Esta es la historia de una niña que, nacida en Cartagena, en el seno de una familia castellano parlante vivió sus primeros años en Ceuta, Barcelona y Palma de Mallorca. Una niña feliz que un día, por el trabajo de su padre, se encontró viviendo en una isla mágica y fue en ella donde despertó a la vida. Con seis años su mundo era un jardín asomado al puerto de Ciutadella de Menorca; sus amigos primeros fueron los patos que se bañaban en el estanque, los caracoles que tras la lluvia marcaban el paso lento sobre las verduras del huerto de Marieta, sobre sus horas también porque, entonces, el tiempo se estiraba, se estiraba. Después, en el colegio, al poco, hablaba el menorquín como una isleña; sus padres se maravillaban de las palabras que la niña les enseñaba como un tesoro. Los sábados por las mañanas su padre la llevaba a las sesiones de cine para niños y cuando llegaba a casa le contaba, en menorquín, a su madre, la película que había visto. La niña era ya bilingüe. Y lo fue para siempre, solo que, cuando por el trabajo del padre, tuvieron que abandonar la isla, aquella niña solo pudo soñar en su otro idioma porque, en el resto del país, fuera de los países catalanes, no se podía oír el catalán ni sus dialectos. Aquellas palabras del dialecto menorquín, sin embargo en su corazón, eran tan suyas como las otras. Pasaron los años y aquella niña que ya era una mujer pasó unas vacaciones en Ibiza y allí, tumbada en la arena, de pronto, oyó a unos niños que hablaban la lengua de sus sueños y se estremeció de felicidad. Fue un regalo inesperado que le confirmó la fuerza de las palabras, el intento vano de las dictaduras, que la lengua materna se lleva en la sangre para siempre. Que nadie puede borrar cómo se nombran las palabras que nacen del corazón. Que ahora se puedan expresar las ideas en las lenguas cooficiales en el Congreso de los Diputados me parece, le parece a esa niña que era yo, que ya iba siendo hora.