en mujeres; es solo un dato pero, caramba, muy significativo. Si nos movemos por categorías, todavía es peor, de 108 que se concedieron en Literatura, solo 12 recayeron en mujeres -un 11’1 %-; eso hasta 2010. Con los premios Nobel pasa como con los Oscars, unos son muy merecidos, otros no tanto y otros que, incomprensible e injustamente, nunca se concedieron. Estas cosas, como casi todo en la vida, dependen de muchas circunstancias: la oportunidad, los amigos, incluso los perjuicios en tiempos pasados (todo hay que decirlo). En el caso de Herta Müller, el Nobel es merecidísimo. He de confesar que descubrí a esta genial escritora no hace muchos años y que su hallazgo fue toda una inspiración. Como además soy una «cuentista» apasionada de este género, cuando leí por primera vez el libro «En tierras bajas» me sentí atrapada por su lenguaje, por su manera de escribir tan particular, tan personal, tan cautivadora; desde una voz infantil descarnadamente veraz -porque los niños expresan lo que ven sin tapujos- describe un mundo rural, el de los suabos alemanes en Rumanía durante la II Guerra Mundial. «En tierras bajas» es una recopilación de quince cuentos; el más corto, «El baño suabo», consta de una sola página y es sin duda toda una lección de maestría donde lo menos es más. La premio Nobel posee el don de la ironía y el de la poesía al tiempo que narra historias tremendas, como en su novela «Todo lo que tengo lo llevo conmigo»  sobre la persecución de los alemanes suabos en Rumanía por parte de Stalin; una parte de la historia poco conocida. Por otro lado la búsqueda e investigación de la escritora la lleva a realizar sus poemas collages, donde aflora lo cómico, la vena divertida desde la angustia a veces de una sociedad represora. El último libro de poemas publicado en España es «Los pálidos señores con las tazas de moca» editado por Colección Norte y Sur de e.d.a. libros. Herta Müller es, junto a Virginia Woolf, de esas escritoras de las que se aprende continuamente, de las que hay que leer con el lápiz en la mano. La enorme, extraordinaria Virginia Woolf es un caso tremendo de ceguera de esos que de vez en cuando se producen en Estocolmo; esta otra gran dama de las letras no fue galardonada con el Nobel, pese a que solo su «Orlando» se merecería varios.

Herta Müller además posee el Premio de Literatura de Berlín 2005, el Würth de Literatura Europea 2005, el de Literatura Walter Hasenclever 2006 y el Hoffmann von Fallersleven 201o.

¡A las Olimpiadas!

¡La quimera olímpica! Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

La quimera se prepara, abrazándose las piernas, para, con un perfecto «tirabuzón», lanzarse a las aguas del Sena. En la imagen observa con atención el tráfico fluvial, atenta esperando que pasen las barcazas y los bateaux-mouches ¡Ya solo quedan cinco días para las Olimpiadas de Londres! La quimera olímpica lleva años preparándose concienzudamente entre la incomprensión y el pitorreo de algunas de sus hermanas, como esa que, un poco más abajo, a la izquierda, se parte de risa.

Braque

Braque: «Naturaleza muerta con frutero, clarinete y guitarra» (1918). Öffent Liche Kunstsammlung. Basilea.

En 1914 George Braque es movilizado y enviado al frente; herido gravemente en la cabeza y tras sufrir una trepanación es dado de alta. Cuando regresa a París, en 1917 se encuentra con los últimos avances realizados por Picasso y por Juan Gris. Este posee, probablemente, una obra cubista y postcubista de una gran belleza y personalidad, que espero poder comentar en otro momento En 1910 Braque ya había terminado su obra en el ámbito del cubismo sintético y, al reanudar su actividad pictórica, adapta elementos cubistas con ritmos armónicos -musicales- libres, donde el color toma el protagonismo. Hay una vuelta progresiva a la forma. Cambia de marchante y en 1919 expone en la galería de este -Léonce Rosenberg- una colección importante de cuadros donde se refleja el nuevo rumbo. La obra aquí reproducida está fechada en 1918 y en ella ya se puede intuir el giro y la experimentación de esos años. Braque, Picasso y Juan Gris forman el «núcleo» fundamental del cubismo. Mi predilección por este sistema pictórico es evidente en el blog. Braque nos ha dejado además sus ideas por escrito en «Pensamientos y reflexiones sobre la pintura», en su diario «El Dia y la Noche»…

Del libro de Marco Valsecchi y Massimo Carrà «La Obra pictórica completa de Braque». Ed, Noguer-Rizzoli. Barcelona 1976.

Eduardo Chillida

Eduardo Chillida: «Rumor de límites IV» , 1959. Washington University, Gallery of Art, St. Louis

Eduardo Chillida el gran escultor vasco de San Sebastián  escribió lo siguiente: «No se debe olvidar que el futuro y el pasado son contemporáneos»; » El presente como el pasado, recuerdos  del futuro» y «Tengo las manos de ayer; me faltan las de mañana» en sus «Páginas de Carnet» (del libro catálogo de la Exposición Antológica en el Palacio de Cristal del Retiro. Ed. Maeght, Madrid, 1980). El tiempo es una constante en la obra de cualquier artista. En «Las armas secretas» Johnny Carter dice: ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Y aquello otro de estar tocando lo de mañana… Otro grande, el poeta José Hierro, decía que tenía «un sentimiento plano del tiempo». ¿Pasado, presente y futuro, todo en el mismo instante? ¿Se puede uno asomar a otra dimensión, por un resquicio… del tiempo?

Indignados: Siria

 

Bárbara Carpi: «La guerra». 1975. öleo sobre papel. Colección particular.

Hace solo unos días en Tremseh el ejército del tirano cometió la mayor matanza contra la población siria; se calcula que murieron alrededor de doscientas personas en una única operación. Desde que comenzó la barbarie el número de muertos puede que ascienda a 17.000. Es difícil calcular. Asad se sigue sintiendo fuerte, contando como cuenta con el apoyo de China y de Rusia; el veto le sigue respaldando. El plan de paz propiciado por Kofi Annan y la Liga Árabe sigue siendo inoperante. Se habla de la posibilidad de que se puedan utilizar armas químicas, si es que no se han utilizado ya. ¡Hasta cuándo! ¡Basta ya!

«Las armas secretas» de Julio Cortázar.

Rue Monsieur le Prince. La calle más literaria de Cortázar. Foto : Bárbara.

Lo lúdico, el juego, forma parte fundamental del impulso creador de Julio Cortázar. Sin ese ejercicio, no se concibe al gran escritor. La descripción de personajes, situaciones o paisajes le debían provocar el aburrimiento más insoportable. Jamás «explica» cómo son sus personajes; son ellos los que nos hacen ver el relato; es a través de ellos que se desarrolla el relato corto o la novela. De esa manera tan prodigiosa la atmósfera es creada como lo haría un mago que va sacando de la chistera elementos sorprendentes sin que veamos el truco, la farsa, el juego. En la recopilación de cuentos «Las armas secretas», que tienen su desarrollo en París, nunca la ciudad es descrita, es un elemento más, el lugar físico, el escenario. En los recorridos de sus personajes por itinerarios parisinos, el lugar es el nombre de una calle, de una plaza, de un puente; los ancla allí, pero sin describir si la calle es corta o larga, si la plaza es fea o bonita… Es el discurso mental lo que articula cada uno de los componentes del cuento o de la novela, el bucle en el tiempo. Creo sinceramente que «el tiempo» es una constante en su obra de una forma muy precisa y urgente, como en «El perseguidor», donde Johnny se angustia -«esto ya lo toqué mañana»-, porque cuando Johnny toca está en otro plano. El tiempo y el espacio. Y el «ser»,  que es capaz de experimentar situaciones paranormales, que es capaz de entrever por algunos instantes otra dimensión. Hablar de Cortázar como un escritor metafísico -con lo que rechina eso- no es decir nada. ¿Qué demonios quiere decir? Las etiquetas son inútiles, no sirven para nada; pero está claro que, al margen del surrealismo o de cualquier -ismo, hay en el Maestro un gran interés por escudriñar, en lo posible, otras dimensiones de las que solamente se puede atisbar algo, si uno está en buena disposición. «Las armas secretas» es un conjunto de cuentos o de relatos breves -lo mismo da- que incluye «Cartas de mamá», «Los buenos servicios», «Las babas del diablo», «El perseguidor» y «Las armas secretas» que da titulo al libro. «Las babas del diablo» tengo entendido que inspiró la película de culto de los años sesenta «Blow up». Recientemente «El perseguidor» se ha publicado de forma independiente como novela corta. El libro es un conjunto imprescindible para conocer a Julio Cortázar. Los que hayan seguido el blog saben que soy cortazariana hasta la médula, que sus libros son una gran inspiración para mi, de modo que se lo recomiendo para que pasen un buen verano.

Julio Cortázar: «Las armas secretas». Ed. Planeta, colección Aula. Biblioteca del Estudiante. Barcelona 1984.

Cita de Julio Cortázar.

Sé que la pintura incidió en mi trabajo de escritor. La gran maravilla de los ritmos de Paul Klee, de ciertos ritmos de Picasso o de Matisse influyeron en mi manera de escribir, indudablemente, aunque en el momento de hacerlo no se me ocurriera pensar en eso.

 

Del libro de Ernesto González Bermejo «Conversaciones con Cortázar». Ed. EDHASA,  Barcelona, 1978.

Gustav Klimt.

Gustav Klimt: «El sombrero negro», 1910, óleo sobre lienzo. Graz, colección privada.

El próximo sábado, 14 de julio, se cumplen 150 años del nacimiento de Gustav Klimt (1862-1918). Viena se prepara para agasajar a uno de los genios de la pintura del siglo pasado. «El beso», obra por la que es conocido en todo el mundo, del llamado periodo de oro, entre 1900 y 1908 denominado así por la utilización de las posibilidades expresivas del color de oro (un no-color, según Leo Battista Alberti), que prácticamente no se había utilizado desde el Renacimiento. Algo del arte bizantino se manifiesta de alguna manera en este periodo.  Klimt sintetizó como nadie las dos tendencias fundamentales del arte de su tiempo, el «simbolismo» y el «art nouveau», tendencias por lo demás contrapuestas. El simbolismo es la expresión del individuo que tiene una visión subjetiva e irracional del mundo, y que más adelante llevará al surrealismo. Por su parte el «art nouveau» tiene como expresión final las ideas que se concretaron en la Bauhaus, donde la conciencia de lo colectivo es fundamental. En 1879 Klimt funda y preside la Secesión Vienesa. En 1909 viaja a París y a Madrid; por esto este cuadro, llamado «El sombrero negro», tiene claras influencias de los retratos de Toulouse-Lautrec y se expuso en la IX Bienal de Venecia. En 1902 realiza su más grande obra monumental, «El friso de Beethoven», como una alegoría de la vida, para el edificio de la Secesión Vienesa. Algunas de sus obras más sensuales y eróticas fueron prohibidas y denostadas por parte de la sociedad de la época; en «La Esperanza I»,  la imagen desnuda de una mujer en avanzado estado de gestación, le procuró problemas con las autoridades; la audacia de Klimt se puso de manifiesto durante toda su vida, a través de toda su obra y frente al conservadurismo y a la imbecilidad de sus enemigos. De sus retratos destaco tres que me entusiasman:  el de Fritza Riedler, el de Adele Bloch-Bauer (I) y el de Judith (I). A sus paisajes, quizás menos conocidos por el gran público, traslada el abigarramiento de sus telas, el grafismo oriental que tanto gustaba a Matisse, como si sintiera un «hórror vacui», el miedo al vacio; particularmente me encantan. Los paisajes «Sendero en el parque del castillo Kammer» y «La casa del guardabosques» son de marcada influencia de Van Gogh; los cuadros «Retrato de Johnna Staude» y  «Retrato de Dama» (inacabado), pintados entre el 1916 al 1918, poco antes de su muerte, denotan en la pincelada suelta y en el tratamiento del color la influencia de Matisse. Durante un año Viena le va a rendir homenaje. ¡El que pueda, que se acerque a disfrutar de la belleza!