Pastel de Cierva

PASTEL DE CIERVA

Foto ARSO

En Murcia hay dos pasteles muy típicos, el pastel de carne, hecho con hojaldre, y el pastel de Cierva que nada tienen que ver con la repostería. El primero tiene su origen en la cocina árabe y el segundo aparece en el siglo XIX a orillas del Mar Menor, cuando en una comida en la que el comensal principal era el político Juan de la Cierva lo elaboró un cocinero al que el jefe de cocina de un barco ruso le había proporcionado la receta. Lo curioso del pastel de Cierva es que combina el sabor dulce y el salado. Se cuenta que al político murciano le gustó tanto que el cocinero decidió bautizarlo con su apellido.

Ingredientes:

250 g. de manteca de cerdo u otra grasa.

250 g. de azúcar

1 huevo para la masa

sal

raspadura de limón

500-700 g. de harina

2 huevos duros

150 g. de carne de pollo cocida.

Elaboración.

Preparamos la masa uniendo la manteca, el azúcar y la sal. Cuando esté a punto de pomada, añadimos el huevo, la raspadura de limón y finalmente la harina. La harina la añadiremos poco a poco hasta conseguir una masa compacta, que no se quiebre demasiado y a partir del medio kilo, hasta dar con el punto de amasado. Formamos una bola que dejamos reposar durante media hora en la nevera. Cocemos los huevos y la carne del pollo. Troceamos ambas cosas. Estiramos la masa y dividimos la bola en dos mitades. Sobre la base del molde echaremos la carne, el huevo y un poco del caldo de hervir la carne. Tapamos, pintamos de huevo batido y cocemos al horno precalentado a unos 150 o 160 grados, hasta que veamos se ha dorado la masa. Dejamos enfriar el pastel al que podremos acompañar de una ensalada, dada su contundencia.

 

Barbaridad urbanística

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Cúpula de una capilla de la Iglesia de S. Lorenzo. Murcia

En el centro de Murcia, para vergüenza de todos, se construyeron edificios justo detrás y al lado de la Iglesia de S. Lorenzo, de manera que esta quedó rodeada, encerrada de la forma en que se ve en la foto. El negocio urbanístico puede más que la estética o el respeto hacia el patrimonio cultural de un pueblo.

El fin del terror

Si hay un pueblo al que quiero y admiro es al del País Vasco. Sus gentes son solidarias, veraces y cariñosas como pocas, no tienen pelos en la lengua porque son sinceras y sin dobleces. No me lo han contando, lo sé porque he vivido en Vizcaya y me han dado pruebas de todo ello. Llegué a Musquiz, un precioso pueblo costero, sin conocer a nadie; mi marido, como funcionario de la enseñanza, fue destinado allí y de buenas a primeras tuvimos que incorporarnos al inicio del curso escolar. Solo llevaba un nombre escrito en un papel y ese nombre de un desconocido fue nuestra tabla de salvación; fue el samaritano que hasta nos encontró piso, algo realmente difícil, pues hacía años que la construcción estaba parada y no había pisos en alquiler. Este señor, todo un caballero, nos ofreció su amistad y la de toda su familia, como si nos conociéramos de toda la vida. Y su amistad, al cabo de los años, es un tesoro que llevamos en el corazón. Los escasos tres años que pasamos allí fueron de los mejores de nuestra vida. Nuestro hijo, que apenas andaba, durante años siguió diciendo que él era vasco, tal era su identificación con todo lo hermoso que hay allí, jugaba en aquellas campas siempre verdes rodeado de cariño y nos hicieron sentir que pertenecíamos a aquel lugar. Uno de los recuerdos más bonitos, ligado a Musquiz, es revivir el momento en que llegamos a la playa y por primera vez nuestro pequeño vio el mar; sus ojos se llenaron de lágrimas y se me abrazó emocionado; nunca olvidaré ese momento. Estoy segura de que, si el Ministerio no nos hubiera desplazado, seguiríamos allí; ninguno queríamos irnos. En ningún otro sitio he visto tratar a los niños como allí; cuando uno de ellos hacía algo reprobable cualquier persona podía afearle y corregir su conducta, sin que nadie se sintiera ofendido por ello; era como si la sociedad entera se preocupara por ellos y los sintiera suyos. En fin, podría no parar de contar; he visto ejemplos de solidaridad increíbles, como que, cuando una empresa despedía a trabajadores, en las tiendas no les cobraban diciéndoles: ya me lo pagarás cuando puedas… o no, o caceroladas de todo el pueblo en la calle por causas justas. Nuestras familias estaban preocupadas lógicamente, desde fuera se vivián las cosas de otra manera. Todo esto viene a cuento por el anuncio de E.T.A. de disolverse. Por fin. De hecho estaba liquidada.  Debo decir que aunque mi marido estaba amenazado por la banda por ser funcionario, como todos los funcionarios del estado, nunca tuvimos miedo en el día a día; pienso que vivir como vivíamos rodeados de gente tan increíblemente “personas”, tan generosas y valientes nos inoculaba el mejor de los genes, el de la : “humanidad”.

Mary Cassatt

 

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“Mujer joven con sombrero negro y verde mirando hacia abajo”, c. 1890. Pastel sobre papel vitela. Princeton University Art Museum

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Retrato de Madame Sisley, 1873

Mary Cassatt es una pintora americana unida al círculo impresionista de París. Nacida en Pensilvania en 1844, estudió en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia contra los deseos de su familia; su empeño la llevó a viajar a París donde continuó sus estudios y  por distintos países europeos para copiar las obras de los grandes maestros. En España, en Madrid, se alojó en un hotelito de la Puerta del Sol, registrándose como copista en el Museo del Prado; allí la pincelada suelta de Velazquez y la forma de contar la realidad de Goya influyen grandemente en su manera de tratar la pintura y cambia su formación clasicista por una técnica más libre y de fuertes contrastes tonales; su pincelada se vuelve ágil, con empastes gruesos y su estilo se vuelve directo. Después de su estancia en Madrid se instala en Sevilla donde monta su estudio en la Casa de Pilatos propiedad del duque de Medinaceli. Sevilla le va a permitir el estudio costumbrista de unos tipos que plasma en el cuadro “Torero y muchacha” que envió al Salón de París en 1873. En su viaje a Parma copia los frescos de Correggio; todas esas enseñanzas van construyendo su estilo que se acerca al quehacer de los impresionistas. Durante años Mary sufrió la oposición de su padre y la incomprensión de maestros dentro de la Academia, pero gracias a su tesón y a su decidida voluntad decide prescindir de todo y aprender directamente de los grandes maestros, de ahí sus viajes a Europa. De regreso a Estados Unidos su obra no recibe la atención ni el reconocimiento esperado; fue Degas el que la animó a exponer con los impresionistas y su apoyo fue decisivo. Desde entonces hasta 1886 su obra permanece ligada a los círculos impresionistas. Durante la última década del siglo XIX, Mary Cassatt expusó con éxito en París y en N.Y. Murió el 14 de junio de 1926 en el castillo francés de Beaufresne y fue enterrada en la Picardía francesa.

¡¡¡Doscientas mil vistas!!!

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La Estirga, Notre Dame. París

Gracias, gracias, gracias a los amigos de la Estirga Burlona por su generosidad. Nunca pensé ni me planteé ponerme metas, pero esto supera lo que esperaba cuando empecé esta travesía incierta. En mi cuaderno de bitácora, tendré que anotar que bien temprano, mi querida Estirga, desde Notre Dame, me ha hecho llegar una nota en la que dice textualmente: “Si algo me debes es una visita, porque perdida la noción del tiempo desde los años en que mi padre Violet le Duc me creó, te espero cuando la lluvia y el viento azotan mi piel, cuando el sol implacable reseca mi lengua, en todas las estaciones en que los hombres parados en el Parvis hacen cola para subir a las torres; sabes que lo único que te pido es que me acaricies el lomo y me digas al oído aquello por lo que tú y yo estamos unidas para siempre. Debes recordarme lo más secreto de nuestra alianza; la memoria me falla, porque la piedra es voluble e inestable a pesar de su condición de roca imperturbable. Nada me debes; lo que te pido es lo que debe de ser, lo correcto”. No viene rubricado; las quimeras no ponen su sello como los hombres, lo ponen en las noches estrelladas cuando sobrevuelan el Sena y los puentes de París; solo entonces se convierten en seres vivos que pueblan nuestros sueños.

Degas y Monet

 

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Degas a la edad de 78 años, marzo de 1912. Fotografía de su amigo Albert Bartholomé, coloreada.

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“Monet ante sus pinturas”. Fotografía de 1923, coloreada por Dana Keller.

 

Miró en su estudio.Y cómo le conocí.

 

 

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Joan Miró en su estudio de Son Abrines, 1977.

Tuve la suerte de conocer a Joan Miró y a su mujer a finales de los sesenta. Fue una mañana de domingo a la salida de una misa de doce; yo estaba pasando unos días en casa de unos familiares en Palma de Mallorca, que vivían en La Bonanova. Mis parientes, de edad avanzada, eran católicos practicantes y me pareció lo más correcto acompañarles; a la salida de la misa saludaron muy cordialmente a un señor mayor muy risueño y a su mujer, los dos de pequeña estatura y de aspecto encantador. Nos paramos y estuvimos un rato intercambiando impresiones sobre la salud y el buen tiempo que hacía. Era una radiante y soleada mañana de verano; de él me llamaron la atención sus pequeños ojos azules, vivos y risueños. La misa se celebró en una pequeña ermita de la Bonanova, situada en la parte alta de Palma desde donde se ve el mar. Los ojos del pintor eran como aquel mar que se divisaba a lo lejos. El matrimonio Miró vivía muy cerca de nosotros, también en la Bonanova. Cuando nos despedimos me dijeron que era Joan Miró. No me lo podía creer; luego, con los años, he constatado que los grandes hombres suelen ser los más sencillos, los más humanos, los que no tienen que presumir de nada.