Exhortación 4 : «Al alejar la vista, la conversación y la convivencia se deshace la pasión amorosa».
Durante el siglo XIX el paisaje fue un género del gusto de los pintores, género que, salvo rara excepciones, durante el siguiente siglo fue abandonado progresivamente. Y así como los impresionistas, amantes de pintar al aire libre, para captar las variaciones de la luz dieron al paisaje sus mejores logros, los precubistas y cubistas lo fracturan, descomponiéndolo en realidades nuevas que poco tenían que ver con la concepción preciosista y estética anterior. Matisse, sobre 1900, realiza distintas versiones y en diversos estilos de Notre Dame y el Sena sobre las vistas que tenía desde la ventana de su estudio; una de ellas, «Notre Dame», se encuentra en la Tate Gallery de Londres. Igualmente sabemos por Brassaï que Picasso realizó desde los muelles del río muchas versiones de la catedral, pero son obras de ejercicio a las que nunca dio mayor importancia. En 1905 Matisse pinta «Paisaje de Collioure», hoy en el Statens Museum for Kunst de Copenhague, en el que el color, de forma definitiva, es el protagonista principal.
Esta obra, diametralmente diferente a la anterior, «Charca de Trivaux», fechada en 1916 o 1917 (Tate Gallery, London), es una delicada y equilibrada composición conseguida por medio de los troncos desnudos y en donde la sensación húmeda del bosque la aportan los colores sobrios fundidos al crearse una atmósfera sutil en verdes, pardos y azules. Particularmente me gusta mucho, aun no siendo «característica» de Matisse.
Entre los años 1916 y 1917 Matisse pintó diversos paisajes sobre vistas de Meudon muy cerca de Issy. No obstante es la figura y los interiores el objeto sobre los que se desarrolla el grueso de su obra.

Matisse. Pencil drawing. 1921. De «Matisse. Line drawings and prints» Dover Publications, Inc., N.Y, 1979.
Exhortación 11 : No debe ultrajarse lo que poseemos en el presente con el deseo de lo que nos falta, sino que se debe considerar que las cosas que ahora tenemos eran parte de las que deseábamos.
Esta obra de 1911, perteneciente a la colección del Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú, responde a la pasión que, a principio del siglo pasado, se desata en Rusia alrededor de Matisse y del arte moderno. El camino venía preparado por la labor que, en la última década, había realizado el grupo llamado «Mundo del arte». El fenómeno tiene su explicación, además, por el hecho de que el arte popular ruso no necesitaba de una representación fotográfica de la realidad, lo cual facilitó la comprensión y la adhesión a un arte que la Rusia zarista atrasada acogió con entusiasmo. Los grandes coleccionistas rusos eran comerciantes, no aristócratas ni de la élite, de modo que la asimilación fue más extensa. La revista publicada y dirigida por el pintor ruso Nikolái Riabushinsky «El vellocino de oro», abanderada del arte moderno, publicó un monográfico sobre el pintor francés incluyendo «Notas de un pintor» del mismo Matisse. Todo ello explica que la mayor parte de las obras importantes de Matisse se halle en sus museos y colecciones particulares, donde su arte fue tan aclamado.
Otro dato curioso es la gran influencia de Matisse en Escandinavia debido a la cantidad de alumnos que tuvo en París, de Escandinavia, la mayoría de ellos suecos.
«Naturaleza muerta con pececillos dorados» es uno de mis matisses preferidos en el cual se da eso de que un cuadro es aquello de que se trata, sin más.
Este magnífico óleo sobre tela fechado en 1912 de Matisse nos transmite, junto con sus odaliscas, los arabescos de las telas que inundan sus cuadros, las escenas de los cafés, el embrujo que sus viajes por el norte de África dejaron en el espíritu del artista, así como las visitas que hiciera a la Alhambra en su estancia por diversas ciudades de Andalucía. «El marroquí Amido» se puede admirar en el Museo del Ermitage de Leningrado.

Matisse, «La danza», 1909. Acuarela y tinta china sobre papel (22,1 x 32 cm). Museo de Bellas Artes Pushkin, Moscú.
Me confieso admiradora de la filosofía epicúrea. De todas las recomendaciones de Epicuro para llevar una vida feliz, una de las exhortaciones que estos días recordaba dice así: La amistad danza alrededor de la tierra habitada anunciándonos a todos que nos despertemos a la felicidad.
Y viendo las distintas obras de Matisse sobre la danza, nada mejor que seguir danzando con el pensamiento de Epicuro.

Matisse: «Nasturtiums y La Danza», 1912. Óleo sobre lienzo (190,5 x 114,5 cm.) Muaeo de Bellas Artes Pushkin, Moscú.
Empezar el año bailando no está del todo mal y, si lo hacemos con Matisse, mejor que mejor. A partir de 1912 Matisse se fue interesando de manera especial por la estructura, según dicen los estudiosos de su obra, como respuesta tardía al cubismo. En este año realiza dos obras estrechas y alargadas que llama «Nasturtiums y La Danza»; este es el primero de los dos con el mismo tema, un trípode que sostiene un jarrón con nasturtiums o capuchinas y una silla, teniendo como fondo un boceto sobre La Danza de 1908, pero no el definitivo. Es el juego del cuadro dentro del cuadro, que tanto gustara al pintor. Durante estos años Matisse y Picasso tuvieron encuentros frecuentes, incluyendo la práctica de la equitación, en los que se debía debatir sobre la vanguardia y el cubismo representado por Braque, Juan Gris y Picasso; lo realmente interesante es que Picasso consideraba a Matisse un magnífico colorista que buscaba el dibujo y a él mismo un dibujante magnífico que buscaba el color. En esos momentos en que él se preocupa por la estructura y modera el color, su amigo abandonaba el monocromático cubismo «analítico» para sumergirse en el «sintético», de paleta más colorista. Curioso e interesante. Lo más destacable de este cuadro es el «efecto fotográfico» que utiliza por primera vez como resultado de cortar parte de las cabezas y las extremidades de los danzantes; antes lo habían empleado los grabadores japoneses con gran acierto y el pintor francés Edgar Degas.
Desde el Segundo Imperio, España estará de moda en muchas facetas de la vida parisina; a ello contribuye de forma decisiva la boda de Napoleón III con Eugenia de Montijo. La temática oriental cautivó a numerosos pintores por sus posibilidades sensuales, frente a la composición académica de influencia neoclásica. Delacroix e Ingres cultivaron esta temática desde sus respectivas visiones diferentes. Pintores franceses como Degas, Constant, Daux, visitaron España buscando tanto a los maestros del Museo del Prado como el tipismo de Andalucía, muchas veces de paso hacia el Norte de África. Esta hispanofilia continuó llegando hasta los impresionistas y un ejemplo es el conocido cuadro de Manet «Lola de Valencia». La publicación de los cuadernos de viajes de Delacroix -concretamente el de España- animó indudablemente a los literatos y pintores que recalaron en Córdoba, Sevilla, Granada en pos de las muestras del arte islámico. Derain y Bonnard también estuvieron en España, visitando este último también Madrid y Toledo. Van Dongen será otro gran cultivador del tema español.
En Matisse el tema español está presente en su pintura antes de su viaje a España.
Desde la época de Delacroix, muchos talleres parisinos estaban llenos de artesanía islámica: cerámicas, tapices, muebles, alfombras…; de igual manera el taller de Matisse estaba repleto de objetos orientales y de carácter español de gran colorido. Los tejidos con arabescos, de intensa policromía, eran elementos muy queridos por el pintor, que los incluye en sus composiciones al modo fauvista. Además Matisse conocía perfectamente el arte musulmán y los tapices persas del Museo del Louvre.
Es a principios de 1910 cuando Matisse visita Sevilla. Pero antes, en Madrid, conoce el Museo del Prado; ante los cuadros de Velázquez demuestra su frialdad, prefiriendo las obras de Goya y del Greco. Su estancia en Sevilla se prolonga por espacio de dos meses. Allí coincide con su buen amigo Iturrino, con el que comparte jornadas de trabajo; fruto de ello son los extraordinarios cuadros «Bodegón en España» y «Bodegón con geranios». En Tánger también pintó con Iturrino, al que le unía una gran amistad cimentada con anterioridad en Francia. Durante su estancia en Sevilla, visita Granada -el Sacromonte también- y Córdoba. Desde ambas ciudades manda postales a los Stein; desde Córdoba dice, » Splendide la mosquée suis très contente de mon / voyage / Amitiés à vous deux. / H. M». De vuelta a Madrid pasa por Toledo donde se admira de la obra del Greco.
Sus viajes por el norte de África, Argelia y Marruecos se concretan en los cuadros de odaliscas, en los cuales los fondos barrocos formados por telas coloristas y arabescos crean una atmósfera sensual que envuelve a las figuras femeninas. Con Matisse, el tema de las odaliscas que remiten al harén de las mil y una noches o a las fantasías orientales -tema, por otra parte, nada original pues había sido tratado antes por los maestros franceses precedentes- adquieren un tinte absolutamente «moderno» y transgresor por el tratamiento decorativo -sin el carácter peyorativo de lo decorativo- del fondo y de la forma. Esta unidad lograda es, a mi modo de ver, absolutamente genial. Ya lo decía Picasso. Para el genial malagueño, Matisse era el pintor del siglo XX que perduraría. Nos queda la duda si era después de él.