Había salido temprano o eso pensó, porque, cuando cogió las llaves y cerró la puerta, la oscuridad más absoluta la envolvió. Retrocedió y miró asombrada; una Luna menguante allá arriba no le dio ninguna pista, pero algo no iba bien. Pensó si no sería demasiado temprano y avanzó, no obstante, unos pasos. Y anduvo por la noche, a pasitos cortos como un pajarito, como un chorlitejo chico. Marieta iba agarrando el misal y el bolso negro de charol; su pelo blanco con tonos de luna iluminaron la esquina cuando la dobló. Cerca ya del mercado, cerrado a cal y canto, fue cuando cayó en la cuenta de que había salido de noche. Se paró frente a las arcadas de azulejos verdes y blancos, y se sentó en un banco. El frío hizo el resto; toda la humedad del relente, la sintió a través de la combinación de encaje negro; las flacas, delgadas nalgas se le estaban helando. Y pensó entonces, sí, que las campanas ahora mudas de la iglesia tardarían en sonar. Se palpó la falda, ¡iba en combinación! Lejos de sentirse abrumada, pensó que la memoria se le iba deshaciendo como un azucarillo y sonrió a la noche y a la Luna. Al rato volvió a su casa andando como un chorlitejo chico, con pasitos cortos y saltarines. Acababa de cumplir los noventa.
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Dormir, ese ejercicio.
A mamá le molestaban los brazos en la cama, no sabía qué hacer con ellos. Por su parte, Fefa, la mayor, se pasaba gimiendo y llorando todas las santas noches; la mucama decía que era porque había perdido un novio en la guerra de Cuba. Que recuerde, yo dormía como una bendita. En cuanto a la pequeña, no podía hacerlo sin su silla, de modo que cuando le daba el beso de buenas noches a mamá cogía su silla y se la llevaba al dormitorio y allí la colocaba junto a la almohada y, como dormía de medio lado, sacaba los brazos del embozo y los colocaba sobre la silla. Llegue a pensar que en mi familia el hecho de dormir era un ejercicio muy raro. La mucama, oriunda de Tetuán, tiznada de piel pero lista como un camello, opinó un día, limpiando las lentejas en la cocina, que «a la señora madre había que hacerla dormir con la pequeña, que se acostara de medio lado y que pasara su brazo por delante del pecho, y el otro lo dejara quieto sobre el colchón y que la niña, colocara los brazos sobre su señora madre y así se dejara de pamplinas, y la silla en el comedor». Finalmente, mirando por la ventana, sentenció: «A Fefa habría que buscarle un novio, peninsular o no, que había visto uno de Castillitos que tenía una tienda de alfombras que era bien plantao». La madre zanjó la cuestión con una mirada gélida que la mucama entendió al tiempo que musitaba algo en berebere. Afuera Ceuta era una perla envuelta en un mar azul.
Se la regaló.
Se había prejubilado. Hacía tiempo que le rondaba por la cabeza porque estaba harta, muy harta de este trabajo de mierda; si es que a este, no remunerado, se le podía llamar trabajo. No tenía horario fijo ni vacaciones ni compensación alguna. Tuvo que tomar muchas decisiones drásticas, romper con todos y con todo, pero no se arrepentía; algunas dolorosas, pero no se amedrentó. Estaba decidida. Y lo hizo. Por las mañanas, cuando iba a hacer los recados, siempre con la hora pegada al culo, se detenía, sin poder remediarlo, ante aquella luna y la miraba. La contemplaba con embeleso. Por fin aquel martes y trece entró decidida. Les dio su dirección y se marchó con el corazón bombeando que daba gusto. Aquella misma tarde se la llevaron y la instaló debajo de la higuera. Se sentó y suspiró. Y pudo contemplar los higos verdales desde abajo y así estuvo hasta la hora de cenar, mece que te mece. Se había quitado hasta el reloj. Y supo que era tarde porque la Luna creciente se había instalado en el jardín y porque oyó que alguien preparaba la comida. Suspiró y se balanceó despacio en aquella mecedora con rejillas. La Luna la miraba con envidia. A partir de ahora, huelga de brazos caídos definitiva y para siempre. Ni fregar ni guisar ni limpiar mocos ni culos… Se había prejubilado y con aquella mecedora se entronizaba en su nuevo reino. ¡Ahora sí que era la reina de su hogar!
Luz de gas.
En la mecedora, debajo de la higuera, contaba los higos. Este año la cosecha iba a ser de campeonato. Mientras me mecía hacia adelante y hacia atrás me descontaba y volvía a empezar. Me da lo mismo, no tengo nada que hacer; las lentejas las hice la víspera y la ensalada se refrescaba en la nevera. Hacía calor, un calor pegajoso de julio. Las abejas o las avispas, no las distingo, zumbaban sobre las flores de las lantanas, de diminutas flores amarillas y lilas que Margalida deshacía en sus pequeñas manos regordetas. La niña de los vecinos venía a la salida del colegio y se sentaba en los sillones rosa del salón porque le gustaban, así, rosas. Un mosquito me rozó la oreja y me sobresalté al oír el zumbido. Odiaba los mosquitos. Miré hacia arriba, porque el gato de los vecinos de enfrente se paseaba como Pedro por su casa sobre el tejadillo de… Me iba amodorrando con el balanceo, el calor, sudaba y rememoré, me acordé de la película que vi ayer por la noche, donde la Bergman tan guapa y… me di cuenta de repente, como un mazazo, de que Julián, mi Julián me estaba haciendo, también, luz de gas.
Como Virginia Wolf.

El reloj de péndola dio las ocho cuando cerró la puerta de un portazo. «No habrá encajado», pensó bajando ya la cuesta, «Y qué más me da», al tiempo que se abrochaba el abrigo. El sol se asomó por encima del pequeño puente. El río, manso como un cordero, le pareció una broma. Su rabia se estrelló contra el pretil de hierro y la gaviota planeó rompiendo la orilla como la sangre en su sien y se escondió en el recodo cuando, al otro lado del puente, Martín y su burro subían despacio. De su pecho brotó un suspiro de resignación. «Qué», le dijo Martín al pasar, «¿otro día como Virginia?» y ella «¡Vete a la mierda!». El burro rebuznó cuando ella le lanzó una piedra que sacó de sus bolsillos…
La casa vaciada.
María, la mayor de las tres, decide vender. Muertos los padres, la casa está vacía. En el edificio las noticias vuelan. Y uno de los vecinos, propone la compra. Todo es muy rápido. Demasiado, piensa la pequeña de las tres.
Y se lo dice:
– ¿Qué prisa hay?
– ¿Y por qué no?
María, no se inmuta. Calla. Todo le apremia. Espera hasta el día siguiente. Va a casa del vecino para escuchar su oferta, que le parece más que razonable. Convencerá a la segunda hermana. Dos contra una. En el comedor de los padres muertos, le dice:
-Ya está decidido.
-No quiero, es pronto.
– ¿Pronto de qué?, ¿por qué? Los muertos no necesitan casa. A nosotras nos parece bien. Somos dos contra ti. De modo que el asunto no tiene marcha atrás.
La pequeña le da la espalda. En el cementerio la mayor sabe que la ruptura es inevitable. Y ya no se verán. Nunca en vida. La casa se vende. Y la separación se lleva a cabo minuciosamente, inexorablemente, diseccionado el tiempo que les quede a cada una de ellas desde el centro del que fue su hogar inexistente ahora.
El faro y el latido del mar.
El haz de luz barría la piel del agua. La luna llena acudía en auxilio del faro y ambos conjuraban la oscuridad. La claridad, a intervalos, cegaba el paisaje del cabo. El ritmo de las olas era la música que Andrés adivinaba desde detrás de los cristales. La linterna del faro había vuelto a funcionar y la noche presagiaba la ausencia de naufragios. Él, que se había acostumbrado a la rutina de noches solitarias, se sintió de repente fuera del mundo y escuchó cómo la Tramontana sonaba, a veces, de forma sincopada. Delante de él, la costa norte serrada, negra, le ponía en la boca el sabor salado del mar. Escuchó la resaca de la espuma rizada. Y en ese ir y venir del agua sentía, en noches como esta, el latido del mar.
El setter del abuelo.
Llegó con la lengua fuera, había subido la cuesta de la calle Caballeros a toda prisa. Entró en el portón sin resuello y esperó. Pasó un tiempo, la puerta de la casa estaba cerrada. Las patas le flaqueaban y se tumbó. Esperó, pero su dueño no llegaba. Se tumbó, la baba le llegaba hasta el suelo. La sirena desde el campanario le avisó del mediodía. Respiraba fatigosamente y tímidamente golpeó la puerta. Se paró a escuchar ahora el silencio. Gimió. Al rato unas voces se acercaban y reconoció a su dueño. porque movió la cola repetidamente. «Ahí está el bribón», dijo él con voz grave. Carraspeó. Su amo carraspeaba cuando el enojo hinchaba la vena de su cuello, pensó el perro. Sus ojos de setter de caza, desde abajo, le miraban con ansiedad; volvió a gemir. El cazador solo dijo, «Vaya un perro de caza, al primer disparo, sale huyendo en dirección contraria». Pero abrió la puerta y… «venga, pasa, perro tonto». El setter le miró agradecido, le lamió la mano para subir a continuación las escaleras a la carrera y adentrarse en el hall que estaba en penumbra. Thais, se metió detrás de una cortina. Ese día ni comió ni bebió, avergonzado.
El viento
La noticia corrió como el rayo. Simón se había tirado por el acantilado; decían que estaba loco, otros que era idiota. Solo Margalida, la del puesto del mercado, la vieja desdentada, la pescadera, sabía porqué lo había hecho y lo decía a todo el que quería escucharlo: «La Tramontana empezó a soplar al amanecer y el Simón se dejó ir; babeaba como de costumbre y pasó corriendo por delante del puesto; yo lo vi, lo vi mientras colocaba el pescado sobre las bateas, encima de las hojas de parra y el hielo. Simón, el idiota, reía mientras corría y daba saltos de contento. El viento le hinchaba la camisa y lo empujaba hacia el mar. Él se dejaba ir. Yo lo vi. El rugido del viento apagaba su voz, pero pude oír que llamaba al viento por su nombre: «Es la Tramontana, es la Tramontana», decía como si fuera un amigo que viene de lejos». Margalida, después callaba, suspiraba y al rato sentenciaba: «Son cosas de ese viento nuestro, que todos los años se cobra alguna pieza». Después escupía en el suelo con resignación.
Tras el sueño
El repiqueteo del agua en los cristales la despertó. La habitación estaba en penumbra; la pequeña ventana, detrás de la mesilla, tenía la persiana casi bajada del todo; normalmente la dejaba levantada hasta arriba, pero esa noche la luz de la farola de la calle le molestó en la ojos cuando se acostó. Quería dormir y olvidarse de la gata y de los tres gatitos que había parido; se dio la vuelta en la cama hacia el otro lado y se tapó la cabeza con la almohada; los maullidos no cesaban. El termómetro marcaba los treinta grados y eran las doce de la noche. Alargó la mano y encendió el aire acondicionado. Treinta grados y lloviendo, ni en el trópico, pensó. Y eso que ni siquiera sabía si eso era posible. Boca arriba tampoco era mejor. Oyó un trueno y luego otro y un ruido a lo lejos. La noche no avanzaba, solo el agua en los cristales, en el hierro de la barandilla y los maullidos de los gatos que habían tomado posesión de su jardín y que no se irían nunca, nunca, nunca. Y ella odiaba a los gatos…