Llueve charol noche sobre la torre. Los ojos brumosos de la Estirga y los de los puentes, trianeros de postín, se hermanan en pundoronosos conciertos. Eolo lanza semicorcheas. En lo alto, torpe y toscamente surtida por el poseedor salvaje de los vientos, sierra la galantería de una nube que atraviesa la luna.
En silencio, sesgada, cae sobre el Sena. La Estirga se contempla en el espejo.
La luna remienda con suspiros le Pont-Neuf que pone en solfa el servicio de un juego de naipes. La borrachera mordaz y la morfina de Morfeo bajo los ojos estirgosos que miran la fortuna de los truhanes. La seriedad del talento de Séneca sella el sabor de los surtidores. Arriba en los tejados, en las buhardillas, la solera de la viga soslaya el réquiem con el arco atravesado de un violín.
El adagio de Albinoni sortea la tachuela que el orín origina en el hierro ondulante.
El poseedor salvaje de los vientos azota a la Estirga que se desgreña en greguerías.
Séneca y Ramón Gómez de la Serna.

Une chimère ! Tu as vu qu’elle tire la langue, la coquine 😉
Mais elle est la coquine plus drôle !!! Hahaha !!! Et ce n’est pas une chimère ordinaire. Elle est la Estirga, elle a prénom… et enfin elle est la plus connue du monde. Merci beaucoup, boîteafoto.
¡Eres una verdadera poetisa, y de las buenas! He disfrutado el lujo de referencias literarias y músicales y el poder de las imágines. Desde luego, no será la última vez que lea ese texto
Tu siempre tan amable, Joaquín, No se que decirte… me abruma tu comentario; pero me alegra mucho que te haya gustado. Un abrazo.
El charol de la noche, tras una pirueta entre Sócrates y Séneca, trae cicuta en dos copas para Estirga y Eolo…
Y, en la madrugada, renace París, una vez más y pese a todo, como algo hermoso.
Cualquier renacimiento es hermoso pero en el caso de París doblemente hermoso. Un beso.