Se miró en el espejo. Abrió la boca para observar los dientes, el esmalte muy perjudicado por el zumo de limón que tomaba en ayunas presentaba un color amarillo resultado también de la nicotina. ¡Vaya una porquería!, pensó. Rebuscó en la despensa y no encontró pajitas de plástico, esas de colores, del último cumpleaños. Pues, nada, a pelo, no iba de dejar de fumar ni a renunciar a sus cigarrillos por la puñetera estética y menos al zumo de limón que le desatascaba las tuberías todas las mañanas. Y menos mal que no se podía ver la coronilla porque ya tenía casi tonsura como los curas. Para compensar todos estos atropellos de los años y de sus malas costumbres, se percató con agrado de que aún la papada era incipiente y que las bolsas de sus ojos se podían considerar, aún, normales. Su perfil era bueno y sus ojos negros tenían la mirada intensa de Omar Sharif o eso pensaba para compensar tanta ruina. Se volvió a mirar y esbozó una sonrisa, más bien una mueca que no le reconcilió consigo mismo. Aquella mañana, frente al espejo, empezaba mal.