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Paseando por el Louvre

Museo del Louvre. Foto. Bárbara.

Para ser más precisos, la foto nos sitúa en el momento de salir del Museo del Louvre. Cualquiera que sea la zona visitada -ver todo en un día es imposible- supone una experiencia gratificante e inolvidable. Y sucede que cuanto más se visita más adicción se crea. Es como el chocolate, con la ventaja de que no engorda y sus efectos placenteros duran más.

Paseando por el jardín del Palais Royal

 

Jardín del Palais Royal. Foto Bárbara.

El Otoño se ha instalado por fin. Me gusta esta estación lluviosa, los días grises y el color de las hojas de los árboles. Al contrario que a mucha gente, los días otoñales no me producen tristeza. Me gusta el olor de la tierra mojada y el aleteo nervioso de los pájaros que buscan refugio. Y ver como al iniciarse la lluvia los pequeños gorriones se resguardan dentro de los tupidos setos que bordean muchos jardines. Los días se acortan y la luz renueva la paleta de colores. El ciclo de la vida continúa…

Vista desde el puente de Alejandro III (I)

 

Bajando por el paseo de «Les Invalides» hacia el Sena, el puente nos conduce hasta la otra orilla donde nos aguarda «Le Grand Palais» y «Le Petit Palais». El paseo en barco a esa altura del puente  tiene unas vistas magníficas de las dos orillas. Foto: Bárbara

Vista desde el puente de Alejandro III

La Torre Eiffel tiene la virtud de verse desde los cuatro puntos cardinales; estés donde estés es el faro que te guía. El puente de Alejandro III dicen que es el más bonito de París. Foto: Bárbara.

Le Grand Colbert

Le Grand Colbert. Foto: Bárbara.

Detrás del Palais Royal se encuentra uno de los más conocidos, y tradicionales restaurantes de París. Famosos son sus arenques, en una carta poblada de parte de las delicatessen de la cocina francesa. El ambiente elegante que se disfruta en el interior se vio reflejado en una película americana protagonizada por Diane Keaton y Jack Nicholson; comedia entretenida, con el aliciente de la parte parisina. En tiempos de crisis, en estos lugares se debería por lo menos un día a la semana dar, por un euro simbólico, comida tan exquisita y al alcance de tan pocos. Sería un buen ejemplo en el país que inventó algo tan extraordinario como lo de «Iibertad, igualdad y fraternidad».

No me resisto a poner esta foto de «Le Grand Colbert», porque es de esos lugares que siempre nos hacen soñar.

Julio Cortázar y Carol Dunlop juntos en la autopista

Tumba de Julio Cortázar y de Carol Dunlop. Obra de sus amigos, Julio Silva y Luis Tomasello. Cementerio de Montparnasse, París. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Carol Dunlop, escritora y fotógrafa canadiense, fue la segunda mujer de Julio Cortázar. Activista y defensora de la lucha sandinista, amante de Nicaragua, apasionada de la vida, fue compañera incondicional de Julio, en todas las «rutas» que ambos recorrieron hasta que el 2 de noviembre de 1982 muere en París. Amantes los dos y defensores de las libertades en América Latina, habían vuelto de un viaje feliz a Nicaragua cuando ella recayó de una dolencia que creía superada y él, por entonces, ya estaba enfermo de leucemia aunque sin saberlo, según se desprende de algunas cartas de su mujer. Julio Cortázar muere dos años después, el 12 de febrero de 1984… en un día gélido y gris.

El día era frío.

El día es así, frío, con ese helor que corta el aliento y los corazones. En Montparnasse, los amigos suben por la avenida hacia la rotonda donde el ángel de piedra recibe al cuervo que va marcando el camino en rápidos y cada vez más cortos vuelos. Allí en la última morada, sobre el féretro de ella, Julio reposa para siempre. Desde entonces está el cuervo, mensajero de los amigos que en Montparnasse descansan; va y viene de unos a otros en un vuelo de vida, que no de muerte.

Unos años antes tuvieron una feliz idea.

Y juntos, Julio y Carol, tuvieron la feliz idea de hacer un viaje surrealista París-Marsella en 33 días sin salir de la autopista, parando en todas las áreas de servicio (en dos cada día). La venturosa y alegre aventura contó con la ayuda de amigos que, o bien desde París o bien desde Marsella, puntualmente les proporcionaban las vituallas necesarias. Un homenaje divertido a los libros de viajes. El resultado de esta odisea es el delicioso libro que lleva el titulo de «Los autonautas de la cosmopista».

El libro, escrito mano a mano, lleva algunas fotos de ellos, de las rutas y, cómo no, del «dragón», el coche furgoneta, un Volkswagen Combi rojo, llamado «Fafner», como el dragón que guardaba el anillo de los nibelungos . En el libro, como en un cuaderno de bitácora que se precie, no falta nada sobre intenciones, objetivos, lista de suministro indispensable, rutas, sucesos y aconteceres. Al final el viaje por la autopista del sur resultó, por ese rodar pausado, por la falta de teléfono, un remanso de paz y de alegría. El ajuar imprescindible constaba entre otras cosas de dos máquinas de escribir y algunos discos… (¿se imaginan al Maestro sin música?) Los dibujos, casi naïf, son de Stéphane Hébert, hijo de Carol.

La primera edición del libro es de octubre de 1983, de Muchnik Editores, y salió a la luz a la vez que la traducción francesa de Gallimard. Tras la muerte de Carol, le toca a Julio coordinar y ordenar el manuscrito de los dos y que ella no pudo ver publicado.

Paseando por el Louvre

 

«Victoria de Samotracia». Museo del Louvre. Foto: Bárbara.

La «Victoria de Samotracia»  fue descubierta en la isla griega de Samotracia en 1863 (Samothraki, en griego). Se cree que fue creada hacia el 190 a. C. La belleza de los pliegues de la túnica y el elegante movimiento de las alas hacen de esta «niké» sin cabeza una de las esculturas más hermosas del museo y una de las más conocidas junto a la «Venus de Milo».

Paseando por el Palais Royal

Palais Royal. Foto: Bárbara

¿Se acuerdan de «Charada», la magnifica película de Stanley Donen? Durante años, la asociaba a Hitchcock; quizás, aparte de mi ignorancia, porque la factura del maestro del misterio estaba presente en este thriller con tintes de comedia amable, intriga muy bien dosificada y unos actores de primera. La buena química entre el siempre impecable Cary Grant y  la  angelical Audry Hepburn funciona en cada plano, en cada escena. De él se dijo que era ya demasiado maduro para dar la réplica a una deliciosa actriz vestida por Givenchy de manera elegantísima. Como fan de Cary Grant, nunca he estado de acuerdo; un señor así no tiene edad. La espléndida fotografía de Charles Lang Jr. nos regala unas vistas de París impagables lo que, unido a la fabulosa música de Henry Mancini, hace posible un «viaje»  genial a la ciudad desde la butaca del cine o el sofá de casa. El guión, responsabilidad de Peter Stone, es de aquellos en que las palabras tenían fuerza, chispa y en los que se desarrollaban unos diálogos inteligentes (¡qué tiempos!). Walter Matthau, James Coburn y George Kennedy dan vida a sus personajes respectivos con una eficacia rotunda. Una película redonda de esas que una no se cansa de ver, de esas en las que, al contrario, ganan con el tiempo y donde la vis cómica del actor inglés permite momentos muy divertidos.

La foto adjunta corresponde al patio de las columnas del Palais Royal, lugar donde se inicia el desenlace de este thriller tan soberbio y que termina en el interior del teatro de «La Comédie Française», situada justo al lado del Palais. ¿Se acuerdan del tiroteo entre Cary Grant y Walter Matthau parapetados ambos en las columnas con una Audry Hepburn deconcertada sin saber a quién creer?