El aniversario

El sol se colaba a través de la persiana en haces desordenados; un polvillo dorado inundaba el espacio entre la cómoda y los sillones. Le dolía el brazo doblado bajo la almohada, pero se quedó quieta, agazapada en sus recuerdos; veía las hojas de la bignonia, y los gorriones dando saltitos en el alféizar de la ventana. El día amenazaba por hacerse presente a su pesar. Cerró los ojos aun sabiendo que ya no podría acudir al sueño que últimamente le cerraba el paso, de modo que las noches se le hacían eternas y los días insoportables. El reloj de péndulo de la escalera dio la hora, que sonó a amenaza. Sin ya recurso alguno, sin ganas, se tiró de la cama y abrió la ducha: el agua corría mientras una cucaracha daba vueltas en el remolino; sintió nauseas y un escalofrío. Tras cerrar la puerta bajó las escaleras hacia el café negro, humeante que necesitaba. Se derrumbó en el sillón de mimbre que Pablo se había empeñado en poner en la cocina. “Así, cuando te canses, te sientas y listo”, le había dicho frente a sus protestas. Cerró los ojos y dijo en voz alta: Pablo, como si él pudiera acudir a rescatarla; después, más bajito, fue como una letanía: Pablo, Pablo, Pablo…. El sonido del teléfono la devolvió a la realidad. “Mamá, te recogemos en media hora”. “Tan pronto”, se oyó decir. Su hija tenía razón, después el cementerio se ponía imposible de gente. Luego se enfadó y dijo en voz alta, como si él pudiera oírla: ¡”Pablo, a quién se le ocurre morirse el Día de Todos los Santos”!

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