
Tumba de Julio Cortázar y de Carol Dunlop. Obra de sus amigos, Julio Silva y Luis Tomasello. Cementerio de Montparnasse, París. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.
Carol Dunlop, escritora y fotógrafa canadiense, fue la segunda mujer de Julio Cortázar. Activista y defensora de la lucha sandinista, amante de Nicaragua, apasionada de la vida, fue compañera incondicional de Julio, en todas las «rutas» que ambos recorrieron hasta que el 2 de noviembre de 1982 muere en París. Amantes los dos y defensores de las libertades en América Latina, habían vuelto de un viaje feliz a Nicaragua cuando ella recayó de una dolencia que creía superada y él, por entonces, ya estaba enfermo de leucemia aunque sin saberlo, según se desprende de algunas cartas de su mujer. Julio Cortázar muere dos años después, el 12 de febrero de 1984… en un día gélido y gris.
El día era frío.
El día es así, frío, con ese helor que corta el aliento y los corazones. En Montparnasse, los amigos suben por la avenida hacia la rotonda donde el ángel de piedra recibe al cuervo que va marcando el camino en rápidos y cada vez más cortos vuelos. Allí en la última morada, sobre el féretro de ella, Julio reposa para siempre. Desde entonces está el cuervo, mensajero de los amigos que en Montparnasse descansan; va y viene de unos a otros en un vuelo de vida, que no de muerte.
Unos años antes tuvieron una feliz idea.
Y juntos, Julio y Carol, tuvieron la feliz idea de hacer un viaje surrealista París-Marsella en 33 días sin salir de la autopista, parando en todas las áreas de servicio (en dos cada día). La venturosa y alegre aventura contó con la ayuda de amigos que, o bien desde París o bien desde Marsella, puntualmente les proporcionaban las vituallas necesarias. Un homenaje divertido a los libros de viajes. El resultado de esta odisea es el delicioso libro que lleva el titulo de «Los autonautas de la cosmopista».
El libro, escrito mano a mano, lleva algunas fotos de ellos, de las rutas y, cómo no, del «dragón», el coche furgoneta, un Volkswagen Combi rojo, llamado «Fafner», como el dragón que guardaba el anillo de los nibelungos . En el libro, como en un cuaderno de bitácora que se precie, no falta nada sobre intenciones, objetivos, lista de suministro indispensable, rutas, sucesos y aconteceres. Al final el viaje por la autopista del sur resultó, por ese rodar pausado, por la falta de teléfono, un remanso de paz y de alegría. El ajuar imprescindible constaba entre otras cosas de dos máquinas de escribir y algunos discos… (¿se imaginan al Maestro sin música?) Los dibujos, casi naïf, son de Stéphane Hébert, hijo de Carol.
La primera edición del libro es de octubre de 1983, de Muchnik Editores, y salió a la luz a la vez que la traducción francesa de Gallimard. Tras la muerte de Carol, le toca a Julio coordinar y ordenar el manuscrito de los dos y que ella no pudo ver publicado.