Ánforas del Museo Departamental de Arles Antiguo

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Foto: Barbara

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Foto: Barbara

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Foto: Barbara

El Museo Departamental de Arles Antiguo nos muestra la importancia que la ciudad tuvo en la época romana y el florecimiento comercial que experimentó y su relación con la metrópolis. La Plaza del Forum y el Circo nos hablan de su condición plenamente romana; el Ródano era la vía fluvial por la que grandes barcazas transportaban grano y aceite. El Museo se inauguro en 1999 y es un bello espacio que bien merece una visita sosegada.

 

Madame Cézanne

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“Madame Cézanne dans la Serre”

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“Madame Cézanne”

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“Madame Cézanne cheveux denoues”

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“Madame Cézanne”

La mujer de Cézanne debía tener una paciencia infinita pues, su marido, dedicaba para cada retrato alrededor de unas cien horas. Y eso que el retrato, ya de por sí difícil; lo es en menor medida si se conoce perfectamente a la modelo y aun así, si el retrato es tratado, no como la imagen fidedigna del que posa, sino como un todo, es decir, como una obra en la que cada elemento es parte esencial del conjunto y tiene la misma consideración que los elementos de un paisaje o de un bodegón; entonces el retrato se convierte en una obra de arte cuando, como en el caso de Cézanne, cada pincelada tiene su razón de ser. Así, en el primer retrato, en el que el fondo comparte con el rostro de Madame Cézanne los mismos colores y que se considera inacabado, en mi opinión se adelanta a obras posteriores, pongamos por ejemplo a las de periodo azul de Picasso, porque fondo y forma son la misma cosa armónica. En el segundo, las rayas, aun siendo horizontales, de la falda dan sensación de cubrir una volumen rotundo. En el tercero, la inclinación de la cabeza con el óvalo de la cara perfectamente delineado muestran una tristeza o melancolía infinitas, con los labios apretados. Y, por último, el rostro inexpresivo de la modelo, como una máscara, contrasta con la viveza de la camisa azul que parece tener vida propia.

Las monsteras bajo el sol

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Cuando hace unos días me quejaba de que por el levante no llovía apenas, ojalá no lo hubiera hecho porque ha caído una de mil demonio y Valencia, Alicante y parte de Murcia están sufriendo unas inundaciones que no se recordaban desde hace más de cuarenta años. Antes de eso hice algunas fotos cuando el sol jugueteaba sobre las hojas enormes de las dos monsteras que tengo.

El paisaje en Cézanne (I)

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“Rochers a Fontainebleau”

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“Le pont de Maincy”

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“Arbres dans le forêt”

El paisaje, en el gran maestro de Aix, junto con los bodegones y retratos es, a mi entender, lo mejor de su obra. No así la serie de desnudos y bañistas donde los cuerpos los encuentro desproporcionados, alargando los miembros y en actitudes un tanto forzadas. En el primero de los paisajes, esos tonos malvas y azules muy uniformes, salvo unos toques sabiamente salpicados en ocres y alguna pincelada verde, otorgan al conjunto una delicada armonía, si se quiere poco realista, pero realmente de una serena belleza, como si fuera un paisaje soñado. En el segundo, el verdor vibrante de los árboles a la derecha se equilibra con esas rayas negras que atraviesan desde la derecha la imagen; a ello contribuyen también los dos árboles en primer plano que las refuerzan y las sostienen. El ojo del puente de la derecha se refleja en el agua hasta casi la misma masa de verdor del ojo de la derecha y, sin embargo, este queda más próximo al espectador sin por ello romper el perfecto equilibrio. Por último, el más colorista, de vivos tonos, nos sugiere una masa forestal del todo primaveral, como un canto a la naturaleza renovada. Fantásticos los tres.

 

En un balcón, resguardadas de la lluvia

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Llueve, pero como suele llover por estas tierras, poco y con mesura, aunque casi toda España esté con tormentas y aguaceros. Este Levante nuestro sediento y reseco que ansía el agua que tanta falta le hace, se queda a medias. La gente de los pueblos, que es muy sabia, ya lo dice: Nunca llueve a gusto de todos.

Notre-Dame y la Estirga

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Vista lateral de Notre-Dame desde el Sena. Foto: Bárbara

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La aguja de Violet le Duc, con los apóstoles y las quimeras. Foto; Bárbara

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La Estirga. Foto: Barbara

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Vista desde las Torres de la punta de la isla. Foto: Bárbara

Ayer muchos parisinos lloraron y los que lo somos de corazón también. Notre-Dame ardía y las imágenes que iban apareciendo ante nuestro ojos nos parecían una pesadilla. Mi querida  Estirga de piedra no podía reflejar lo que sentía entre las columnas de humo, pero sus lágrimas, como las del resto de las quimeras y gárgolas, caían sobre el fuego que, voraz, parecía que iba a destruir el templo más hermoso que hemos visitado tantas veces. Notre-Dame es más que un templo; representa la cultura de Occidente, el patrimonio de todos, el lugar donde creyentes y no creyentes elevan una oración y se inclinan ante la belleza y la armonía asentada en la isla de la Cité como un buque insignia. ¡Cuántas parejas abrazadas la han recorrido y, sentados con las manos entrelazadas, miraban los hermosos rosetones que filtraban la luz! La aguja de madera de Violet le Duc caía ardiendo, el plomo contribuyó también, y parte del techo de la bóveda. El pequeño campanario de madera parece ser que se ha salvado y que las campanas se mantienen es su lugar; si la mayor hubiera caído, el destrozo hubiera sido terrible. Las quimeras y las gárgolas encaramadas, desde las torres no daban crédito. Cuatrocientos bomberos lucharon hasta las cuatro de la mañana, Me dicen que solo uno de los “rosaces” permanece intacto; los otros han estallado por el calor. La doncella de Orleans estuvo allí y todos los reyes franceses han sido allí entronizados. Esta mañana, al ver que las torres permanecían en pie, me he sentido aliviada; la imagen de la Señora sigue, aunque haya que restaurar y curar todas sus heridas. Y el parvis ante la catedral seguirá acogiendo a los innumerables turistas que hacen cola para llegar a las torres y, tras armarse de valor, subir los cuatrocientos escalones… La vista merece la pena… El Sena se desliza arrullándonos como los gorriones que se esconden en el espesor de los setos, cuando comienza a llover con esa lluvia fina tan parisina.

 

Cézanne, el gran maestro

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“Compotier, verre et pommes”

 

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“Nature morte avec pommes”

 

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“Nature morte à la commode”

¡Qué decir ante estos bodegones del gran maestro Cézanne! En el primero, sobre la línea que delimita el fondo, dibuja unas suaves hojas que es un motivo que, por otra parte, suele utilizar para unificar con esas pinceladas vibrantes una armonía con el todo, difuminando el fondo. El frutero levantado en la superficie de atrás nos permite ver el contenido, al margen de la perspectiva que está forzada y al revés; las manzanas, definidas a su alrededor en negro, delimitan con el color el paso de la luz y las sombras. Maravilloso. El segundo, con una factura más clásica, la luz se reparte desde atrás hacia adelante con esos paños tan blancos y pulcros. Los elementos del bodegón están perfectamente definidos y ese color azul de la parte derecha se une al paño azul de tono más oscuro con arabescos muy marcados, como todos los elementos del cuadro. Una se queda sin palabras: es perfecto. Por último, el tercero, con el tratamiento que da a la madera de la cómoda que hace de fondo, nos lleva a ver un mueble gastado por el tiempo y utiliza el mismo recurso de levantar el tablero de la mesa del mismo modo que el paño blanco; aquí el color más uniforme de las manzanas nos lleva al mismo tono que la boca de la jarra y de los adornos de la cómoda. Como decía Picasso el color tiene que estar en todos los sitios de una obra, compartiendo, unificando el todo, de esta manera se logran la armonía y la belleza. Y en estas obras Cézanne lo consigue, sin lugar a dudas.